Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:38
LA ANTIGUA CASA DEL TESORO
—Esto no fue un jardín —afirmó Susana convencida—. Aquí había un castillo y éste debe haber sido el patio.
—Ya sé lo que quieres decir —dijo Pedro—. Sí, éstos son los restos de una torre y allí se ve lo que quizás era un tramo de escalera que conducía a lo alto de las murallas. Y miren esas otras gradas, bajas y anchas, que suben hasta aquel portal. Debe haber sido la puerta de entrada al gran salón.
—Varios siglos atrás, por lo que parece —apuntó Edmundo.
—Sí, hace siglos —asintió Pedro—. Me gustaría saber quiénes vivieron en este castillo, y cuánto tiempo atrás.
—Este lugar me produce una sensación muy rara —murmuró Lucía.
—¿Te pasa eso, Lu? —preguntó Pedro, mirándola fijamente—. A mí también. Y es la cosa más rara que he sentido en este día tan extraño. Me pregunto dónde estaremos y qué significado tendrá todo esto.
Habían cruzado ya el patio y, traspasando la otra puerta, entraron en lo que alguna vez fue el salón. Ahora parecía un patio, pues ya no tenía techo y era nada más que otro espacio cubierto de pasto y margaritas, sólo que más pequeño y estrecho y rodeado de altas paredes. Al fondo se veía una especie de terraza, como a un metro del suelo.
—Quisiera saber si este era realmente el salón —dijo Susana—. ¿Qué sería esa especie de terraza?
—No seas tonta —exclamó Pedro, extrañamente excitado—. ¿No ves que era el estrado donde estaba la Mesa de Reuniones a la que se sentaban el Rey y los grandes señores? Cualquiera pensaría que has olvidado que nosotros mismos fuimos una vez Reyes y Reinas y nos sentamos sobre un estrado igual a éste, en nuestro gran salón.
—En nuestro castillo de Cair Paravel —continuó Susana con voz monótona y como en un sueño—, a la desembocadura del gran río de Narnia. ¿Cómo pude olvidarlo?
—¡Ahora recuerdo todo! —exclamó Lucía—. Podríamos imaginar que estamos en Cair Paravel. Esta sala debe haber sido muy parecida a la gran sala donde hacíamos los banquetes.
—Pero desgraciadamente sin los banquetes —dijo Edmundo—. Se está haciendo tarde. Fíjense cómo se han alargado las sombras. Y ¿se han dado cuenta de que ya no hace tanto calor?
—Si hemos de pasar la noche aquí, vamos a necesitar una buena fogata —dijo Pedro—. Yo tengo fósforos; vamos a buscar un poco de leña seca.
Todos estuvieron de acuerdo con él y durante la media hora siguiente se dedicaron a recorrer los alrededores, pero el huerto por donde habían llegado hasta las ruinas no resultó ser el sitio indicado para encontrar leña. Para probar al otro lado del castillo, salieron de la sala por una puertecilla lateral que desembocaba en un laberinto de cavidades de piedra que en otra época fueron quizás pasadizos y pequeñas habitaciones, ahora enteramente cubiertos de ortigas y zarzas. Más allá se veía un ancho boquete en el muro del castillo y, a través de él, llegaron a un bosque de inmensos y sombríos árboles, donde encontraron abundantes ramas y hojas secas, palos podridos y espinas de abeto. Fueron y vinieron acarreando leños hasta tener un buen montón. Cuando iban en el quinto viaje, justo afuera de la sala, descubrieron un pozo escondido entre las malezas. Después de limpiarlo, vieron que era profundo y de agua limpia y fresca. Estaba rodeado, en parte, por los restos de un empedrado. Las niñas fueron a coger más manzanas y los niños prepararon el fuego sobre el estrado, lo más cerca posible del rincón entre las dos murallas, porque pensaron que era el lugar más cómodo y abrigado. No fue fácil encender el fuego; gastaron una gran cantidad de fósforos, pero finalmente lo lograron. Se sentaron con la espalda apoyada contra el muro, de cara al fuego. Trataron de asar manzanas ensartándolas en la punta de un palo, pero las manzanas asadas sin azúcar son muy poco apetitosas, y éstas además estaban demasiado calientes para tomarlas con los dedos, mientras se enfriaban lo suficiente. Tuvieron que contentarse, pues, con manzanas crudas, lo que los obligó a reconocer, como dijo Edmundo, que la comida del colegio no era tan mala, después de todo.
—En este momento, me comería hasta una gruesa rebanada de pan con margarina —agregó—, Pero también todos sentían crecer su espíritu aventurero, y ninguno hubiera querido volver al colegio.
Al terminar su última manzana, Susana fue al pozo a beber otro sorbo de agua; cuando volvió traía algo en su mano.
—Miren —dijo, con voz alterada—. Encontré esto junto al pozo.
Se lo pasó a Pedro y se sentó en el suelo; parecía estar a punto de llorar. Edmundo y Lucía se inclinaron para ver lo que tenía Pedro en la mano: un objeto pequeño y brillante relucía a la luz del fuego.
—Vaya, ¡qué cosa más rara! —murmuró Pedro, y su voz también sonaba extraña. Luego lo pasó a los demás.
Ahora todos vieron de qué se trataba. Era un pequeño caballo de ajedrez, insignificante de tamaño, pero sumamente pesado, por estar hecho en oro puro. Los ojos eran dos rubíes diminutos, es decir, uno lo era, pues el otro le había sido arrancado.
—¡Pero si es exactamente igual a las piezas del ajedrez de oro con que jugábamos cuando éramos Reyes y Reinas en Cair Paravel! —exclamó Lucía.
—¡Arriba el ánimo, Su! —dijo Pedro a su otra hermana.
—No puedo —suspiró Susana—. Este caballito me hace revivir tiempos tan felices. Recuerdo haber jugado ajedrez con faunos y gigantes buenos, mientras en el mar cantaban las sirenas y los tritones; y recuerdo a mi hermoso caballo, y... y...
—Y ahora —dijo Pedro, con un tono muy diferente— ha llegado el momento de usar nuestra inteligencia.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Edmundo.
—¿Ninguno de ustedes ha adivinado dónde estamos? —interrogó Pedro.
—Sigue, sigue —dijo Lucía—. Hace horas que siento que en este lugar flota un maravilloso misterio.
—Dispara, Pedro —urgió Edmundo—. Te escuchamos.
—Estamos en las ruinas de Cair Paravel —añadió Pedro.
—Pero... espera un poco —interrumpió Edmundo—. ¿De dónde sacas eso? Este lugar está en ruinas desde hace siglos. Mira esos enormes árboles que crecen tapando las puertas; mira las mismas piedras. Cualquiera se da cuenta de que está deshabitado por cientos de años.
—Ya lo sé —dijo Pedro—. Ese es el problema. Pero dejémoslo por ahora y vamos examinando los diversos aspectos del asunto. Primero: este salón tiene la misma forma y tamaño del salón de Cair Paravel. Imagínenlo con su techo, con su piso de colores en vez del pasto, sus paredes adornadas con tapicerías, y tendrán ante ustedes nuestro propio salón real de los banquetes.
Nadie dijo nada.
—Segundo —continuó Pedro—: el pozo del castillo está exactamente en el mismo lugar donde se encontraba el nuestro, un poco al sur del gran salón; y es de idéntica forma y tamaño.
Tampoco hubo comentarios.
—Tercero: Susana acaba de encontrar una de las piezas de nuestro juego de ajedrez, o una que se le asemeja como dos gotas de agua.
Siguieron en silencio.
—Cuarto: ¿no recuerdan —era justo el día antes de la visita de los embajadores del Rey de Calormen—, no recuerdan haber plantado el huerto al lado afuera de la puerta norte de Cair Paravel? Pomona, la persona más importante de los bosques, vino especialmente a desplegar aquí sus encantamientos. Y fueron nuestros gentiles amigos los topos quienes cavaron la tierra. ¿Han olvidado al viejo y gracioso Guantelís, el jefe-topo, cuando, apoyado en su pala, decía: "Créame, su Majestad se alegrará algún día de haber plantado esos árboles frutales"? ¡Y caramba que tenía razón!
—¡Yo me acuerdo, yo me acuerdo! —gritó Lucía, batiendo palmas.
—Pero mira, Pedro —intervino Edmundo—. A mí todo esto me parece una soberana estupidez. Por una parte, no creo que hayamos sido tan tontos como para plantar un huerto justo contra la puerta.
—No, claro que no —repuso Pedro—. Pero es natural que desde aquella época los árboles hayan crecido y que su follaje haya tapado la puerta.
—Y por otra parte, Cair Paravel no estaba en una isla.
—Así es; yo también lo he pensado. Pero estaba en una cómo-se-llama, una península, lo que es casi una isla. ¿No podría haberse transformado en isla desde nuestros tiempos hasta ahora? Alguien ha cavado un canal.
—Pero espera un momento —dijo Edmundo—. Siempre estás hablando de nuestros tiempos. Hace sólo un año que regresamos de Narnia, y tú pretendes probar que en ese año se han derrumbado castillos y han crecido espesos bosques, que los arbolitos que plantamos nosotros mismos se han convertido en un enorme y viejo huerto, y Dios sabe cuántas cosas más. Es imposible.
—Hay algo más —dijo Lucía—. Si éste es Cair Paravel, debería haber una puerta en esta parte del estrado. En realidad, ahora deberíamos estar sentados dándole la espalda. ¿Se acuerdan? La puerta que daba a la sala del tesoro.
—No creo que haya una puerta aquí —apuntó Pedro, levantándose.
Tras ellos, la muralla era una masa de hiedra.
—Pronto lo sabremos —dijo Edmundo, tomando uno de los palos que tenían preparados para echar al fuego, y golpeó con fuerza la muralla. Tap-tap, sonaba el palo contra la piedra; y tap-tap otra vez; de pronto, bum-bum, con un ruido totalmente distinto, el sonido hueco de la madera.
—¡Dios mío! —exclamó Edmundo.
—Arranquemos esa hiedra —dijo Pedro.
—Por favor, dejemos todo como está —pidió Susana—. Podemos seguir mañana en la mañana. Si tenemos que pasar la noche aquí, no quisiera tener una puerta abierta a mi espalda, ni un inmenso hoyo negro por donde puede entrar cualquier cosa, además de chiflones y humedad. Y muy pronto oscurecerá.
—¡Susana! ¿No te da vergüenza? —reprochó Lucía. Pero los niños estaban demasiado excitados para escuchar las advertencias de Susana. Tiraron de la hiedra con sus manos y luego usaron el cortaplumas de Pedro, pero se rompió y siguieron desprendiéndola con el de Edmundo. El rincón donde habían estado sentados quedó cubierto de enredaderas, hasta que lograron despejar la puerta.
—Cerrada con llave, por supuesto —dijo Pedro.
—Pero la madera está podrida —dijo Edmundo—. Podemos romperla en pedazos en un rato, y nos servirá de leña para el fuego. Vamos.
Demoraron más de lo pensado y, antes de que terminaran, el gran salón estaba a oscuras, y las primeras estrellas empezaban a brillar en el cielo. Susana no fue la única que sintió un escalofrío cuando los dos hermanos, parados sobre un montón de astillas, limpiaron la suciedad de sus manos y se quedaron mirando la brecha oscura y fría que acababan de abrir.
—Ojalá tuviéramos una antorcha —dijo Pedro.
—¿Para qué? —preguntó Susana—. Como dijo Edmundo...
—Pero no lo digo ahora —interrumpió Edmundo—. Todavía no entiendo muy bien, pero ya lo discutiremos más adelante. ¿Bajas, Pedro?
—Bajamos —asintió Pedro—. No pongas esa cara, Susana, no podemos portarnos como niños ahora que hemos vuelto a Narnia. Aquí, tú eres una reina. Además, creo que ninguno podría dormir con un misterio así en la cabeza.
Trataron de fabricarse antorchas con unos palos largos, pero no resultó. Si los sostenían con la luz hacia arriba, se apagaban, y si los ponían al revés, les quemaban la mano y sus ojos se llenaban de humo. Decidieron usar la linterna eléctrica de Edmundo. Por suerte, como se la habían regalado para su cumpleaños una semana atrás, la batería estaba casi nueva. El bajó primero, llevando la luz. Lo seguía Lucía, luego Susana y Pedro cerraba la marcha.
—Llegué al primer peldaño —anunció Edmundo.
—Cuéntalos —dijo Pedro.
—Uno, dos, tres —empezó a contar Edmundo, hasta dieciséis, mientras descendían cuidadosamente—. Y éste es el último.
—Entonces éste es en verdad Cair Paravel —exclamó Lucía—, Eran dieciséis peldaños.
Nadie habló hasta que se juntaron los cuatro al pie de la escala. Edmundo iluminó el lugar con su linterna.
—¡O... o... oh! —exclamaron los niños a una sola voz, pues ahora se convencieron de que ésta era realmente la antigua sala del tesoro de Cair Paravel donde una vez reinaron como Reyes y Reinas de Narnia. Al centro había una especie de sendero (como en un invernadero) y a cada lado, a cierta distancia, colgaban lujosas armaduras que semejaban caballeros guardando los tesoros. Y entre las armaduras, estantes repletos de joyas: collares, pulseras, anillos, fuentes y platos de oro, largos colmillos de marfil, broches, diademas, cadenas de oro y una gran cantidad de piedras sueltas, apiladas desordenadamente, como si fueran bolitas o papas. Eran diamantes, rubíes, esmeraldas, topacios y amatistas. Bajo los estantes, se hallaban varios cofres de roble protegidos con barrotes de hierro y fuertemente asegurados con candados. Hacía un frío espantoso allí dentro; el silencio era tan grande que los niños podían escuchar su propia respiración. Los tesoros estaban completamente cubiertos de polvo y si no hubiesen recordado el lugar donde se encontraban y la mayoría de las joyas que los componían, jamás los habrían reconocido. Había algo triste y aterrador en aquella sala olvidada por tan largo tiempo; por eso nadie dijo una palabra durante unos segundos.
Después, naturalmente, comenzaron a recorrer y a coger objetos para mirarlos. Tenían la sensación de encontrar a viejos amigos. Si hubieras estado allí, les habrías oído decir, por ejemplo: "¡Miren! nuestros anillos de coronación. ¿Se acuerdan de la primera vez que los usamos?... Miren, el prendedor que creíamos perdido... Y ¿no es esa la armadura que usaste en el gran torneo en las Islas Desiertas?... ¿Te acuerdas de que la hizo el enano?... ¿Te acuerdas de que tomabas agua en ese cuerno? ¿Te acuerdas... te acuerdas?"
Pero de pronto Edmundo advirtió:
—¡Oigan!, no podemos gastar la batería de la linterna; quién sabe cuánto la vamos a necesitar en el futuro. Creo que será mejor tomar lo que queramos y salir de aquí.
—Debemos llevar nuestros regalos —dijo Pedro.
Mucho tiempo atrás, para una Navidad en Narnia, Susana, Lucía y él habían recibido ciertos regalos de más valor para ellos que todo el reino. Edmundo no recibió su regalo, porque no estaba con los demás en ese momento. (El tuvo la culpa, ustedes pueden leer acerca de esto en un libro anterior).
Todos estuvieron de acuerdo con Pedro y fueron hasta la muralla al fondo de la sala del tesoro donde sabían que, con toda seguridad, estarían colgados sus regalos. El de Lucía era el más pequeño: sólo una botellita. Pero la botella era de diamante en lugar de vidrio, y estaba llena hasta más de la mitad con un licor mágico que podía sanar heridas y enfermedades. Sin decir una palabra, Lucía sacó con gran solemnidad su regalo y se lo colgó del hombro, y sintió otra vez el peso de la botella como en los viejos tiempos.
El regalo de Susana había sido un arco con flechas y un cuerno. Allí estaban el arco y el carcaj de marfil lleno de flechas emplumadas, pero...
—Susana —dijo Lucía—, ¿dónde está el cuerno?
—¡Ay, qué lata más grande! —exclamó Susana, después de pensar un momento—. Ahora me acuerdo. Lo tenía el último día, mientras perseguíamos al Ciervo Blanco. Debo haberlo perdido cuando, por equivocación, volvimos al otro lugar... a Inglaterra, quiero decir.
Edmundo lanzó un silbido. Era una pérdida realmente lamentable: el cuerno estaba encantado y, al soplarlo, podías tener la seguridad de recibir la ayuda que necesitaras, dondequiera que estuvieses.
—Justo lo que nos vendría bien en un sitio como éste —dijo Edmundo.
—No importa —contestó Susana—, aún tengo el arco. Y lo tomó en sus manos.
—¿No se habrán cortado las cuerdas, Su? —preguntó Pedro.
Pero, acaso debido a algún poder mágico en el aire de la sala del tesoro, el arco estaba en perfecto estado. Susana era muy hábil para el tiro al arco y la natación. En un segundo había tensado el arco. Luego dio un corto tirón a la cuerda; ésta vibró, produciendo un gorjeante sonido que retumbó en toda la sala. Y ese solo sonido trajo a la memoria de los niños el recuerdo de los tiempos pasados con mucha más intensidad que todo lo sucedido hasta entonces. Imágenes de batallas y cacerías y fiestas se agolpaban en sus mentes.
Susana soltó nuevamente la cuerda del arco y colgó el carcaj de su hombro.
Pedro, a su vez, tomó su regalo, que era el escudo con el gran León de color rojo, y la espada real. Los golpeó contra el suelo para quitarles el polvo, se colocó el escudo sobre el brazo y colgó la espada de su cintura. En un principio temió que estuviera oxidada y pegada a la vaina, pero no fue así. La sacó con un movimiento rápido y la sostuvo, centelleando a la luz de la linterna.
—Es mi espada Rindon —dijo—. Con ella maté al Lobo.
Se notaba un tono diferente en su voz, que hizo comprender a los otros que Pedro volvía a ser el gran Rey. Al cabo de un rato, se acordaron de que tenían que cuidar la batería de la linterna.
Subieron la escalera otra vez, encendieron un buen fuego y se tendieron muy juntos para darse calor. El suelo era duro y poco confortable, pero pronto se quedaron dormidos.