Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:35
LA CAZA DEL CIERVO BLANCO
La batalla terminó pocos minutos después que ellos llegaron. La mayor parte de los enemigos
había muerto en el primer ataque de Aslan y sus compañeros; y cuando los que aún vivían vieron
que la Bruja estaba muerta, se entregaron o huyeron. Lucía vio entonces que Pedro y Aslan
estrechaban sus manos. Era extraño para ella mirar a Pedro como lo veía ahora..., su rostro estaba
tan pálido y era tan severo que parecía mucho mayor.
—Edmundo lo hizo todo, Aslan —decía Pedro en ese momento—. Nos habrían arrasado si no
hubiera sido por él. La Bruja estaba convirtiendo nuestras tropas en piedra a derecha y a izquierda.
Pero nada pudo detener a Edmundo. Se abrió camino a través de tres ogros hacia el lugar en que
ella, en ese preciso momento, convertía a uno de los leopardos en estatua. Cuando la alcanzó, tuvo
el buen sentido de apuntar con su espada hacia la vara y la hizo pedazos, en lugar de tratar de
atacarla a ella y simplemente quedar convertido él mismo en estatua. Ésa fue la equivocación que
cometieron todos los demás. Una vez que su vara fue destruida comenzamos a tener algunas
oportunidades..., si no hubiéramos perdido a tantos ya. Edmundo está terriblemente herido.
Debemos ir a verlo.
Un poco más atrás de la línea de combate encontraron a Edmundo: lo cuidaba la señora Castora.
Estaba cubierto de sangre; tenía la boca abierta y su rostro era de un feo color verdoso.
—¡Rápido, Lucía! —llamó Aslan.
Entonces, casi por primera vez, Lucía recordó el precio tónico que le habían obsequiado como
regalo de Navidad. Sus manos tiritaban tanto que difícilmente pudo destapar el frasco. Pero se
dominó al fin y dejó caer unas pocas gotas en la boca de su hermano.
—Hay otros heridos —dijo Aslan, mientras ella aún miraba ansiosamente el pálido rostro de
Edmundo para comprobar si el remedio hacía algún efecto.
—Sí, ya lo sé —dijo Lucía con tono molesto—. Espere un minuto.
—Hija de Eva —dijo Aslan severamente—, otros también están a punto de morir. ¿Es necesario
que muera más gente por Edmundo?
—Perdóneme, Aslan —dijo Lucía, y se levantó para salir con él.
Durante la media hora siguiente estuvieron muy ocupados..., la niña atendía a los heridos,
mientras él revivía a aquellos que estaban convertidos en piedra. Cuando por fin ella pudo regresar
junto a Edmundo, lo encontró de pie, no sólo curado de sus heridas: se veía mejor de lo que ella lo
había visto por años; en efecto, desde el primer semestre en aquel horrible colegio, había empezado
a andar mal. Ahora era de nuevo lo que siempre había sido y podía mirar de frente otra vez. Y allí,
en el campo de batalla, Aslan lo invistió Caballero.
—¿Sabrá Edmundo —susurró Lucía a Susana— lo que Aslan hizo por él? ¿Sabrá realmente en
qué consistió el acuerdo con la Bruja?
—¡Cállate! No. Por supuesto que no —dijo Susana.
—¿No debería saberlo? —preguntó Lucía.
—¡Oh, no! Seguro que no —dijo Susana—. Sería espantoso para él. Piensa cómo te sentirías tú si
fueras él.
—De todas maneras creo que debe saberlo —volvió a decir Lucía; pero, en ese momento, las
niñas fueron interrumpidas.
Esa noche durmieron donde estaban. Cómo Aslan proporcionó comida para ellos, es algo que yo
no sé; pero de una manera u otra, cerca de las ocho, todos se encontraron sentados en el pasto ante
un gran té. Al día siguiente comenzaron la marcha hacia el oriente, bajando por el lado del gran río.
Y al otro día, cerca de la hora del té, llegaron a la desembocadura. El castillo de Cair Paravel, en su
pequeña loma, sobresalía. Delante de ellos había arenales, rocas, pequeños charcos de agua salada,
algas marinas, el olor del mar y largas millas de olas verde-azuladas, que rompían en la playa por
siempre jamás. Y, ¡oh el grito de las gaviotas! ¿Lo han oído ustedes alguna vez? ¿Pueden
recordarlo?
Esa tarde, después del té, los cuatro niños bajaron de nuevo a la playa y se sacaron sus zapatos y
calcetines para sentir la arena entre sus dedos. Pero el día siguiente fue más solemne. Entonces, en
el Gran Salón de Cair Paravel —aquel maravilloso salón con techo de marfil, con la puerta del oeste
adornada con plumas de pavo real y la puerta del este que se abre directo en el mar—, en presencia
de todos sus amigos y al sonido de las trompetas, Aslan coronó solemnemente a los cuatro niños y
los instaló en los cuatro tronos, en medio de gritos ensordecedores:
—¡Que viva por muchos años el Rey Pedro! ¡Que viva por muchos años la Reina Susana! ¡Que
viva por muchos años el Rey Edmundo! ¡Que viva por muchos años la Reina Lucía!
—Una vez rey o reina en Narnia, eres rey o reina para siempre. ¡Séanlo con honor, Hijos de
Adán! ¡Séanlo con honor, Hijas de Eva! —dijo Aslan.
A través de la puerta del este, que estaba abierta de par en par, llegaron las voces de los tritones y
de las sirenas que nadaban cerca del castillo y cantaban en honor de sus nuevos Reyes y Reinas.
Los niños sentados en sus tronos, con los cetros en sus manos, otorgaron premios y honores a
todos sus amigos: a Tumnus el Fauno, a los Castores, al Gigante Rumblebuffin, a los leopardos, a
los buenos centauros, a los buenos enanos y al león. Esa noche hubo un gran festín en Cair Paravel,
regocijo, baile, luces de oro, exquisitos vinos... Y como en respuesta a la música que sonaba dentro
del castillo, pero más extraña, más dulce y más penetrante, llegaba hasta ellos la música de la gente
del mar.
Mas en medio de todo este regocijo, Aslan se escabulló calladamente. Cuando los Reyes y Reinas
se dieron cuenta que él ya no estaba allí, no dijeron ni una palabra, porque el Castor les había
advertido. «Él estará yendo y viniendo —les había dicho—. Un día ustedes lo verán, y otro, no. No
le gusta estar atado..., y, por supuesto, tiene que atender otros países. Esto es rigurosamente cierto.
Aparecerá a menudo. Sólo que ustedes no deben presionarlo. Es salvaje: ustedes lo saben. No es
como un león domesticado y dócil.»
Y ahora como ustedes vean, esta historia está cerca (pero no enteramente) del final. Los dos
Reyes y las dos Reinas de Narnia gobernaron bien y su reinado fue largo y feliz. En un comienzo,
ocuparon la mayor parte de su tiempo en buscar y destruir los últimos vestigios del ejército de la
Bruja Blanca. Y, ciertamente, por un largo período hubo noticias de perversos sucesos furtivos en
los lugares salvajes del bosque...: un fantasma aquí y una matanza allá; un hombre lobo al acecho un
mes y el rumor de la aparición de una bruja, el siguiente. Pero al final toda esa pérfida raza se
extinguió. Entonces ellos dictaron buenas leyes, conservaron la paz, salvaron a los árboles buenos
de ser cortados innecesariamente, liberaron a los enanos y a los sátiros jóvenes de ser enviados a la
escuela y, por lo general, detuvieron a los entrometidos y a los aficionados a interferir en todo, y
animaron a la gente común que quería vivir y dejar vivir a los demás. En el norte de Narnia atajaron
a los fieros gigantes (de muy diferente clase que el Gigante Rumblebuffin), cuando se aventuraron a
través de la frontera. Establecieron amistad y alianza con países más allá del mar, les hicieron visitas
de Estado y, a la vez, recibieron sus visitas.
Y ellos mismos crecieron y cambiaron con el paso de los años. Pedro llegó a ser un hombre alto y
robusto y un gran guerrero, y era llamado Rey Pedro el Magnífico. Susana se convirtió en una
esbelta y agraciada mujer, con un cabello color azabache que caía casi hasta sus pies; los Reyes de
los países más allá del mar comenzaron a enviar embajadores para pedir su mano en matrimonio.
Era conocida como Reina Susana la Dulce. Edmundo, un hombre más tranquilo y más solemne que
su hermano Pedro, era famoso por sus excelentes consejos y juicios. Su nombre fue Rey Edmundo
el Justo. En cuanto a Lucía, fue siempre una joven alegre y de pelo dorado. Todos los Príncipes de
la vecindad querían que ella fuera su Reina, y su propia gente la llamaba Reina Lucía la Valiente.
Así, ellos vivían en medio de una gran alegría, y siempre que recordaban su vida en este mundo
era sólo como cuando uno recuerda un sueño.
Un año sucedió que Tumnus (que ya era un Fauno de mediana edad y comenzaba a engordar)
vino río abajo y les trajo noticias sobre el Ciervo Blanco, que una vez más había aparecido en los
alrededores... El Ciervo Blanco que te concedía tus deseos si lo cazabas. Por eso los dos Reyes y las
dos Reinas, junto a los principales miembros de sus cortes, organizaron una cacería con cuernos y
jaurías en los Bosques del Oeste para seguir al Ciervo Blanco. No hacía mucho que había
comenzado la cacería cuando lo divisaron. Y él los hizo correr a gran velocidad por terrenos ásperos
y suaves, a través de valles anchos y angostos, hasta que los caballos de todos los cortesanos
quedaron agotados y sólo ellos cuatro pudieron continuar la persecución. Vieron al ciervo entrar en
una espesura en la cual sus caballos no podían seguirlo. Entonces el Rey Pedro dijo (porque ellos
ahora, después de haber sido durante tanto tiempo reyes y reinas, hablaban en una forma
completamente diferente).
—Honorables parientes, descendamos de nuestros caballos y sigamos a esta bestia en la espesura,
porque en toda mi vida yo nunca he cazado una presa más noble.
—Señor —dijeron los otros—, aun así permítenos hacerlo.
Desmontaron, ataron sus caballos en los árboles y se internaron a pie en el espeso bosque. Y tan
pronto como entraron allí, la Reina Susana dijo:
—Honorables amigos, aquí hay una gran maravilla. Me parece ver un árbol de hierro.
—Señora —dijo el Rey Edmundo, si usted lo mira con cuidado, verá que es un pilar de hierro
con una linterna en lo más alto de él.
—¡Válgame Dios, qué extraña treta! —dijo el Rey Pedro—, instalar una linterna aquí en esta
espesura donde los árboles están tan juntos y son de tal altura, que si estuviera encendida no daría
luz a hombre alguno.
—Señor —dijo la Reina Lucía—. Probablemente, cuando este pilar y esta linterna fueron
instalados aquí había árboles pequeños, o pocos, o ninguno. Porque el bosque es joven y el pilar de
hierro es viejo.
Por algunos momentos permanecieron mirando todo esto. Luego, el Rey Edmundo dijo:
—No sé lo que es, pero esta lámpara y este pilar me han causado un efecto muy extraño. La idea
que yo los he visto antes corre por mi mente, como si fuera en un sueño, o en el sueño de un sueño.
—Señor —contestaron todos—, lo mismo nos ha sucedido a nosotros.
—Aun más —dijo la Reina Lucía—, no se aparta de mi mente el pensamiento que si nosotros
pasamos más allá de esta linterna y de este pilar, encontraremos extrañas aventuras o en nuestros
destinos habrá un enorme cambio.
—Señora —dijo el Rey Edmundo—, el mismo presentimiento se mueve en mi corazón.
—Y en el mío, hermano —dijo el Rey Pedro.
—Y en el mío también —dijo la Reina Susana—. Por eso mi consejo es que regresemos
rápidamente a nuestros caballos y no continuemos en la persecución del Ciervo Blanco.
—Señora —dijo el Rey Pedro—, en esto le ruego a usted que me excuse. Pero, desde que somos
Reyes de Narnia, hemos acometido muchos asuntos importantes, como batallas, búsquedas, hazañas
armadas, actos de justicia y otros como éstos, y siempre hemos llegado hasta el fin. Todo lo que
hemos emprendido lo hemos llevado a cabo.
—Hermana —dijo la Reina Lucía—, mi real hermano habla correctamente. Me avergonzaría si
por cualquier temor o presentimiento nosotros renunciáramos a seguir en una tan noble cacería
como la que ahora realizamos.
—Yo estoy de acuerdo —dijo el Rey Edmundo—. Y deseo tan intensamente averiguar cuál es el
significado de esto, que por nada volvería atrás, ni por la joya más rica y preciada en toda Narnia y
en todas las islas.
—Entonces en el nombre de Aslan —dijo la Reina Susana—, si todos piensan así, sigamos
adelante y enfrentemos el desafío de esta aventura que caerá sobre nosotros.
Así fue como estos Reyes y Reinas entraron en la espesura del bosque, y antes que caminaran
una veintena de pasos, recordaron que lo que ellos habían visto era el farol, y antes que avanzaran
otros veinte, advirtieron que ya no caminaban entre ramas de árboles sino entre abrigos. Y un
segundo después, todos saltaron a través de la puerta del ropero al cuarto vacío, y ya no eran Reyes
y Reinas con sus atavíos de caza, sino sólo Pedro, Susana, Edmundo y Lucía en sus antiguas ropas.
Era el mismo día y la misma hora en que ellos entraron al ropero para esconderse. La señora
Macready y los visitantes hablaban todavía en el pasillo; pero afortunadamente nunca entraron en el
cuarto vacío y los niños no fueron sorprendidos.
Este hubiera sido el verdadero final de la historia si no fuera porque ellos sintieron que tenían la
obligación de explicar al Profesor por qué faltaban cuatro abrigos en el ropero. El Profesor, que era
un hombre extraordinario, no exclamó «no sean tontos» o «no cuenten mentiras», sino que creyó la
historia completa.
—No —les dijo—, no creo que sirva de nada tratar de volver a través de la puerta del ropero para
traer los abrigos. Ustedes no entrarán nuevamente a Narnia por ese camino. Y si lo hicieran, los
abrigos ahora ya no sirven de mucho. ¿Eh? ¿Qué dicen? Sí, por supuesto que volverán a Narnia
algún día. Una vez Rey de Narnia, eres Rey para siempre. Pero no pueden usar la misma ruta otra
vez. Realmente no traten, de ninguna manera, de llegar hasta allá. Eso sucederá cuando menos lo
piensen. Y no hablen demasiado sobre esto, ni siquiera entre ustedes. No se lo mencionen a nadie
más, a menos que descubran que se trata de alguien que ha tenido aventuras similares. ¿Qué dicen?
¿Que cómo lo sabrán? ¡Oh! Ustedes lo sabrán con certeza. Las extrañas cosas que ellos dicen
(incluso sus apariencias) revelarán el secreto. Mantengan los ojos abiertos. ¡Dios mío!, ¿qué les
enseñan en esos colegios?
Y éste es el verdadero final de las aventuras del ropero. Pero si el Profesor estaba en lo cierto,
éste fue sólo el comienzo de las aventuras en Narnia.
F I N