Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:51
COMO SALIERON DE LA ISLA
—Y así fue —dijo Trumpkin (porque ustedes ya habrán comprendido que era él quien narraba su historia a los cuatro niños, sentados en el pasto en medio de las ruinas del salón de Cair Paravel)—. Y así fue que puse dos pedazos de pan en mi bolsillo, dejé todas mis armas, guardándome sólo el puñal, y me interné en los bosques con las primeras luces del alba. Había caminado rápido por varias horas cuando oí un sonido como no lo había escuchado en toda mi vida. ¡Ah, nunca lo olvidaré! El aire se llenó de él, fuerte como un trueno pero mucho más sostenido, y fresco y dulce como la música sobre el agua, mas tan potente que hacía temblar los bosques. Y me dije: "Si eso no es el Cuerno, que me convierta en conejo". Y me pregunté por qué no lo habían soplado antes...
—¿A qué hora fue? —preguntó Edmundo.
—Entre las nueve y las diez de la mañana —respondió Trumpkin.
—¡Justo cuando estábamos en la estación! —exclamaron los niños al unísono, y se miraron con los ojos brillantes.
—Continúa, por favor —pidió Lucía al Enano.
—Bueno, como iba diciendo, me sorprendí, pero seguí como quien oye llover. Caminé toda la noche y entonces, cuando apenas amanecía esta mañana, como si no tuviera más juicio que un gigante, me arriesgué a tomar un atajo a campo abierto para acortar camino y evitar el largo rodeo que hace el río y allí me agarraron. No fue el ejército, sino un tonto viejo y pomposo que está a cargo del pequeño castillo que Miraz tiene como su última fortaleza en la ruta hacia la costa. No necesito decirles que no me sacaron ni una palabra de la verdad, pero como yo era un Enano, eso bastaba. Sin embargo, ¡langostas y limones! fue una suerte que el senescal fuera ese tonto pomposo. Cualquiera otro me hubiera atravesado con su espada en ese mismo momento y lugar. Pero lo más importante para él, a excepción de una solemne ejecución, era lanzarme a "los fantasmas" con todo el ceremonial del caso. Y entonces esta señorita (y saludó a Susana) puso en práctica su habilidad con el arco —fue un muy buen tiro, debo reconocerlo— y aquí estoy. Sin mi armadura, por supuesto, pues ellos me la quitaron.
El Enano dio unos golpecitos a su pipa y la llenó de tabaco.
¡No me embromen! —exclamó Pedro—. Así que fue el cuerno, tu propio cuerno, Su, el que nos sacó ayer en la mañana de aquel banco en el andén. Apenas lo puedo creer, aunque todo está muy claro.
—No sé por qué no lo puedes creer —dijo Lucía—, si crees en la magia. ¿No hay miles de cuentos en que la magia puede trasladar personas de un lugar a otro, o de un mundo a otro? Por ejemplo, cuando un mago en Las Mil y una Noches invoca a un Genio, éste tiene que acudir. Nosotros teníamos que venir, eso es todo.
—Sí —asintió Pedro—, supongo que lo que lo hace parecer tan raro es que en los cuentos siempre es alguien de nuestro mundo el que invoca. En realidad, uno no se preocupa por saber de dónde viene el Genio.
—Ahora sabemos cómo se siente un Genio —dijo Edmundo, con una risa ahogada—. ¡Por la flauta! Es un poco molesto que a uno lo llamen con un simple silbido. Es peor que lo que papá dice acerca de vivir como esclavo del teléfono.
—Pero queremos estar aquí, ¿no es cierto? —agregó Lucía—, por si Aslan nos necesita.
—Entretanto —dijo el Enano—, ¿qué vamos a hacer?
Creo que será mejor que yo vuelva al lado del Rey Caspian y le diga que no llegó ninguna ayuda.
—¿Ninguna ayuda? —preguntó Susana—. Pero por supuesto que llegó ¡y aquí estamos!
—E... e... sí, claro. Ya veo —tartamudeó el Enano, cuya pipa parecía estar tapada (por lo menos se afanó mucho en limpiarla)—. Pero... bueno... quiero decir...
—¿Es que todavía no sabes quiénes somos? —gritó Lucía—. Eres un estúpido.
—Supongo que son los cuatro niños de las viejas leyendas —dijo Trumpkin—. Y, en verdad, estoy muy contento de conocerlos. Es muy interesante, sin duda. Pero... ¿no se ofenderán? —titubeó otra vez.
—Continúa y di lo que quieras decir —lo urgió Edmundo.
—Bien, entonces, sin ofensas —dijo Trumpkin—. Es que, ustedes saben, el Rey y Cazatrufas y el maestro Cornelius esperaban, bueno, si me entienden, ayuda. En otras palabras, creo que ellos imaginaban que ustedes eran unos grandes guerreros. A decir verdad, adoramos a los niños y todo eso, pero en este preciso momento, en medio de una guerra... Pero estoy seguro de que ustedes comprenderán.
—Quiere decir, entonces, que crees que nosotros no les serviremos... —aclaró Edmundo, poniéndose rojo.
—Por favor, no se ofendan —interrumpió el Enano—. Les aseguro, mis queridos amiguitos...
—Que alguien como tú nos llame amiguitos me parece un poco ridículo —saltó Edmundo—. Seguramente no crees que nosotros ganamos la Batalla de Beruna, ¿no es así? Bueno, puedes decir lo que quieras de mí, porque yo sé...
—No perdamos la calma —intervino Pedro—. Démosle una nueva armadura y equipémonos también nosotros en la sala del tesoro; después conversaremos.
—No veo por qué... —comenzó Edmundo, pero Lucía susurró en su oído: "¿No sería mejor hacer lo que dice Pedro? Acuérdate de que es el gran Rey. Y creo que tiene una idea". Edmundo accedió y, con el auxilio de su linterna, todos, incluso Trumpkin, bajaron nuevamente los escalones hacia el oscuro, frío y polvoriento esplendor de la casa del tesoro.
Los ojillos del Enano centellearon al ver la riqueza que llenaba los estantes (aunque tenía que empinarse para mirarla) y se dijo: "Esto no lo verá jamás Nikabrik, jamás".
Fue fácil encontrar una cota de malla para él, una espada, un yelmo, un escudo, un arco con su carcaj de flechas, todo apropiado al tamaño de un enano. El yelmo era de cobre adornado con rubíes; la empuñadura de la espada era de oro. Trumpkin nunca había visto aún y menos había lucido joyas semejantes. Los niños también se pusieron armaduras y yelmos; escogieron una espada y, un escudo para Edmundo y un arco para Lucía... Pedro y Susana ya llevaban sus regalos, por supuesto. Mientras los demás subían la escalera haciendo tintinear los metales de sus mallas y sintiéndose todos cada vez más narnianos y mucho menos niños de colegio, Pedro y Edmundo se quedaron atrás, al parecer para hacer algún plan. Lucía oyó que Edmundo decía:
—No, déjamelo a mí. Será más humillante para él si yo le gano, y menos chasco para nosotros si pierdo.
—Está bien, Ed —asintió Pedro.
Cuando salieron a la plena luz del día, Edmundo se volvió hacia el Enano y le dijo en forma muy cortés:
—Tengo que pedirte un favor. Los niños como nosotros no tenemos muy a menudo la oportunidad de conocer a un gran guerrero como tú. ¿Aceptarías un encuentro de esgrima conmigo? Sería un gran honor.
—Pero, muchacho —dijo Trumpkin—, esas espadas son muy afiladas.
—Ya lo sé —contestó Edmundo—. Pero no me acercaré mucho, y tú serás bastante hábil como para desarmarme sin hacerme daño.
—Es un juego peligroso —advirtió Trumpkin—. Pero ya que te interesa tanto, ensayaremos un par de pases.
Ambas espadas relucieron al instante; los otros tres salieron del pabellón y se pusieron a observar. Y valía la pena. No era una de esas peleas tontas con espadones que se ven en el teatro. Tampoco una pelea con espadines, que suelen ser mejores. Esta era una verdadera lucha con espadas verdaderas. Lo mejor es darle estocadas al enemigo en las piernas y pies, porque son las partes que no están cubiertas por la armadura. Y cuando el contrario te lanza una estocada, tienes que saltar con ambos pies cambiando de lugar, para que el golpe caiga detrás de ti. Esa era la ventaja del Enano, pues Edmundo, como era más alto, tenía que estar constantemente agachándose. No creo que Edmundo habría podido ganar si hubiera tenido que luchar con Trumpkin veinticuatro horas antes. Pero el aire de Narnia estaba haciendo su efecto sobre él desde que llegaron a la isla; las imágenes de sus antiguas batallas se agolparon en su memoria, y sus brazos y dedos recordaron sus viejas tretas. Era otra vez el Rey Edmundo. Los dos combatientes giraban en círculos, dando y recibiendo golpe tras golpe. Susana, que no podía disfrutar con estas cosas, gritó: "Por favor, ten cuidado". Y de pronto, tan súbitamente que nadie (a menos que estuvieran al tanto, como Pedro) se dio cuenta de cómo sucedió, Edmundo cruzó su espada con un movimiento muy extraño, la espada del Enano salió disparada de su puño, y Trumpkin se quedó apretando sus manos vacías, como ocurre cuando se te cae el bate jugando al cricket.
—¿No estás herido, mi querido amiguito? —preguntó Edmundo, jadeante, mientras volvía a envainar su espada.
—Ya entiendo —dijo Trumpkin secamente—. Tienes trucos que yo no conozco.
—Es cierto —reconoció Pedro—. Se puede desarmar al mejor espadachín del mundo con algún truco nuevo para él. Creo que lo justo sería darle a Trumpkin una oportunidad en otro deporte. ¿Quieres competir con mi hermana en tiro al arco? No hay trucos en eso.
—Ah, ustedes son harto bromistas, por lo que veo —dijo el Enano—. Como si yo no supiera lo bien que dispara al arco, después de lo que pasó esta mañana. Pero, de todas formas, haré un intento.
Su voz era áspera y dura, pero sus ojos brillaban, pues era el arquero más famoso entre su gente.
Salieron al patio.
—¿Cuál será el blanco? —preguntó Pedro.
—Creo que nos servirá esa manzana que cuelga sobre la muralla —indicó Susana.
—Muy bien, muchacha —dijo Trumpkin—. ¿Te refieres a la amarilla cerca de la mitad del arco?
—No, Enano —aclaró Susana—. La roja, allá arriba, sobre la almena.
El rostro del Enano se ensombreció. "Parece más bien una cereza que una manzana", murmuró para sí, pero no dijo nada.
Jugaron al cara o cruz para ver quién haría el primer tiro (eso despertó el interés de Trumpkin, pues jamás había visto lanzar una moneda al aire) y Susana perdió. Tenían que disparar desde la escalinata que conducía de la sala al patio. Al ver cómo el Enano tomaba su posición y manejaba el arco, comprendieron que él sabía muy bien lo que estaba haciendo.
Twang chirrió la cuerda. Fue un excelente tiro. La manzanita tembló al pasar la flecha, y una hoja cayó revoloteando al suelo. Entonces Susana subió la escalinata y tensó su arco. Disfrutaba esa competencia mucho menos de lo que Edmundo disfrutó la suya; no porque dudara de su victoria, sino porque Susana tenía un corazón sumamente tierno y aborrecía tener que derrotar a alguien que venía de ser derrotado. El Enano la contempló fijamente mientras ella llevaba el dardo a su oído. Un instante después, con un leve ruido sordo que todos pudieron escuchar en el silencio que reinaba, la manzana cayó al pasto atravesada por la flecha de Susana.
—¡Buen tiro, Su! —gritaron los niños.
—No fue mucho mejor que el tuyo —dijo Susana al Enano—. Me pareció que soplaba un poquito de viento cuando disparaste.
—No había viento —declaró Trumpkin—. No me des explicaciones. Sé cuando me han batido limpiamente. Ni siquiera diré que la cicatriz de mi última herida no me deja estirar el brazo hacia atrás.
—¿Estás herido? —preguntó Lucía—. Déjame ver tu herida.
—No es un espectáculo apropiado para niñas —comenzó Trumpkin, pero súbitamente se detuvo—. Otra vez estoy diciendo tonteras —añadió—. Supongo que serás un cirujano de primera clase, como tu hermano es un gran espadachín y tu hermana una experta en el arco.
Se sentó en las gradas, se quitó la cota y se bajó la camisola, mostrando un brazo peludo y musculoso (en proporción) como el de un marinero, aunque no más grande que el de un niño. En su hombro tenía un vendaje muy mal hecho, que Lucía procedió de inmediato a desenrollar. Dejó al descubierto un tajo de aspecto bastante desagradable y muy inflamado.
—Pobre Trumpkin —se compadeció Lucía—. Qué atroz.
Con gran cuidado dejó caer sobre la herida una sola gota del cordial que contenía su frasco.
—¡Eh! ¿Qué haces? —chilló Trumpkin.
Daba vuelta lo más posible su cabeza y miraba de reojo moviendo la barba de un lado a otro, sin lograr ver su hombro. Pudo tocarlo poniendo sus brazos y dedos en posiciones muy difíciles, como cuando tratas de rascarte un punto que está fuera de tu alcance. Hizo girar el brazo, lo levantó, probó sus músculos y, finalmente, se puso de pie de un brinco, gritando:
—¡Gigantes y juníperos! ¡Me ha sanado! Mi brazo está tan fuerte como antes. —Soltó una carcajada y dijo—: Bueno, he hecho el ridículo como ningún Enano lo ha hecho en toda su vida. Espero no haberlos ofendido. Mi humilde respeto a Sus Majestades, mi humilde respeto. Y gracias por mi vida, mi curación, mi desayuno... y mi lección.
Los niños respondieron que todo estaba bien y que no había nada que agradecer.
—Y ahora —dijo Pedro—, si estás dispuesto a creernos...
—Lo estoy —afirmó el Enano.
—Tengo muy claro lo que hay que hacer. Debemos juntarnos con el Rey Caspian de inmediato.
—Lo antes posible —urgió Trumpkin—. Mi tontería nos ha hecho perder cerca de una hora.
—Si seguimos tu camino demoraremos dos días —dijo Pedro—. Nosotros no podemos caminar día y noche como ustedes los Enanos...
Se volvió hacia los otros y agregó:
—Lo que Trumpkin llama el Monumento de Aslan es obviamente la Mesa de Piedra. Recuerden, era casi medio día de caminata, tal vez un poco menos, ir desde allí hasta los Vados de Beruna...
—El Puente de Beruna, le llamamos nosotros —interrumpió Trumpkin.
—No existía ese puente en nuestros tiempos —señaló Pedro—. Y luego, desde Beruna hasta acá había otro día de camino. Andando despacio llegábamos a casa a la hora del té del segundo día. Si vamos rápido, podríamos hacer el viaje en un día y medio.
—Pero acuérdate de que ahora está todo cubierto de bosques —dijo Trumpkin—, y lleno de enemigos a los que hay que sacarles el cuerpo.
—Veamos —intervino Edmundo—, ¿es necesario que vayamos por el mismo camino que hizo nuestro querido amiguito?
—No más bromas, Su Majestad, si me tienes alguna estimación —rogó el Enano.
—Muy bien —contestó Edmundo—. ¿Puedo llamarte Q.A.?
—¡Edmundo! —dijo Susana—. No lo embromes más.
—Está bien, muchacha..., quiero decir Su Majestad —dijo Trumpkin, riendo entre dientes—. Las bromas no sacan ampollas. (Después de eso, a menudo lo llamaban el Q.A. hasta que casi olvidaron su significado).
—Como decía —prosiguió Edmundo—, no tenemos por qué repetir esa ruta. ¿Por qué no remamos un poco al sur hasta llegar al Arroyo Cristalino y lo remontamos? Eso nos lleva por detrás de la Colina de la Mesa de Piedra, y mientras estemos en el mar estaremos a salvo. Si partimos de inmediato, podemos alcanzar la fuente del arroyo antes de que oscurezca; podremos dormir unas pocas horas, y estar con Caspian mañana muy temprano.
—Qué gran cosa es conocer la costa —dijo Trumpkin—. Ninguno de nosotros sabe que existe el Cristalino.
—Y, ¿qué vamos a comer? —preguntó Susana.
—Tendremos que conformarnos con manzanas —dijo Lucía—. Por favor, vámonos ya. No hemos hecho nada todavía y ya hace casi dos días que llegamos.
—Eso sí que nadie va a usar otra vez mi sombrero como canasto para guardar pescados —bromeó Edmundo.
Uno de los impermeables fue utilizado como bolsa que llenaron de manzanas. Bebieron un largo trago de agua en el pozo (sabían que no encontrarían agua fresca hasta llegar al manantial del Cristalino) y bajaron a la playa donde estaba atracado el bote. Los niños lamentaron dejar Cair Paravel, pues allí, a pesar de estar en ruinas, habían vuelto a tener la sensación de encontrarse en casa.
—Que el Q.A. se haga cargo de gobernar el bote —ordenó Pedro—, y Edmundo y yo tomaremos los remos. Esperen un momento; es mejor que nos saquemos las mallas; va a hacer un calor terrible. Las niñas se instalarán en la proa y dirigirán al Q.A., porque él no conoce el camino. Traten de encontrar una buena ruta para salir al mar y alejarnos de la isla.
Pronto la verde y arbolada costa de la isla fue quedando atrás y sus pequeñas bahías y lomajes se veían más planos a medida que el bote subía y bajaba mecido por un suave oleaje. El mar se hizo más profundo a su alrededor y, a la distancia, se tornaba más azul; pero en las cercanías del bote conservaba su color verde y su espuma blanca. Todo olía a sal; no se escuchaba otro ruido que el silbante sonido del agua, el clop-clop de las olas estrellándose contra los costados del bote, el chapoteo de los remos y el destemplado chirrido de los escálamos. El calor del sol se hizo más intenso.
Lucía y Susana disfrutaban en la proa, inclinándose sobre el borde y tratando, sin éxito, de hundir sus manos en el agua. Abajo podían ver el fondo del mar: en su mayor parte arena clara y pura, con algunas manchas de algas marinas de color púrpura.
—Es como en nuestros tiempos —dijo Lucía—. ¿Te acuerdas del viaje a Terebintia... y a Galma... y a las Siete Islas... y a las Islas Desiertas?
—Sí —murmuró Susana—, y nuestro barco favorito, el Resplandor Cristalino, con la cabeza de cisne en su proa, y las alas talladas del cisne que parecían abrazarlo casi hasta el combés.
—¿Y las velas de seda, y los inmensos fanales de popa?
—¿Y los banquetes en la cubierta de popa, y los músicos?
—¿Te acuerdas cuando hicimos que los músicos tocaran las flautas arriba de las jarcias, para hacernos la ilusión de que la música caía del cielo?
Más tarde Susana reemplazó a Edmundo en el remo y él fue a sentarse junto a Lucía. Dejaron atrás la isla y se mantuvieron muy cerca de la playa desierta y cubierta de espesa selva. Les parecería muy hermosa si no la recordaran como era antes, abierta y ventosa y llena de amigos alegres.
—¡Puf, este trabajo es agotador! —se quejó Pedro.
—¿Me dejas remar un rato? —preguntó Lucía.
—Los remos son demasiado pesados para ti —contestó Pedro secamente, no porque estuviera enfadado, sino porque apenas le quedaban fuerzas para hablar.