Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:21
EN CASA DE LA BRUJA
Ahora, por supuesto, ustedes quieren saber qué le había sucedido a Edmundo. Había comido de
todo en la casa del Castor, pero no pudo gozar de nada, porque durante ese tiempo sólo pensó en las
Delicias turcas, y no hay nada que eche a perder más el gusto de una buena comida como el
recuerdo de otra comida mágica pero perversa. También había escuchado la conversación, la cual
tampoco le agradó mucho porque él seguía convencido que los demás no lo tomaban en cuenta ni le
hacían ningún caso. A decir verdad, no era así, pero lo imaginaba.
Escuchó lo que hablaban hasta el momento en que el Castor se refirió a Aslan y a los
preparativos para encontrarlo en la Mesa de Piedra. Fue entonces cuando comenzó a avanzar muy
despacio y disimuladamente hacia la cortina que colgaba sobre la puerta. El nombre de Aslan le
provocaba un sentimiento misterioso de horror, así como en los demás producía sólo sensaciones
agradables.
Cuando el Castor les repetía el verso sobre La carne de Adán y los huesos de Adán, justo en ese
momento Edmundo daba vuelta silenciosamente a la manija de la puerta. Antes que el Castor les
relatara que la Bruja no era realmente humana, sino mitad gigante y mitad Jinn, Edmundo salió de la
casa, y con el mayor cuidado cerró la puerta tras él.
A pesar de todo, ustedes no deben pensar que Edmundo era tan malvado como para desear que
sus hermanos fueran transformados en piedra. Lo que sí quería era comer Delicias turcas y ser un
Príncipe (y, más tarde, un Rey) y, también, devolverle la mano a Pedro por haberlo llamado
«animal».
En cuanto a lo que la Bruja pudiera hacer a los demás, no quería que fuera muy amable con sus
hermanos —no quería, por supuesto, que los pusiera a la misma altura que a él—, pero creía, o
trataba de convencerse que creía, que ella no les haría nada especialmente malo. «Porque —se
dijo— todas esas personas que hablan mal de ella y cuentan cosas horribles, son sus enemigos. A lo
mejor ni siquiera la mitad de lo que dicen es verdad. Fue muy encantadora conmigo, mucho más que
todos ellos. Confío en que ella es, verdaderamente, la Reina Legítima. ¡De todas maneras, debe ser
mejor que el temible Aslan!»
Al fin, ésa fue la excusa que elaboró en su propia mente. Sin embargo no era una buena excusa,
pues en lo más profundo de su ser sabía que la Bruja Blanca era mala y cruel.
Cuando Edmundo salió, lo primero que vio fue la nieve que caía alrededor de él; se dio cuenta
entonces que había dejado su abrigo en casa del Castor y, por supuesto, ahora no tenía ninguna
posibilidad de volver a buscarlo. Ese fue su primer tropiezo. Luego advirtió que la luz del día casi
había desaparecido. Eran cerca de las tres de la tarde en el momento en que se habían sentado a
comer, y en el invierno los días son muy cortos. No había contado con este problema; tendría que
arreglárselas lo mejor que pudiera. Se subió el cuello y caminó por el dique (afortunadamente no
estaba tan resbaladizo desde que había nevado) hacia la lejana ribera del río.
Cuando llegó a la orilla, las cosas se pusieron peores. Estaba cada vez más oscuro, y esto, junto a
los copos de nieve que giraban a su alrededor como un remolino, no lo dejaba ver a más de tres
metros delante de él. Tampoco existía un camino. Se deslizó muy profundamente por montones de
nieve, se arrastró en lodazales helados, tropezó con árboles caídos, resbaló en la ribera del río,
golpeó sus piernas contra las rocas..., hasta que estuvo empapado, muerto de frío y completamente
magullado. El silencio y la soledad eran aterradores. Realmente creo que podría haber olvidado su
plan y regresado para recuperar la amistad de los demás, si no se le hubiera ocurrido decirse a sí
mismo: «Cuando sea Rey de Narnia, lo primero que haré será construir buenos caminos». Por
supuesto, la idea de ser Rey y de todas las cosas que podría hacer, le dio bastante ánimo.
En su mente decidió qué clase de palacio tendría, cuántos autos; pensó con lujo de detalles en
cómo sería su propia sala de cine, donde correrían los principales trenes, las leyes que dictaría
contra los castores y sus, diques... Estaba dando los toques finales a algunos proyectos para
mantener a Pedro en su lugar, cuando el tiempo cambió. Primero dejó de nevar. Luego se levantó un
viento huracanado y sobrevino un frío intenso que congelaba hasta los huesos. Finalmente las nubes
se abrieron y apareció la luna. Era luna llena y brillaba en tal forma sobre la nieve que todo se
iluminó como si fuera de día. Sólo las sombras producían cierta confusión.
Si la luna no hubiera aparecido en el momento en que se llegaba al otro río, Edmundo nunca
habría encontrado su camino. Ustedes recordarán que él había visto (cuando llegaron a la casa del
Castor) un pequeño río que, allá abajo, desembocaba en el río grande. Ahora había llegado hasta allí
y debía continuar por el valle. Pero éste era mucho más abrupto y rocoso que el que acababa de
dejar. Estaba tan lleno de matorrales y arbustos, que si hubiera estado oscuro habría podido avanzar.
Incluso, así, el niño se empapó porque debía caminar inclinado para pasar bajo las ramas y éstas
estaban cargadas de nieve, y la nieve se deslizaba continuamente y en grandes cantidades sobre su
espalda. Cada vez que esto sucedía, pensaba más y más en cuánto odiaba a Pedro..., como si
realmente todo lo que le pasaba fuera culpa de él.
Al fin llegó a un lugar en que la superficie era más suave y lisa, y donde el valle se abría. Allí, al
otro lado del río, bastante cerca de él, en el centro de un pequeño plano entre dos colinas, vio lo que
debía ser la casa de la Bruja Blanca. La luna alumbraba ahora más que nunca. La casa era en
realidad un castillo con una infinidad de torres. Pequeñas torres largas y puntiagudas se alzaban al
cielo como delgadas agujas. Parecían inmensos conos o gorros de bruja. Brillaban a la luz de la luna
y sus largas sombras se veían muy extrañas en la nieve. Edmundo comenzó a sentir miedo de esa
casa.
Pero era demasiado tarde para pensar en regresar. Cruzó el río sobre el hielo y se dirigió al
castillo. Nada se movía; no se oía ni el más leve ruido en ninguna parte. Incluso sus propios pasos
eran silenciados por la nieve recién caída. Caminó y caminó, dio vuelta una esquina tras otra
esquina de la casa, pasó torrecilla tras torrecilla... Tuvo que rodear el lado más lejano antes de
encontrar la puerta de entrada. Era un inmenso arco con grandes rejas de hierro que estaban abiertas
de par en par. Edmundo se acercó cautelosamente y se escondió tras el arco. Desde allí miró el
patio, donde vio algo que casi paralizó los latidos de su corazón. Dentro de la reja se encontraba un
inmenso león; estaba encogido sobre sus patas como si estuviera a punto de saltar. La luz de la luna
brillaba sobre el animal. Oculto en la sombra del arco, Edmundo no sabía qué hacer. Sus rodillas
temblaban y continuar su camino lo asustaba tanto como regresar. Permaneció allí tanto rato que sus
dientes habrían castañeteado de frío si no hubieran castañeteado antes de miedo. ¿Por cuántas horas
se prolongó esta situación? Realmente no lo sé, pero para Edmundo fue como una eternidad.
Por fin se preguntó por qué el león estaba tan inmóvil. No se había movido ni un centímetro
desde que lo descubrió. Se aventuró un poco más adentro, pero siempre se mantuvo en la sombra del
arco, tanto como le fue posible. Ahora observó que, por la forma en que el león estaba parado, no
podía haberlo visto. («Pero, ¿y si volviera la cabeza?», pensó Edmundo.) En efecto, el león miraba
fijamente hacia otra cosa..., miraba a un pequeño enano que le daba la espalda y que se encontraba a
poco más de un metro de distancia.
—¡Ajá! —murmuró Edmundo—. Cuando el león salte sobre el enano, yo tendré la oportunidad
de escapar.
Sin embargo, el león no se movió y tampoco lo hizo el enano. Y ahora, por fin, Edmundo se
acordó de lo que le habían contado: la Bruja Blanca transformaba a sus enemigos en piedra. A lo
mejor éste no era más que un león de piedra. Y tan pronto como pensó en esto, advirtió que la
espalda del animal, así como su cabeza, estaba cubierta de nieve. ¡Por cierto que era una estatua!
Ningún animal vivo se habría quedado tan tranquilo mientras se cubría de nieve. Entonces, muy
lentamente y con el corazón latiendo como si fuera a estallar, Edmundo se arriesgó a acercarse al
león. Casi no se atrevía a tocarlo, hasta que, por fin, rápidamente puso una mano sobre él. ¡Era sólo
una fría piedra! ¡Había estado aterrado por una simple piedra!
El alivio fue tan grande que, a pesar del frío, Edmundo sintió que una ola de calor lo invadía
hasta los pies. Al mismo tiempo acudió a su mente una idea que le pareció la más perfecta y
maravillosa: «Probablemente, éste es Aslan, el gran León. Ella ya lo atrapó y lo convirtió en estatua
de piedra. ¡Éste es el final de todas esas magníficas esperanzas depositadas en él! ¡Bah! ¿Quién le
tiene miedo a Aslan?»
Se quedó ahí, rondando la estatua, y repentinamente hizo algo muy tonto e infantil. Sacó un lápiz
de su bolsillo y dibujo unos feos bigotes sobre el labio superior del león y un par de anteojos sobre
sus ojos. Entonces dijo:
—¡Ya! ¡Aslan, viejo tonto! ¿Qué tal te sientes convertido en piedra? ¿Te creías muy poderoso,
eh?
A pesar de los garabatos, la gran bestia de piedra se veía tan triste y noble, con su mirada dirigida
hacia la luna, que Edmundo no consiguió divertirse con sus propias burlas. Se dio media vuelta y
comenzó a cruzar el patio.
Ya traspasaba el centro cuando advirtió que en ese lugar había docenas de estatuas: sátiros de
piedra, lobos de piedra, osos, zorros, gatos monteses de piedra..., todas inmóviles como si se tratara
de las piezas en un tablero de ajedrez, cuando el juego está a mitad de camino. Había figuras
encantadoras que parecían mujeres, pero eran, en realidad, los espíritus de los árboles. Allí se
encontraban también la gran figura de un centauro, un caballo alado y una criatura larga y flexible
que Edmundo tomó por un dragón. Se veían todos tan extraños parados allí, como si estuvieran
vivos y completamente inmóviles, bajo el frío brillo de la luz de la luna. Todo era tan misterioso, tan
espectral, que no era nada fácil cruzar ese patio.
Justo en el centro había una figura enorme. Aunque tan alta como un árbol, tenía forma de
hombre, con una cara feroz, una barba hirsuta y una gran porra en su mano derecha. A pesar que
Edmundo sabía que ese gigante era sólo una piedra y no un ser vivo, no le agradó en absoluto pasar
a su lado.
En ese momento vio una luz tenue que mostraba el vano de una puerta en el lado más alejado del
patio. Caminó hacia ese lugar. Se encontró con unas gradas de piedra que conducían hasta una
puerta abierta. Edmundo subió. Atravesado en el umbral yacía un enorme lobo.
—¡Está bien! ¡Está bien! —murmuró—. Es sólo otro lobo de piedra. No puede hacerme ningún
daño.
Alzó un pie para pasar sobre él. Instantáneamente el enorme animal se levantó con el pelo
erizado sobre el lomo y abrió una enorme boca roja.
—¿Quién está ahí? ¿Quién está ahí? ¡Quédate quieto, extranjero, y dime quién eres! —gruñó.
—Por favor, señor —dijo Edmundo; temblaba en tal forma que apenas podía hablar—; mi
nombre es Edmundo y soy el Hijo de Adán que su Majestad encontró en el bosque el otro día. Yo he
venido a traerle noticias de mi hermano y mis hermanas. Están ahora en Narnia..., muy cerca, en la
casa del Castor. Ella..., ella quería verlos.
—Le diré a su Majestad —dijo el Lobo—. Mientras tanto, quédate quieto aquí, en el umbral, si
en algo valoras tu vida.
Entonces desapareció dentro de la casa. Edmundo permaneció inmóvil y esperó con los dedos
adoloridos por el frío y el corazón que martillaba en su pecho. Pronto, el lobo gris, Fenris Ulf, el jefe
de la policía secreta de la Bruja, regresó de un salto y le dijo:
—¡Entra! ¡Entra! Afortunado favorito de la Reina..., o quizás no tan afortunado.
Edmundo entró con mucho cuidado para no pisar las garras del Lobo. Se encontró en un salón
lúgubre y largo, con muchos pilares. Al igual que el patio estaba lleno de estatuas. La más cercana a
la puerta era un pequeño Fauno con una expresión muy triste, Edmundo no pudo menos que
preguntarse si éste no sería el amigo de Lucía. La única luz que había allí provenía de una pequeña
lámpara, tras la cual estaba sentada la Bruja Blanca.
—He regresado, su Majestad —dijo Edmundo, adelantándose hacia ella.
—¿Cómo te atreves a venir solo? —dijo la Bruja con una voz terrible—. ¿No te dije que debías
traer a los otros contigo?
—Por favor, su Majestad —dijo Edmundo—, hice lo que pude. Los he traído hasta muy cerca.
Están en la pequeña casa, en lo más alto del dique sobre el río, con el señor y la señora Castor.
Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en el rostro de la Bruja.
—¿Esas son todas tus noticias?
—No, su Majestad —dijo Edmundo, y le contó todo lo que había escuchado antes de abandonar
la casa del Castor.
—¡Qué! ¿Aslan? —gritó la Reina—. ¿Aslan? ¿Es cierto eso? Si descubro que me has mentido...
—Por favor..., sólo repito lo que ellos dijeron —tartamudeó Edmundo. Pero la Reina, que ya no
lo escuchaba, golpeó las manos. De inmediato apareció el mismo Enano que Edmundo había visto
antes con ella.
—Prepara nuestro trineo —ordenó la Bruja—, y usa los arneses sin campanas.