Ocaso de Luna

viernes, 23 de diciembre de 2005

Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:42


LA AVENTURA DE CASPIAN EN LAS MONTAÑAS




A partir de aquel día, Caspian y su tutor tuvieron numerosas conversaciones secretas en la cima de la Gran Torre, y cada vez Caspian aprendía más sobre la Antigua Narnia, y pasaba sus horas libres soñando con los días del pasado y deseando que volvieran. Claro que no le quedaban muchas horas libres, pues ahora su educación había empezado en serio. Aprendió esgrima y equitación, natación y buceo, así como a disparar con el arco y a tocar la flauta dulce y la tiorba. Aprendió también a cazar venados y a abrirlos de un tajo una vez muertos; y además su tutor le enseñó cosmografía, retórica, heráldica, versificación y, por supuesto, historia; un poco de leyes, física, alquimia y astronomía. De magia, sólo la teoría, porque el doctor Cornelius opinaba que su práctica no era un estudio adecuado para un príncipe.
—Yo mismo —agregó— soy un mago mediocre y sólo puedo realizar algunos experimentos muy sencillos.
No pudo estudiar navegación (un arte noble y heroico, según el doctor Cornelius), porque el Rey Miraz desaprobaba todo lo relacionado con los barcos y el mar.
Llegó a conocer muchas otras cosas gracias a sus propios ojos y oídos. Cuando era pequeño, a menudo se preguntaba por qué le desagradaba su tía, la Reina Prunaprismia; con el tiempo se dio cuenta de que era porque ella no lo quería. Igualmente, tuvo conciencia de que Narnia no era un país muy feliz. Los impuestos eran elevadísimos, las leyes muy duras y Miraz un hombre extremadamente cruel.
Al paso de algunos años, se comentó que la Reina estaba enferma y se produjo un gran alboroto en todo el castillo, y hubo seria preocupación por la salud de la soberana. Acudieron los médicos y los cortesanos murmuraban por doquier. Recién comenzaba el verano. Una noche, en medio de toda aquella agitación, el doctor Cornelius despertó inesperadamente a Caspian a las pocas horas de haberse dormido.
—¿Vamos a estudiar un poco de astronomía, doctor? —preguntó.
—¡Silencio! —dijo el doctor—. Ten confianza en mí y haz exactamente lo que te digo. Vístete; partirás en un largo viaje.
Caspian se sorprendió mucho, pero confiaba en su tutor y siguió sus indicaciones sin titubear. Cuando estuvo vestido, el doctor dijo:
—He preparado un morral para ti; en la habitación del lado lo llenaremos con las viandas de la cena de Su Alteza.
—Allí deben estar mis pajes —advirtió Caspian.
—Duermen profundamente y no despertarán —dijo el doctor—. Soy un mago bastante mediocre, pero al menos puedo proporcionar un sueño encantado.
Pasaron a la antecámara y allí, efectivamente, ambos pajes yacían tendidos en sus sillas, roncando a más y mejor. El doctor Cornelius trozó rápidamente un pollo frío, cortó unas rebanadas de venado y, junto con un poco de pan, unas manzanas y un frasquito de buen vino, los puso dentro del morral. El príncipe se lo colgó al hombro con una cuerda, como el bolsón que se usa para llevar los libros al colegio.
—¿Tienes tu espada? —preguntó el doctor.
—Sí —respondió Caspian.
—Entonces, ponte esta capa para que no se vean la espada y el morral. Así está bien. Y ahora iremos a la Gran Torre, pues tenemos que hablar.
Una vez en la Torre (era una noche nubosa, muy distinta a la noche en que vieron la conjunción de Tarva y Alambil), el doctor Cornelius dijo:
—Querido Príncipe, tendrás que abandonar este castillo de inmediato y partir a buscar tu fortuna a los bosques; aquí tu vida corre peligro.
—¿Por qué? —preguntó Caspian.
—Porque tú eres el verdadero Rey de Narnia, Caspian Décimo, el único hijo y heredero de Caspian Noveno. Larga vida a Su Majestad...
Y repentinamente, ante la sorpresa de Caspian, el hombrecillo hincó su rodilla en tierra y besó su mano.
—¿Qué significa esto? No entiendo —dijo Caspian.
—No sé por qué no me has preguntado antes —dijo el doctor— cómo, siendo hijo del Rey Caspian, no eres tú mismo el Rey Caspian. Todos, menos Su Majestad, saben que Miraz es un usurpador. Cuando empezó a gobernar ni siquiera pretendía ser Rey; se llamaba a sí mismo Lord Protector. Pero entonces murió tu real madre, la Reina buena y la única Telmarina que fue bondadosa conmigo. Poco después murieron o desaparecieron uno a uno todos los grandes señores que habían conocido a tu padre. No por accidente, ciertamente: Miraz los eliminó. Belisar y Uvilas fueron acribillados a flechas durante una cacería; casualmente, según se explicó. A los de la familia de los Passarid los envió a luchar contra los gigantes de la frontera norte hasta que cayeron uno tras otro. Arlian y Erimon y otros doce caballeros fueron ejecutados con falsos cargos de locura. Y finalmente persuadió a los siete nobles señores, los únicos Telmarinos que no temían al mar, para que se embarcaran y fueran a buscar nuevas tierras más allá del Océano de Oriente; jamás regresaron, que era lo que él esperaba. Y cuando no hubo quién pudiera abogar en tu favor, los aduladores (siguiendo sus instrucciones) le rogaron que aceptara ser Rey y, por supuesto, él accedió.
—¿Quiere decir que ahora quiere matarme a mí también? —preguntó Caspian.
—Es bastante probable —contestó el doctor Cornelius.
—Pero ¿por qué ahora? —volvió a preguntar Caspian—. Es decir, ¿por qué no lo hizo antes, si eso era lo que quería? ¿Qué mal le he hecho yo?
—Ha cambiado de opinión respecto a ti por algo que sucedió hace sólo dos horas. La Reina ha dado a luz un hijo. —No veo qué tiene que ver eso —dijo Caspian.
—¡No lo ves! —exclamó el doctor—. Entonces ¿mis lecciones de historia y política no han servido de nada? Escucha. Como no tenía hijos, Miraz decidió que tú serías Rey a su muerte. No porque te estimara mucho, sino porque prefería que fueras tú el heredero y no un extraño. Ahora que tiene un hijo propio, querrá que él sea el próximo Rey. Tú le estorbas y te sacará de su camino.
—¿Es tan malo como para hacer eso? —preguntó Caspian—. ¿Sería capaz de asesinarme?
—El asesinó a tu padre —dijo el doctor Cornelius.
Caspian sintió que se iba a desmayar, pero no dijo nada.
—Podría relatarte toda la historia —dijo el doctor—, pero no ahora, porque no hay tiempo. Tienes que partir de inmediato.
—¿Usted vendrá conmigo? —preguntó Caspian.
—No me atrevo —respondió el tutor—. Sería más peligroso para ti. Es más fácil seguir el rastro de dos personas que el de una sola. Querido Príncipe, mi querido Rey Caspian, tienes que ser muy valiente. Te irás solo y en este mismo instante. Trata de cruzar la frontera sur y llegar a la corte del Rey Nain de Archenland; él te ayudará y será bueno contigo.
—¿No le volveré a ver nunca más? —dijo Caspian, con voz trémula.
—Espero que sí, querido Rey —repuso el doctor—. ¿Qué otro amigo tengo yo en el mundo si no es Su Majestad? Y tengo también un poquito de magia... Pero ahora hay que actuar con rapidez. Antes de que te vayas, te daré dos regalos: esta pequeña bolsa de oro... ¡y pensar que todos los tesoros de este castillo te pertenecen por derecho propio! Y algo mucho más valioso.
Y puso en las manos de Caspian un objeto que él apenas podía distinguir, pero al tocarlo se dio cuenta de que era un cuerno.
—Este —dijo el doctor Cornelius— es el tesoro más grande y sagrado que hay en Narnia. Cuando era todavía joven, debí vencer incontables terrores y recurrir a diversos hechizos para encontrarlo. Es el cuerno mágico de la Reina Susana, que ella dejó olvidado cuando desapareció de Narnia al término de la Edad de Oro. Se dice que quien sople este cuerno recibirá una ayuda extraña..., nadie sabe cuán extraña. Ojalá tenga el poder de traer del pasado a la Reina Lucía y al Rey Edmundo, y a la Reina Susana y al gran Rey Pedro, para que pongan todo en orden. A lo mejor a su sonido acude el propio Aslan. Tómalo, Rey Caspian, pero no lo uses a menos que sea por extrema necesidad. Y ahora, apresúrate... ¡Rápido, rápido! La puertecilla al fondo de la Torre, la que da al jardín, está sin llave. Allí nos separaremos.
—¿Puedo llevar a mi caballo Destrier? —pidió Caspian.
—Ya está ensillado esperándote en el rincón del huerto.
Mientras bajaban la gran escalera de caracol, Cornelius susurraba sus consejos al oído de Caspian, quien, aunque se sentía asustado y como con el alma en los pies, se esforzaba por escuchar con la mayor atención. Salieron al aire fresco del jardín; un cariñoso apretón de manos, una carrera por el pasto, el relincho de bienvenida de Destrier, y así fue como el Rey Caspian Décimo abandonó el castillo de sus padres. Miró hacia atrás y vio que se encendían fuegos artificiales para celebrar el nacimiento del nuevo príncipe.
Cabalgó toda la noche por los bosques en dirección al sur, escogiendo caminos laterales y senderos estrechos y escasamente frecuentados mientras estuvo en tierras conocidas; después tomó el camino real. Destrier estaba tan excitado como su amo con ese desacostumbrado paseo, y Caspian, a pesar de sus lágrimas al despedirse del doctor Cornelius, era valiente y, en el fondo, iba feliz al pensar que era el Rey Caspian y que cabalgaba en busca de aventuras, con su espada a su izquierda y el cuerno mágico de la Reina Susana a su derecha. Pero cuando amaneció lloviznando y miró a su alrededor y se vio rodeado de bosques desconocidos, páramos y montañas azules, pensó que el mundo era muy grande y desconocido, y se sintió asustado e insignificante.
Con las primeras luces del día se apartó del camino y encontró un claro en el bosque cubierto de pasto donde pudo descansar. Quitó las bridas a Destrier para dejarlo pastar; comió un poco de pollo frío, bebió un sorbo de vino y se durmió. Despertó a media tarde; comió otro bocado y continuó su marcha,

siempre hacia el sur, por sendas solitarias. Subía y bajaba colinas constantemente, pero siempre más hacia arriba. Desde cada loma podía ver cómo las montañas crecían y se oscurecían frente a él. El atardecer lo sorprendió cabalgando por las laderas más bajas. Se levantó viento y pronto empezó a llover a cántaros. Destrier se puso inquieto; había truenos. Se internaron en un oscuro y aparentemente interminable bosque de pinos. La mente de Caspian se pobló de historias que había escuchado sobre la enemistad de los árboles contra el hombre. Recordó que, después de todo, él era un Telmarino, que pertenecía a aquella raza que taló árboles a su antojo y que estaba en guerra contra todo lo silvestre; y pensó que, aun cuando él no era como los demás Telmarinos, no se podía esperar que los árboles lo supieran.
Y no lo sabían. El viento se transformó en tempestad, los troncos de los árboles crujían y rugían en torno a él. Hubo un estrépito. Un árbol cayó atravesado en el camino justo detrás de Caspian. "Tranquilo, Destrier, tranquilo", dijo, acariciando el cuello del animal; pero también él temblaba y comprendió que había escapado de la muerte por un pelo. Centelleó un relámpago y el chasquido del trueno pareció partir el cielo en dos. Destrier se desbocó y Caspian, a pesar de ser muy buen jinete, no tuvo fuerzas para frenarlo. Se mantuvo en la silla, sabiendo que su vida pendía de un hilo en esa loca carrera que emprendió su caballo. Uno tras otro se alzaban los árboles ante ellos en el crepúsculo y los esquivaban con gran dificultad. De pronto, en forma casi demasiado rápida como para herirlo (y que sin embargo lo hirió), algo golpeó a Caspian en la frente, haciéndolo perder el conocimiento.
Cuando volvió en sí, se encontró tendido en un sitio iluminado por el fulgor del fuego; sentía sus miembros magullados y un gran dolor de cabeza. Cerca de él escuchó voces que hablaban muy bajo.
—Y ahora —decía una de las voces—, antes de que despierte, tenemos que decidir qué haremos con él.
—Matarlo —dijo otra—. No podemos dejarlo vivo, podría traicionarnos.
—Deberíamos haberlo matado de inmediato, pero ahora tenemos que dejarlo vivir —dijo una tercera voz—. No podemos matarlo después de haberlo recogido y haber vendado su cabeza y demás heridas. Sería como asesinar a un huésped.
—Caballeros —dijo Caspian, con voz débil—. Hagan lo que quieran conmigo, pero les pido que tengan piedad de mi pobre caballo.
—Tu caballo alzó el vuelo mucho antes que te encontráramos —dijo la primera voz; una voz curiosamente cascada y terrestre, según le pareció a Caspian.
—No dejen que los convenza con sus bonitas palabras —dijo la segunda voz—. Yo sostengo...
—¡Espinas de pescados! —exclamó la tercera voz—. Por supuesto que no lo mataremos. Qué vergüenza, Nikabrik. ¿Qué dices tú, Cazatrufas? ¿Qué haremos con él?
—Yo le daré de beber —repuso la primera voz, probablemente la de Cazatrufas.
Una silueta sombría se acercó a la cama. Caspian sintió que un brazo se deslizaba suavemente bajo sus hombros, si es que era realmente un brazo. La figura parecía un poco deforme. La cara que se inclinó sobre él parecía igualmente deforme. Tuvo la sensación de que era muy peluda, con una nariz larguísima y unas raras manchas blancas a ambos lados. "Debe ser una especie de máscara", pensó Caspian. "O quizás tengo fiebre y estoy delirando". Sintió que llevaban a sus labios una copa llena de un líquido dulce y caliente, y lo bebió. Alguien atizó el fuego. Surgió una llamarada y Caspian casi gritó de sorpresa, pues la repentina luz iluminó el rostro que lo miraba. No era la cara de un hombre, sino la de un tejón, sólo que mucho más grande, amistosa e inteligente que la de todos los que había visto antes. Y hablaba. También se dio cuenta de que estaba tendido sobre un lecho de brezo, dentro de una caverna. Sentados frente al fuego había dos hombrecillos barbudos, mucho más salvajes, peludos, bajos y gordos que el doctor Cornelius y comprendió de inmediato que se trataba de verdaderos Enanos, antiguos Enanos, sin una gota de sangre humana en sus venas. Entonces Caspian supo que por fin había encontrado a los Antiguos Narnianos. Sintió que su cabeza daba vueltas.
En el transcurso de los días aprendió a conocerlos por sus nombres. El Tejón se llamaba Cazatrufas; era el de más edad y el más bondadoso de los tres. El Enano que quería matar a Caspian era un amargado enano negro (es decir, su cabello y barba eran negros, espesos y tiesos como crin de caballo). Su nombre era Nikabrik. El otro Enano era un enano rojo, con su pelo semejante al del Zorro, que se llamaba Trumpkin.

—Y ahora —dijo Nikabrik una tarde, cuando Caspian se sintió mejor y pudo sentarse a conversar—, aún no hemos decidido qué haremos con este humano. Ustedes dos creen que le han hecho un gran favor al no permitirme matarlo. Pero me imagino que el resultado final será que tendremos que tenerlo prisionero por el resto de su vida. Por ningún motivo lo dejaré escapar vivo para que regrese junto a los de su raza y nos traicione.
—¡Almohadas y almohadones, Nikabrik! —exclamó Trumpkin—. ¿Por qué tienes que hablar de manera tan dura? La criatura no tiene la culpa de haberse estrellado de cabeza contra un árbol a la puerta de nuestra caverna. A mí no me parece que sea un traidor.
—Escúchenme —dijo Caspian—, ustedes ni siquiera saben si yo deseo regresar. Y la verdad es que no quiero. Me gustaría quedarme con ustedes... si me lo permiten. He pasado mi vida buscándolos.
—¡Puros cuentos! —gruñó Nikabrik—. Eres un Telmarino y un humano, ¿no es así? Estoy cierto de que quieres volver donde tu propia gente.
—Pero es que aun cuando quisiera, no puedo volver —dijo Caspian—. Huía tratando de salvar mi vida cuando tuve el accidente. El Rey quiere asesinarme. Si ustedes me matan, habrán hecho justo lo que él más desea.
—¡Vaya, vaya —musitó Cazatrufas—, no es posible! —¿Eh? ¿Qué dices? ¿Qué has hecho, humano, para caer en desgracia ante Miraz, a tu edad? —preguntó Trumpkin.
—El es mi tío —comenzó Caspian, pero Nikabrik se levantó bruscamente con su puñal en la mano.
—¡Ahí tienen! —gritó—. No sólo es un Telmarino sino además es pariente cercano y heredero de nuestro peor enemigo. ¿Serán tan locos de dejar con vida a esta criatura?
Habría apuñalado a Caspian ahí mismo, si el Tejón y Trumpkin no se hubieran interpuesto en su camino, forzándolo a volver a su asiento, donde lo mantuvieron sujeto.
—Ahora, de una vez por todas, Nikabrik —sentenció Trumpkin—, ¿vas a contenerte o Cazatrufas y yo tendremos que sentarnos encima de tu cabeza?
Nikabrik prometió de mala gana que se quedaría tranquilo. Los otros dos le pidieron a Caspian que contara su historia. Cuando terminó el relato se hizo un silencio.
—Es la historia más rara que he oído —dijo Trumpkin.
—A mí no me gusta —dijo Nikabrik—. No sabía que todavía se hablara de nosotros entre los humanos. Cuanto menos sepan de nuestra existencia será mejor. Y esa vieja niñera debiera haber sujetado la lengua. Y en todo está mezclado ese Tutor: un Enano renegado. Los odio, los odio más que a los humanos. Recuerden mis palabras..., no saldrá nada bueno de todo esto.
—No hables de cosas que no entiendes, Nikabrik —dijo Cazatrufas.
—Ustedes los Enanos son tan olvidadizos y cambiantes como los mismos humanos. Yo soy una bestia, y además soy un Tejón. Nosotros no cambiamos; nosotros nos mantenemos en una línea. Y pienso que saldrá algo muy bueno de todo esto. Tenemos ante nosotros al verdadero Rey de Narnia; un verdadero Rey que vuelve a la verdadera Narnia. Y nosotros las bestias no olvidamos, aun cuando los Enanos no lo recuerden, que Narnia nunca estuvo mejor que bajo el reinado de un Hijo de Adán.
—¡Pitos y flautas, Cazatrufas! —exclamó Trumpkin—. ¿No pretenderás entregarles el país a los humanos?
—No dije eso —contestó el Tejón—. Este no es país de hombres (¿quién puede saberlo mejor que yo?), pero es un país que debe ser gobernado por un hombre. Los Tejones tenemos bastante buena memoria como para saberlo. Porque, sin ir más lejos, ¿no era hombre el gran Rey Pedro?
—¿Tú crees en esas viejas leyendas? —preguntó Trumpkin.
—Ya te dije, las bestias no cambiamos —respondió Cazatrufas—. Tampoco olvidamos. Creo en el gran Rey Pedro y en los otros que reinaron en Cair Paravel tan firmemente como creo en el propio Aslan.
—Tan firmemente como eso, quizás —dijo Trumpkin—. Pero ¿quién cree todavía en Aslan?
—Yo —dijo Caspian—. Y si no creía antes, creo ahora. Allá entre los humanos la gente que se ríe de Aslan se reiría de los cuentos sobre Enanos y bestias que hablan. Algunas veces dudé si existiría realmente un ser como Aslan; también dudé si habría gente como ustedes. Y, sin embarga, aquí están.
—Es cierto —asintió Cazatrufas—. Tienes razón, Rey Caspian. Y mientras seas leal a la Antigua Narnia, serás mi Rey, digan lo que digan. ¡Viva Su Majestad!
—Me das asco, Tejón —gruñó Nikabrik—. El gran Rey Pedro y los demás habrán sido hombres, pero de otra clase.

Este es uno de esos malditos Telmarinos que cazan animales por deporte. ¿No lo has hecho tú también? —agregó, dirigiéndose bruscamente a Caspian.
—Bueno, a decir verdad, lo he hecho respondió Caspian—. Pero no eran bestias que hablan.
—Es lo mismo —dijo Nikabrik.
—No, no, no —intervino Cazatrufas—. Tú sabes muy bien que no es lo mismo. No ignoras que las bestias de Narnia han cambiado y se asemejan ahora a esas pobres, mudas y necias criaturas que habitan en Calormen o en Telmar. Su tamaño es más pequeño, también. Son más distintas a nosotros que un medio-Enano a ustedes.
Hubo una larga discusión, pero al final se acordó que Caspian se quedaría y además se le prometió que, en cuanto estuviera en condiciones de salir, lo llevarían a visitar a "los Otros", como los llamaba Trumpkin. Al parecer toda clase de criaturas de los antiguos tiempos de Narnia aún vivían ocultas en esas regiones despobladas.

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