Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:41
EL ENANO RELATA LA HISTORIA DEL PRINCIPE CASPIAN
El Príncipe Caspian vivía en un gran castillo en el centro de Narnia con su tío Miraz, Rey de Narnia, y su tía la Reina Prunaprismia, que tenía el cabello rojo. Sus padres habían muerto y la persona a quien Caspian más quería era su niñera y, aunque (siendo príncipe) tenía juguetes maravillosos que podían hacer todo menos hablar, él esperaba con ansias las últimas horas del día, cuando se guardaban los juguetes en la alacena y la niñera empezaba a contarle cuentos.
Caspian no sentía especial cariño por sus tíos, pero dos veces por semana el Rey lo llamaba a su presencia y se paseaba con él durante una media hora por la terraza, en el ala sur del castillo. Un día, mientras caminaban, su tío le dijo:
—Bien, muchacho, pronto será hora de enseñarte a montar y a usar la espada. Sabes que tu tía y yo no tenemos hijos y probablemente tú deberás ser Rey cuando yo me haya ido. ¿Te gustaría?
—No sé, tío —respondió Caspian.
—No sabes, ¿eh? —dijo Miraz—. ¡Vamos, quisiera saber qué más se puede desear!
—Pero tengo un deseo —dijo Caspian.
—¿Cuál? —inquirió el Rey.
—Deseo... deseo... deseo haber vivido en los Tiempos de Antaño —repuso Caspian. (Era un niño muy pequeño en esa época).
El Rey Miraz le hablaba siempre en ese tono aburrido que emplean algunos adultos y que demuestra claramente que no tienen el menor interés en la conversación; pero ahora, de súbito, se quedó contemplando a Caspian con mirada penetrante.
—¿Eh? ¿Qué dices? —exclamó—. ¿A qué tiempos de antaño te refieres?
—¿Tú no lo sabes, tío? —dijo Caspian—. Son esos tiempos cuando todo era distinto. Antes, los animales podían hablar; y seres muy gentiles vivían en los ríos y en los árboles, se llamaban Náyades y Dríades; y también había enanos; y encantadores Faunos, que tenían los pies parecidos a los de las cabras; y...
—Esas son tonterías para niños —interrumpió el Rey severamente—. Sólo para niños, ¿me entiendes? Ya estás demasiado grande para esos cuentos. A tu edad deberías pensar en batallas y en aventuras, no en cuentos de hadas.
—Pero hubo muchas batallas y aventuras en esos días —insistió Caspian—. Aventuras maravillosas. Una vez, una Bruja Blanca se coronó a sí misma Reina de todo el país; ella hizo que el invierno durara para siempre. Pero dos niños y dos niñas vinieron de algún sitio desconocido, mataron a la Bruja y fueron coronados Reyes y Reinas de Narnia. Se llamaban Pedro, Susana, Edmundo y Lucía. Reinaron por muchos, muchos años y todos fueron muy felices, porque Aslan...
—¿Quién es ése? —preguntó Miraz.
Si Caspian hubiera sido un poquito mayor, por el tono de la voz de su tío se habría dado cuenta de que era mejor callar. Pero él siguió.
—¿Tampoco lo conoces? —dijo—. Aslan es el gran León que viene de más allá del mar.
—¿Quién te ha contado todos esos disparates? —preguntó el Rey con voz de trueno.
Caspian tuvo miedo y no contestó.
—Su Alteza Real —dijo el Rey Miraz, soltando la mano de Caspian que mantenía apretada hasta ese momento—. Exijo que se me responda. Mírame a la cara. ¿Quién te ha dicho ese atado de mentiras?
—La ni... niñera —balbució Caspian, y rompió a llorar.
—¡Calla! —exclamó su tío, sacudiendo a Caspian por los hombros—. Basta ya. Que no vuelva a sorprenderte hablando —ni siquiera pensando— sobre esas historias estúpidas. Esos Reyes y Reinas no existieron nunca. ¿Crees que podría haber dos Reyes al mismo tiempo? Tampoco hay nadie que se llame Aslan. Y no existen los leones. Y jamás hubo animales que pudieran hablar. ¿Me entiendes?
—Sí, tío —sollozó Caspian.
—Entonces no hablaremos más de este asunto —dijo el Rey.
Llamó a uno de sus pajes que montaba guardia al fondo de la terraza y le ordenó fríamente:
—Conduce a su Alteza Real a sus habitaciones, y que venga la niñera de su Alteza Real de inmediato.
Al día siguiente, Caspian comprendió el grave error que había cometido. La niñera había sido despedida, sin permitírsele siquiera decirle adiós, y, de ahora en adelante, tendría un tutor.
El niño extrañó mucho a su niñera y derramó amargas lágrimas por su ausencia. En medio de su pena, pensaba con mayor intensidad que antes en las viejas leyendas de Narnia. Por las noches soñaba con enanos y dríades, y trató en varias ocasiones de hacer hablar a los perros y gatos del castillo. Pero los perros sólo movían la cola y los gatos ronroneaban.
Caspian se había propuesto odiar a su nuevo tutor, pero, cuando éste llegó una semana después, resultó ser una de esas personas a las que es imposible no querer. Era el hombre más diminuto y gordo que Caspian había visto en su vida. Tenía una barba larga, plateada y cortada en punta que le llegaba hasta la cintura, y en su cara fea, morena y surcada de arrugas había una expresión de gran sabiduría y bondad. Su voz era grave, pero sus ojos alegres, y si uno no lo conocía bien, era difícil saber si bromeaba o estaba serio. Su nombre era doctor Cornelius.
De todas las lecciones que le daba el doctor Cornelius, la preferida de Caspian era la de historia. Aparte de las leyendas de la niñera, no sabía nada sobre la historia de Narnia. Se sorprendió mucho al saber que la familia real era recién llegada al país.
—Un antepasado de Su Alteza, Caspian Primero —dijo el doctor Cornelius—, conquistó Narnia y fue su primer Rey. El fue quien trajo a toda tu nación a este país. Ustedes no son narnianos nativos; ustedes provienen de la tierra de Telmar, más allá de las Montañas Occidentales. Por eso a Caspian Primero se le llamó el Conquistador.
—Por favor, doctor —preguntó un día Caspian—, ¿quiénes vivían en Narnia antes de que llegaran los telmarinos?
—No había hombres —o muy pocos— en Narnia antes de la venida de los telmarinos —contestó el doctor Cornelius.
—Entonces, ¿quién conquistaron mis antepasados?.
—"A quién", no "quién", Su Alteza —corrigió el doctor Cornelius—. Tal vez sería conveniente pasar de la historia a la gramática.
—Oh, no todavía, por favor —imploró Caspian—. Quiero saber si hubo alguna batalla. ¿Por qué se llama Caspian el Conquistador si no había quién luchara contra él?
—Dije que había muy pocos hombres en Narnia —dijo el doctor, mirándolo con una expresión muy extraña a través de sus enormes anteojos.
Por un momento, Caspian se sintió bastante confundido; luego, repentinamente, su corazón dio un salto.
—¿Quiere decir, entonces —resolló—, que había otros seres, como en los cuentos? ¿Había...?
—¡Silencio! —dijo el doctor Cornelius, acercando su cabeza a la del niño—. No digas una palabra más. ¿No sabes que tu niñera fue alejada de ti por contarte acerca de la Antigua Narnia? Al Rey le disgusta ese tema. Si llega a saber que te cuento estos secretos, serás azotado y a mí me cortarán el cuello.
—Pero ¿por qué? —preguntó Caspian.
—Ahora sí que es tiempo de volver a la gramática —dijo el doctor Cornelius en voz alta—. ¿Podría Su Alteza Real tener el agrado de abrir Purverulentus Siccus en la cuarta página de su Jardín gramatical o El árbol de los accidentes de palabras gentilmente escrito para los jóvenes talentos?
Después, todo fue verbos y sustantivos hasta la hora de la comida, pero no creo que Caspian aprendiera gran cosa. Estaba sumamente excitado; tenía la certeza de que el tutor no habría hablado tanto si no estuviera decidido a continuar su relato en otra ocasión.
Y así fue. Algunos días más tarde, el doctor Cornelius le dijo:
—Esta noche te daré tu lección de astronomía. Al anochecer, dos nobles planetas, Tarva y Alambil, se cruzarán a un grado de distancia. Una conjunción como ésta ocurre únicamente cada doscientos años, y Su Alteza no vivirá para verla otra vez. Acuéstate más temprano que de costumbre; cuando se aproxime la hora de la conjunción, yo vendré a despertarte.
A pesar de que no veía ninguna relación entre los planetas y la Antigua Narnia, que era lo único que a Caspian le interesaba, la posibilidad de estar en pie a medianoche es siempre algo emocionante, y se sintió muy contento. Esa noche al acostarse pensó que no podría dormir, pero muy pronto lo venció el sueño. Creyó que habían pasado sólo unos pocos minutos cuando sintió que lo remecían suavemente.
Se sentó en la cama y vio el cuarto inundado por la luz de la luna. El doctor Cornelius, enfundado en su capa con capuchón y sosteniendo una pequeña lámpara en la mano, lo observaba al pie de la cama. Caspian recordó al instante lo que iban a hacer. Se levantó y se vistió. Aunque era una noche de verano, sintió frío y con gusto dejó que el doctor lo envolviera en una capa parecida a la suya y le colocara un par de tibios y suaves botines en los pies. Bien tapados para que no los reconocieran por los corredores oscuros y calzando sus botines para no hacer ruido, el maestro y su pupilo abandonaron la habitación.
Caspian siguió al doctor Cornelius a través de numerosos pasadizos; subieron unas escaleras y, por último, cruzaron la estrecha puerta de una torrecilla que daba a la techumbre de plomo. Las almenas a un lado, al otro la inclinada azotea; abajo, los sombríos jardines del castillo, iluminados por un débil resplandor; arriba, las estrellas y la luna. Al llegar ante otra puerta que conducía a la gran torre central del castillo, el doctor Cornelius la abrió con su llave y subieron por la oscura escalera de caracol. Caspian se sentía cada vez más entusiasmado; jamás le había sido permitido subir esa escalera.
Era larga y empinada, pero cuando salieron al techo de la torre y recuperaron el aliento, Caspian pensó que el esfuerzo bien valía la pena. A lo lejos, a su derecha, podía ver con bastante nitidez las montañas occidentales. A su izquierda, el destello del Gran Río. Reinaba un profundo silencio que permitía escuchar hasta el sonido de la cascada en el Dique de los Castores, a poco más de una milla de distancia. Reconocieron fácilmente las dos estrellas que habían venido a observar. Titilaban muy bajo en el cielo austral, fulgurantes como dos lunas y muy juntas una de la otra.
—¿Irán a chocar? —preguntó, con un tono de reverente temor.
—No, querido Príncipe —respondió el doctor (él también hablaba en un murmullo)—. Los grandes planetas del cielo conocen perfectamente los pasos de su danza. Míralos atentamente. Su encuentro es venturoso y augura un buen futuro para el triste reino de Narnia. Tarva, el Señor de la Victoria, saluda a Alambil, la Dama de la Paz. Están alcanzando ahora el punto máximo de su conjunción.
—Qué lástima que ese árbol de allí tape la vista —lamentó Caspian—. Habríamos visto mejor desde la Torre Oeste, aunque no es tan alta como ésta.
El doctor Cornelius guardó silencio y permaneció muy quieto, con sus ojos fijos en Tarva y Alambil. Luego, con un profundo suspiro, se volvió hacia Caspian.
—Escucha —dijo—. Has presenciado lo que ningún hombre vivo ha visto ni verá jamás. Y tienes razón, se habría observado mejor desde la otra torre. Pero te traje aquí por un motivo especial.
Caspian levantó sus ojos hacia él, pero no pudo ver su cara, enteramente cubierta por el capuchón.
—La virtud de esta torre —señaló el doctor Cornelius—, es que hay seis salas vacías bajo nosotros y una larga escalera, y que la puerta del fondo está cerrada con llave. Nadie puede escucharnos.
—¿Me va a contar lo que no me dijo el otro día? —preguntó Caspian.
—Así es —contestó el doctor—. Pero recuerda: tú y yo hablaremos de estos temas nada más que aquí en la cima de la Gran Torre.
—Lo prometo —dijo Caspian—. Pero siga, por favor.
—Pon atención —dijo el doctor—. Todo lo que has oído sobre la Antigua Narnia es verdad. No es una tierra de hombres. Es el país de Aslan, el país de los Arboles Despiertos y de las Náyades Visibles, de Faunos y Sátiros, de Enanos y Gigantes, de dioses y de Centauros, de Bestias que hablan. Contra ellos luchó Caspian Primero. Ustedes, los Telmarinos, silenciaron a las bestias y a los árboles y a las fuentes, mataron y expulsaron a enanos y faunos, y ahora tratan de borrar hasta el más leve recuerdo de ellos. El Rey no permite que se les mencione.
—¡Ojalá los Telmarinos no hubiésemos cometido esos crímenes! —exclamó Caspian—. Pero me alegro de que todo fuera verdad, aunque ya nada exista.
—Muchos de los de tu raza desean lo mismo, en secreto —dijo el doctor Cornelius.
—Pero, doctor —dijo Caspian—, ¿por qué usted dice "mi" raza? Supongo que usted también es un Telmarino.
—¿Lo soy? —susurró el doctor.
—Bueno, en todo caso, es un hombre.
—¿Lo soy? —repitió el doctor con voz más profunda, echando atrás su capuchón para que Caspian pudiera ver claramente su rostro a la luz de la luna.
Caspian comprendió súbitamente la verdad y pensó que debía haberse dado cuenta mucho antes. El doctor Cornelius era tan pequeño, tan gordo, su barba era tan larga. Dos pensamientos cruzaron por su mente al mismo tiempo. Uno de terror: "No es un hombre, es un Enano, y me ha traído aquí para matarme". El otro pensamiento, en cambio, lo llenaba de alegría: "Todavía existen Enanos y yo he visto uno por fin".
—Así que finalmente lo has adivinado —dijo el doctor Cornelius—. En parte, por lo menos. No soy un Enano puro. También tengo sangre humana en mis venas. Muchos Enanos huyeron de las grandes batallas y lograron sobrevivir; afeitaron sus barbas y, usando zapatos con tacos altos, trataron de parecer hombres y se mezclaron con tus Telmarinos. Yo soy uno de ellos, soy sólo medio-enano; si algunos de mis parientes, los verdaderos Enanos, viven todavía en alguna parte del mundo, sin duda me despreciarían y me llamarían traidor. Pero en todos estos años jamás hemos olvidado a nuestro propio pueblo y a las demás criaturas afortunadas de Narnia, y añoramos los remotos días de nuestra perdida libertad.
—Lo... lo siento, doctor —dijo Caspian—. No fue por mi culpa, usted lo sabe.
—No digo estas cosas para culparte a ti, querido Príncipe —replicó el doctor—. Te preguntarás por qué lo hago. Tengo dos buenas razones. En primer lugar, porque mi viejo corazón ha cargado por tanto tiempo con esos secretos que ya le pesan dolorosamente y podría estallar si no te los revelo a ti. En segundo lugar, porque cuando seas Rey podrás ayudarnos, pues sé que tú, aunque eres Telmarino, amas las cosas de antaño.
—Claro que sí —afirmó Caspian—. Pero ¿cómo podría ayudar?
—Podrías tener compasión de los pobres despojos del pueblo enano, como yo. Podrías reunir a los magos más sabios para buscar la manera de despertar nuevamente a los Arboles. Podrías escudriñar todos los rincones y lugares despoblados del mundo para ver si en alguna parte aún se esconden Faunos, o Bestias que Hablan, o Enanos.
—¿Cree que queda alguno? —interrogó Caspian, ansiosamente.
—No lo sé, no lo sé —repuso el doctor, con un hondo suspiro—. A veces temo que no. He buscado sus rastros durante toda mi vida. En ocasiones me ha parecido escuchar el eco del tambor de mi gente en las montañas. Algunas noches, en los bosques, he creído tener una fugaz visión de faunos y sátiros danzando muy a lo lejos; pero al acercarme, se desvanecía. A menudo pierdo las esperanzas, pero entonces sucede algo que me impulsa a continuar la búsqueda. No sé. Pero al menos tú puedes tratar de ser un Rey como fue Pedro, el gran Rey de antaño, y no como tu tío.
—Entonces, ¿también es verdad lo que he escuchado de los Reyes y Reinas y de la Bruja Blanca? —preguntó Caspian.
—Por supuesto que es verdad —afirmó Cornelius—. El reinado de los Reyes y Reinas fue la Edad de Oro de Narnia; esta tierra nunca los ha olvidado.
—¿Vivieron en este castillo, doctor?
—No, hijo mío —respondió el anciano—. Este castillo es obra de ayer tan sólo; fue construido por tu tátara-tatara-abuelo. Cuando Aslan coronó a los dos hijos de Adán y a las dos hijas de Eva como Reyes y Reinas de Narnia, su morada fue el castillo de Cair Paravel. Ningún ser viviente ha conocido ese sitio sagrado y es muy posible que hasta sus ruinas hayan desaparecido ya. Creemos que estaba situado lejos de aquí, en la desembocadura del Gran Río, a orillas del mar.
—¡Uf! —exclamó Caspian, sintiendo escalofríos—.
¿Quiere decir allá en los Bosques Negros? ¿Donde viven... usted sabe... los fantasmas?
—Su Alteza repite lo que le han enseñado —dijo el doctor—. Pero no es cierto. No hay fantasmas allí. Es una historia inventada por los Telmarinos. Tus Reyes le tienen un miedo mortal al mar, porque no pueden olvidar que todos los relatos hablan de que Aslan viene desde más allá del mar. No se acercan, ni quieren que ningún narniano lo haga. Por ese motivo han dejado crecer espesos bosques, para aislar a su gente de la costa. Y como se ha peleado con los árboles, también temen a los bosques. Y como temen a los bosques, imaginan que están llenos de fantasmas. Los Reyes y sus cortesanos, que odian tanto el mar como el bosque, creen en parte estas historias, y en parte las alientan. Se sienten más a salvo si nadie se atreve a bajar a la playa a mirar hacia el mar, hacia el reino de Aslan, hacia el amanecer y el ocaso del mundo.
Cayó sobre ellos un profundo y prolongado silencio. Luego el doctor Cornelius dijo:
—Ven. Llevamos aquí demasiado tiempo. Ya es hora de bajar y de volver a la cama.
—¿Tenemos que irnos? —preguntó Caspian—. Me gustaría seguir hablando sobre estas cosas por horas, y horas, y horas.
—Si nos quedamos, empezarían a buscarnos por todos lados —repuso el doctor Cornelius.