Ocaso de Luna

viernes, 23 de diciembre de 2005

Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:44


LAS CRIATURAS QUE VIVIAN OCULTAS




Entonces comenzó para Caspian la época más feliz de su vida. Una linda mañana de verano en que el pasto estaba aún cubierto de rocío emprendió el viaje con los dos Enanos y el Tejón. Atravesando el bosque, subieron hasta una elevada cumbre en las montañas y bajaron hacia el sur por sus asoleadas laderas, desde donde podían ver las verdes campiñas de Archenland.
—Iremos primero donde los Tres Osos Panzones —dijo Trumpkin.
Cruzando un claro en el bosque llegaron al pie de un roble hueco cubierto de musgo. Cazatrufas golpeó el tronco con su pata tres veces sin recibir respuesta. Golpeó una vez más y se escuchó una voz algo opaca que decía desde adentro:
—Váyase. Todavía no es tiempo de levantarse.
Pero cuando golpeó nuevamente, se escuchó en el interior un estruendo parecido a un pequeño terremoto, se abrió una especie de puerta y aparecieron tres osos de color café, muy panzones en realidad, cuyos ojillos pestañeaban con la luz del día. Una vez que se les explicó todo (lo que tomó bastante tiempo, porque aún tenían mucho sueño), dijeron, tal como había dicho Cazatrufas, que el Hijo de Adán debía ser el Rey de Narnia; besaron a Caspian —unos besos sumamente húmedos y resfriados— y le ofrecieron miel. Caspian no tenía ganas de comer miel, sin pan, y menos a esa hora de la mañana, pero pensó que debía aceptarla por cortesía. Después pasó un buen rato tratando de limpiar sus dedos pegajosos.
Luego continuaron su camino hasta un bosquecillo de elevadas hayas, y Cazatrufas gritó: " ¡Correvuela, Correvuela, Correvuela!". En el acto, balanceándose de rama en rama hasta quedar colgando justo encima de sus cabezas, apareció la más magnífica ardilla roja que Caspian hubiese visto jamás. Era muchísimo más grande que las mudas ardillas comunes que solían verse en los jardines del castillo; en realidad, ésta era casi del tamaño de un perrito, y bastaba mirar su cara para darse cuenta de que podía hablar. El único problema era conseguir que se callara, pues, como todas las ardillas, era charlatana. Acogió a Caspian sin dudar un instante, le ofreció una nuez, y Caspian aceptó agradecido. Pero cuando Correvuela se alejó saltando a buscarla, Cazatrufas susurró al oído de Caspian:
—No la mires, mira hacia otro lado. Es de pésima educación entre las ardillas observar a alguien cuando va a su bodega, o dar la impresión de que quieres saber dónde guarda sus provisiones.
Correvuela regresó con la nuez para Caspian. Después la ardilla se ofreció para llevar mensajes a otros amigos. "Porque puedo andar casi por todas partes sin poner un pie en el suelo", dijo. Cazatrufas y los Enanos consideraron la idea excelente y le encargaron que llevara recados para toda clase de gente, de nombres harto extraños, invitándolos a acudir en tres días más, a la medianoche, a un banquete y a una reunión de consejo en el Prado de las Danzas.
—Y avísales a los tres Panzones también —agregó Trumpkin—. Nos olvidamos de invitarlos.
La siguiente visita fue a los Siete Hermanos del Bosque Tembloroso. Trumpkin los guió en su regreso hasta la cumbre; bajaron hacia el este por la ladera norte de las montañas hasta llegar a un paraje imponente en medio de rocas y pinos. Caminaban en silencio y Caspian sintió que la tierra temblaba bajo sus pies, como si alguien estuviese martillando en las profundidades. Trumpkin se acercó a una piedra plana, del tamaño de la tapa de un barril, y golpeó con su pie. Al cabo de un largo rato, la piedra fue removida desde adentro por alguien o algo que asomó por un hoyo oscuro y redondo de donde salía una gran cantidad de calor y vapor: era la cabeza de un Enano muy parecido a Trumpkin. Hubo una larga discusión, ya que el Enano se mostró más incrédulo que la Ardilla o los Osos Panzones, pero al final todo el grupo fue invitado a bajar. Caspian se encontró de pronto descendiendo por una oscura escalera al interior de la tierra. Al llegar al fondo, vio una lumbre; era la luz de un horno y entonces comprendió que se hallaban en medio de una inmensa herrería. A un lado corría un arroyo subterráneo. Dos Enanos trabajaban con el fuelle; otro, con un par de tenazas, sostenía una plancha caliente de metal rojo sobre el yunque; un cuarto la martillaba, mientras otros dos, limpiando sus callosas y diminutas manos con un trapo grasiento, acudían a recibir a los visitantes. Fue difícil convencerlos de que Caspian era un amigo y no un enemigo, pero terminaron por entenderlo, y todos lo saludaron gritando " ¡Viva el Rey!", y le hicieron espléndidos regalos: armaduras, yelmos y espadas para Caspian, Trumpkin y Nikabrik. El Tejón podría haber recibido algo similar si hubiese querido, pero dijo que él era una bestia y que si sus propias garras y dientes no bastaban para cuidar su piel, entonces no valía la pena defenderla. Caspian jamás había visto un trabajo más fino que el de esas armas, y aceptó encantado usar la espada hecha por los Enanos en lugar de la suya que, al compararlas, era tan débil como un juguete y tan tosca como un palo mal tallado. Los Siete Hermanos (que eran Enanos Rojos) prometieron asistir al festín en el Prado de las Danzas.
Un poco más lejos, en un barranco seco y rocoso, dieron con la caverna de cinco Enanos Negros, los que examinaron a Caspian con notoria desconfianza, pero finalmente el mayor de ellos dijo:
—Si está en contra de Miraz, lo reconoceremos como nuestro Rey.
El que le seguía agregó:
—¿Quieren que los acompañemos más arriba, hasta los riscos? Allí hay un par de Ogros y una Bruja que les podemos presentar.
—Por ningún motivo —dijo Caspian,
—Me parece que no, en realidad —añadió Cazatrufas—. No quisiéramos a nadie de esa calaña a nuestro lado.
Nikabrik estuvo en desacuerdo, pero Trumpkin y el Tejón impusieron su opinión. Caspian se estremeció al pensar que las criaturas horrendas de las viejas historias, así como las buenas, aún tenían algunos descendientes en Narnia.

—Aslan no podría ser nuestro amigo si hacemos venir a esa chusma —comentó Cazatrufas cuando se alejaban de la cueva de los Enanos Negros.
—¡Oh, Aslan! —dijo Trumpkin alegremente, pero con un dejo de desdén en su voz—. Lo que importa verdaderamente es que no me tendrían a mí.
—Y tú, ¿crees en Aslan? —preguntó Caspian a Nikabrik.
—Creeré en cualquiera persona o cosa —repuso Nikabrik— que mate a palos a esos malditos bárbaros Telmarinos o que los expulse de Narnia. Cualquiera persona o cosa. Aslan o la Bruja Blanca, ¿me entiendes?
—Silencio, silencio —intervino Cazatrufas—. No sabes lo que dices. La Bruja era un enemigo mucho más temible que Miraz y toda su ralea.
—No lo era para los Enanos —insistió Nikabrik.
La próxima visita fue más agradable. A medida que bajaban, las montañas se abrían en un largo y estrecho valle o en una boscosa quebrada, al fondo de los cuales corría veloz un río. Sus riberas estaban tapizadas de dedaleras y zarzas, y el aire se llenaba con el zumbido de un enjambre de abejas. Allí Cazatrufas llamó: " ¡Vendaval, Vendaval! " y al cabo de un rato Caspian escuchó un ruido de cascos, que se fue haciendo cada vez más fuerte, hasta que todo el valle
tembló y, de pronto, quebrando y pisoteando matorrales, aparecieron las criaturas más nobles que Caspian pudiera imaginar; el magnífico Centauro Vendaval y sus tres hijos. Su lomo tenía un lustroso color castaño y la barba que caía sobre su amplio pecho era de color rojo-dorado. Era un profeta y un astrólogo y ya sabía a qué venía.
—¡Viva el Rey! —gritó—. Mis hijos y yo estamos dispuestos para la guerra. ¿Cuándo se librará la batalla?
Ni Caspian ni los otros habían pensado hasta ahora en una guerra. Habían considerado vagamente la idea de una ocasional incursión a la granja de algún humano, o un posible ataque a grupos de cazadores, si se aventuraban a internarse en esas selvas australes. Pero, en general, sólo habían imaginado la posibilidad de vivir solos en bosques y cuevas y desde su escondite fraguar un asalto a Narnia. Las palabras de Vendaval los hicieron recapacitar seriamente acerca de la situación que enfrentaban.
—¿Propones que organicemos una verdadera guerra para echar a Miraz? —preguntó Caspian.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? —repuso el Centauro—. ¿Con qué otro propósito Su Majestad ha vestido su armadura y lleva ceñida su espada?
—¿Lo crees posible, Vendaval? —inquirió el Tejón. —El momento ha llegado —dijo Vendaval—. Yo
observo los cielos, Tejón, porque mi deber es ése, como el tuyo es atesorar recuerdos. Tarva y Alambil se han encontrado en las antesalas de los altos cielos, y en la tierra un Hijo de Adán se alza una vez más para dictar las leyes y dar nombres a las criaturas. Ha sonado la hora. El Consejo que sostendremos en el Prado de las Danzas debe ser un consejo de guerra.
Habló con tal determinación que Caspian y sus amigos no dudaron un momento más; ahora les parecía muy posible que pudieran ganar una guerra y muy claro que debían intentarlo.
Como ya era pasado el mediodía, se quedaron con los Centauros y comieron los alimentos que ellos tenían para ofrecerles: pasteles de avena, manzanas, hierba, vino y queso.
El próximo lugar que visitaron estaba muy cercano, pero tuvieron que dar un largo rodeo para evitar adentrarse en una zona habitada por hombres. A las primeras horas de la tarde se hallaban en una llanura, al abrigo de altos matorrales. Allí Cazatrufas llamó por la boca de una pequeña cueva en la tierra verde, de donde irrumpió lo último que Caspian esperaba: un Ratón que Habla. Era muchísimo más grande, por cierto, que un ratón común; medía más de treinta centímetros de alto cuando estaba parado en sus patas traseras; con unas orejas casi tan largas (aunque más anchas) como las de un conejo. Su nombre era Rípichip y era un ratón muy alegre y de aspecto marcial. Usaba un minúsculo espadín colgado a su cintura y constantemente retorcía sus largos bigotes como si fuera un mostacho.
—Somos doce, Señor —dijo con una elegante y graciosa reverencia—. Pongo sin reservas todos los recursos de mi gente a la disposición de Su Majestad.
Caspian se esforzó por no reírse (y lo logró), pero no pudo evitar pensar que Rípichip y toda su gente cabrían dentro de un canasto de ropa para lavar que se carga al hombro.
Sería largo mencionar a todas las criaturas que Caspian conoció ese día; Clodsley Shovel el Topo, los tres Morduros (tejones como Cazatrufas), la Liebre Camila y el Puerco Espín Cerdoso. Al final pudieron descansar junto a un pozo, al borde de un ancho y plano círculo de pasto rodeado de altos olmos que proyectaban largas sombras en ese momento, pues el sol se estaba poniendo, las margaritas se cerraban y bandadas de cuervos volaban a sus nidos para dormir.
Cenaron lo que habían llevado consigo y, en seguida, Trumpkin encendió su pipa (Nikabrik no fumaba).
—Si en estos momentos —dijo el Tejón— pudiéramos despertar a los espíritus de esos árboles y de este pozo, habríamos hecho un buen trabajo por el día de hoy.
—¿No podemos hacerlo? —preguntó Caspian.
—No —contestó Cazatrufas—. No tenemos poder sobre ellos. Desde que los Humanos llegaron a esta tierra, talando los bosques y contaminando los ríos, las Dríades y las Náyades se sumergieron en un sueño profundo. Quién sabe si algún día despertarán. Y es una gran desventaja para nosotros. Los Telmarinos les tienen horror a los bosques y si de repente los Arboles empezaran a moverse furiosos, nuestros enemigos enloquecerían de pavor y huirían de Narnia con toda la rapidez que sus piernas les permitieran.
—¡Qué imaginación tienen ustedes los Animales! —exclamó Trumpkin, que no creía en tales historias—. Pero ¿por qué limitarnos a Arboles y Aguas? ¿No sería mucho más entretenido que las piedras empezaran a lanzarse ellas mismas contra el viejo Miraz?
El Tejón gruñó nada más ante estas palabras y se produjo un silencio tan largo que Caspian casi se había dormido cuando creyó escuchar a su espalda una música débil que salía de la profundidad del bosque. Pensó que soñaba y se recostó nuevamente; pero al poner su oído sobre la tierra, sintió o escuchó (era difícil distinguir) un leve sonido de tambores. Levantó la cabeza. Los golpes de los tambores se alejaron, pero la música se hacía cada vez más clara; un sonar de flautas, al parecer. Vio que Cazatrufas se había incorporado y miraba fijamente hacia los árboles. La luna brillaba en lo alto; Caspian había dormido más tiempo del que había pensado. La música se acercaba más y más, una melodía violenta y soñadora a la vez, y el ruido de pasos de muchos pies livianos, hasta que al fin, saliendo del bosque iluminadas por el claro de luna,
aparecieron unas figuras bailando, tal como Caspian había soñado toda su vida. No eran mucho más altas que los Enanos, pero mil veces más delicadas y graciosas. Sus cabezas eran rizadas y lucían pequeños cuernos; la parte superior de sus cuerpos brillaba desnuda a la luz pálida, pero sus piernas y pies eran iguales a los de las cabras.
—¡Faunos! —gritó Caspian, levantándose de un brinco, y al punto se vio rodeado por ellos.
No costó nada explicarles la situación y aceptaron a Caspian en el acto. Antes de darse cuenta de lo que hacía, se encontró envuelto en la danza. Trumpkin, con movimientos más torpes y pesados, se les unió e incluso Cazatrufas brincaba y se movía lentamente lo mejor que podía. Sólo Nikabrik se quedó en su lugar, observando en silencio.


Los Faunos bailaban en torno a Caspian al son de sus flautas de caña. Sus extraños rostros, que reflejaban tristeza y alegría al mismo tiempo, examinaban el suyo con sumo interés. Eran docenas de Faunos: Mentius y Obentinus y Dumnus, Voluns, Voltinus, Girbius, Nimienus, Nausus y Oscuns... Todos enviados por la ardilla Correvuela.
Cuando despertó a la mañana siguiente, Caspian casi creía que todo había sido un sueño; pero el pasto estaba cubierto de ligeras huellas de cascos.

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