Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:53
LO QUE VIO LUCIA
Antes de rodear el último cabo y comenzar a remontar el Cristalino, Susana y los niños se sintieron tremendamente cansados de tanto remar. Lucía tenía dolor de cabeza por las largas horas al sol y el reflejo de éste en el agua. El mismo Trumpkin ansiaba que el viaje terminara pronto; iba sentado sobre un banco hecho para hombres, no para Enanos, y sus pies no alcanzaban a tocar el piso; todos sabemos lo incómoda que es esta posición aun por unos pocos minutos. Y a medida que se sentían más cansados, más decaía su ánimo. Hasta entonces, los niños habían pensado únicamente en la idea de reunirse con Caspian. Ahora se preguntaban qué harían cuando estuviesen frente a él; y dudaban de que un puñado de Enanos y criaturas de los bosques pudiera derrotar a un ejército de hombres adultos.
Lentamente caía el crepúsculo mientras remaban entre los recodos del Arroyo Cristalino; un crepúsculo que se hacía más intenso a medida que las riberas se acercaban y que las copas de los árboles que colgaban de ellas casi se juntaban encima de sus cabezas. Una gran quietud se adueñaba del paraje mientras el rumor del mar moría a sus espaldas; podían oír hasta el suave canto de las gotas de los arroyuelos que bajaban de los montes a verter sus aguas en el Cristalino.
Cuando al fin pudieron desembarcar, era tal el cansancio que no tuvieron fuerzas para encender un fuego, y hasta una cena de manzanas (a pesar de que no querían volver a ver una manzana nunca más en su vida) les pareció mejor que tratar de cazar o pescar algo. Luego de una silenciosa y frugal cena, se amontonaron bajo cuatro frondosas hayas, teniendo como lecho el verde musgo y las hojas secas.
Se quedaron dormidos en el acto, a excepción de Lucía, quien, como no estaba tan cansada como los demás, tuvo dificultades para acomodarse. Había olvidado, hasta ese momento, que los Enanos roncan. Sabía que la mejor manera de quedarse dormida es no forzarse, así que abrió los ojos. A través de las hojas de los helechos y de las ramas de los arbustos alcanzaba a ver justo un pedazo del agua del Arroyo, y arriba, el cielo. Con la emoción del recuerdo, volvió a ver titilar, después de tantos años, las fulgurantes estrellas de Narnia. En otra época le fueron más familiares que las estrellas de su propio mundo, puesto que se iba a la cama mucho más tarde siendo Reina en Narnia que siendo una niña en Inglaterra. Y allí estaban; al menos las tres constelaciones del verano podían distinguirse claramente desde donde ella estaba tendida: la Nave, el Martillo y el Leopardo. "Mi querido Leopardo", dijo con alegría para sus adentros.
En vez de conseguir amodorrarse, se sentía cada vez más despierta, en medio de un extraño desvelo nocturnal, como en un ensueño. El Arroyo se tornaba poco a poco más radiante. Supo que había salido la luna, aunque no podía verla. Tuvo la sensación de que todo el bosque despertaba junto con ella. Casi sin darse cuenta, se levantó y caminó algunos pasos, alejándose del campamento.
"¡Qué maravilla!", pensó. El aire era fresco; los más deliciosos aromas perfumaban el ambiente. Muy cerca de ella, oyó el gorjeo de un ruiseñor que ensayaba su canto; callaba un momento para luego recomenzar. Vislumbró una gran luminosidad al frente. Se dirigió hacia la luz y llegó a un sitio donde no había tantos árboles y en cambio se veía el suelo sembrado de enormes manchones o lagunas de luz de luna, y el claro de luna y las sombras se entremezclaban tan estrechamente que apenas se distinguía dónde estaba cada cosa ni qué era. En ese momento el ruiseñor, satisfecho por fin de su armonía, rompió a cantar con toda su voz.
Los ojos de Lucía se acostumbraron a la luz y vio más claramente los árboles que la rodeaban. La invadió una honda nostalgia al recordar aquellos días en que los árboles de Narnia podían hablar. Sabía exactamente cómo hablaría cada árbol si ella lograba despertarlo, y qué forma humana tomaría. Contempló un plateado abedul: hablaría con voz tierna y lluviosa y se asemejaría a una esbelta niña, con su pelo al viento cayendo a ambos lados de su cara, y sería muy aficionada al baile. Miró al roble: sería un anciano algo marchito pero muy cordial, con su barba crespa y con verrugas en la cara y en las manos, y le crecerían pelos en las verrugas. Miró la haya bajo la cual se encontraba. Ah... sería el mejor de los árboles. Una diosa graciosa, serena y majestuosa, la gran dama del bosque.
—Oh Arboles, Arboles, Arboles —llamó Lucía (aunque en ningún momento había pretendido hablarles)—. Oh Arboles, despierten, despierten, despierten. ¿No lo recuerdan? Dríades y Hamadríades, salgan, vengan a mí.
Aunque no corría ni la más leve brisa, los árboles se agitaron a su alrededor. El susurrar de sus hojas fue como pronunciar una palabra. El ruiseñor dejó de cantar, como si también él quisiera escuchar. Lucía tuvo la impresión de que de un momento a otro iba a entender lo que los Arboles trataban de decirle. Pero ese momento no llegó. El susurro fue muriendo a lo lejos; el ruiseñor volvió a cantar. Aun al claro de luna el bosque recuperó su apariencia habitual. Sin embargo, Lucía presentía (como cuando intentas a veces recordar un nombre o una fecha y en el momento en que ya casi lo logras, se te borra de la memoria) que en algo había fallado; que había hablado a los árboles o con un segundo de adelanto o con un segundo de atraso, o que había utilizado todas las palabras necesarias menos una; o que había deslizado alguna palabra inadecuada.
De súbito se sintió cansada. Volvió al campamento, se acurrucó entre Susana y Pedro, y se quedó dormida.
A la mañana siguiente, el despertar fue frío y triste; el crepúsculo grisáceo ensombrecía el bosque (el sol aún no salía) y todo estaba húmedo y sucio.
—¡Uf, manzanas! —rezongó Trumpkin, con una mueca de decepción—. ¡Tendrán que admitir, Reyes y Reinas del Pasado, que ustedes no alimentan muy bien a sus cortesanos!
Se levantaron, sacudieron sus ropas y miraron en derredor. Los árboles eran tan frondosos que no les permitían ver más allá de unos pocos metros, en cualquier dirección.
—¿Supongo que Sus Majestades conocen bien el camino? —preguntó el Enano.
—Yo no —respondió Susana—. Nunca había visto estos bosques. En realidad, desde el principio pensé que deberíamos haber ido por el río.
—Entonces, debiste decirlo a tiempo —dijo Pedro, con un tono cortante, bastante comprensible.
—No le hagas caso —advirtió Edmundo—. Es una aguafiestas. Tienes tu compás de bolsillo, Pedro, ¿no es cierto? Entonces, estamos perfectamente bien. Sólo tenemos que seguir la dirección noroeste, atravesar ese riachuelo, el cómo-se-llama, ah, sí, el Torrente...
—Ya sé cuál —dijo Pedro—. Es el que se junta con el gran río en los Vados de Beruna, o el Puente de Beruna, como lo llama el Q.A.
—Eso es. Lo cruzaremos, subiremos la colina, y a eso de las ocho o nueve estaremos en la Mesa de Piedra, el Monumento de Aslan, quiero decir. ¡Espero que el Rey Caspian nos reciba con un buen desayuno!
—Y yo espero que tú tengas razón —insistió Susana—. No me acuerdo de nada.
—Eso es lo malo con las niñas —dijo Edmundo a Pedro y al Enano—. Nunca pueden tener un mapa en sus cabezas.
—Nuestras cabezas tienen otras cosas dentro —replicó Lucía.
Al principio todo parecía marchar muy bien. Incluso creyeron haber dado con un viejo sendero; pero si entiendes algo de bosques, sabrás que uno está siempre encontrando senderos imaginarios que desaparecen al cabo de cinco minutos, y entonces crees encontrar otro (y ojalá no sea el mismo) que también desaparece, y después de haber sido tentado engañosamente a abandonar la dirección correcta, te das cuenta de que ninguno de ellos era un verdadero sendero. Pero los niños y el Enano estaban acostumbrados a los bosques y no se desviaban de su ruta por más de unos segundos.
Continuaron su camino lentamente durante cerca de media hora (tres de ellos sentían sus músculos tensos por el ejercicio de remo del día anterior). De pronto, Trumpkin susurró en voz muy baja:
—Deténganse.
Los niños se detuvieron.
—Algo nos sigue —continuó—, o más bien, algo va a nuestro mismo paso, allá, a la izquierda.
Permanecieron en silencio, escuchando y esforzándose por ver hasta que les dolieron los ojos y los oídos.
—Es mejor que tengamos el arco preparado —aconsejó Susana al Enano. Trumpkin asintió, y cuando ambos arcos estuvieron prontos, el grupo se puso nuevamente en marcha.
Caminaron unos cuantos metros por montes bastante abiertos, manteniendo una severa vigilancia. Llegaron a un sitio donde los matorrales se hicieron más tupidos y se vieron obligados a pasar muy cerca de ellos. Cuando iban cruzando, se escuchó un gruñido y algo apareció súbitamente, saliendo como un rayo de entre las quebradizas ramas y derribando a Lucía que, al caer desmayada, alcanzó a escuchar el chirrido de la cuerda de un arco. Cuando recobró el conocimiento, vio que un gran oso gris de aspecto feroz yacía muerto a su lado, con una flecha de Trumpkin clavada en su espalda.
—El Q.A. te venció en ese tiro, Su —dijo Pedro, con una sonrisa un poco forzada. También él estaba perturbado por lo sucedido.
—Yo... yo reaccioné tarde —dijo Susana, avergonzada—. Temía que fuera... ya saben... uno de nuestros osos, de los osos que hablan.
Susana detestaba las matanzas.
—Ese es el problema ahora —asintió Trumpkin—, porque la mayor parte de las bestias se han vuelto hostiles y han enmudecido, pero todavía quedan algunas de las nuestras. Nunca se sabe, y no se puede arriesgar el pellejo para saberlo.
—Pobre Oso —dijo Susana—. ¿No creen que sería de los nuestros?
—Este no —afirmó el Enano—. Vi su cara y escuché su gruñido. El buscaba Niñita para su desayuno. A propósito de desayuno, no quise antes desilusionar a Sus Majestades cuando hablaron de sus esperanzas en el buen desayuno que les ofrecería el Rey Caspian: la comida está sumamente escasa en el campamento. En cambio, un oso tiene harta carne. Sería una vergüenza dejar esta carcasa sin sacarle un pedacito, y no tardaríamos más de media hora. No dudo de que ustedes, jovencitos..., Reyes, quise decir, saben desollar un oso, ¿no?
—Vamos a sentarnos lo más lejos posible —dijo Susana a Lucía—. Me imagino lo horrible que va a ser todo esto.
Lucía se estremeció y asintió. Cuando estuvieron a prudente distancia:
—Una idea terrible me viene a la cabeza, Su —dijo.
—¿Qué idea?
—¿No sería espantoso que un día en nuestro mundo, en casa, los hombres se volvieran salvajes por dentro, como los animales de aquí, pero parecieran humanos y no pudiéramos saber quién era quién?
—Bastantes preocupaciones tenemos ahora y aquí en
Narnia —dijo la práctica Susana—, sin necesidad de imaginar cosas así.
Cuando regresaron, los niños y el Enano ya tenían cortada la mejor carne, y calculada la cantidad que podían llevar consigo. No es muy agradable tener los bolsillos llenos de carne cruda, de modo que la envolvieron en hojas frescas lo mejor que pudieron. Sabían por experiencia que, cuando hubieran caminado lo bastante como para sentir verdaderamente hambre, cambiarían de opinión respecto a esos paquetes blandos y asquerosos.
Prosiguieron su penoso caminar (haciendo un alto en el primer arroyo que encontraron para lavar tres pares de manos que lo necesitaban con urgencia), hasta que salió el sol, los pájaros empezaron a cantar, y cientos de molestas moscas zumbaban entre las ramas de los helechos. Se fue calmando poco a poco el dolor de sus músculos tensos por el esfuerzo del remo. Sintieron que su ánimo mejoraba; el sol calentaba más y tuvieron que quitarse los yelmos y llevarlos en la mano.
—Supongo que vamos bien —dijo Edmundo al cabo de una hora.
—No creo que podamos equivocarnos mientras no torzamos muy a la izquierda —dijo Pedro—, Si nos dirigimos demasiado hacia la derecha, lo peor que puede pasar es que perdamos un poco de tiempo al encontrarnos con el Gran Río más arriba, en vez de bajar y tomar el atajo.
Y emprendieron otra vez su agotadora marcha en silencio, sin más ruido que el de sus pisadas y el cascabeleo de sus cotas de malla.
—¿Dónde está ese maldito Torrente? —exclamó Edmundo, un buen rato después.
—Creo que ya deberíamos haber dado con él —dijo Pedro—. Pero no nos queda otro remedio que seguir.
Ambos sentían la mirada ansiosa del Enano fija en ellos, pero éste no dijo nada.
Continuaron caminando con gran esfuerzo, sintiendo el peso y el calor de sus cotas de malla.
—¡Qué demonios...! —exclamó Pedro de súbito. Habían llegado sin darse cuenta al borde de un pequeño precipicio desde donde pudieron ver un barranco y al fondo un río. Al otro lado los acantilados eran mucho más altos. Fuera de Edmundo (y tal vez de Trumpkin) nadie en el grupo era experto en escalar montañas.
—Lo siento —se disculpó Pedro—. Es mi culpa por haberlos traído por este camino. Estamos perdidos. Jamás había estado en este lugar.
El Enano dejó escapar un débil silbido.
—Por favor regresemos y tomemos la otra ruta —suplicó Susana—. Yo sabía que nos perderíamos en estos bosques.
—¡Susana! —reprochó Lucía—, no critiques a Pedro; las cosas están muy mal y él hace lo mejor que puede.
—Y tú tampoco hables así a Su —intervino Edmundo—. Yo creo que ella tiene razón.
—¡Toneles y tortugas! —exclamó Trumpkin—. Si nos hemos perdido al venir, ¿qué posibilidades tenemos de encontrar el camino de regreso? Y si tenemos que volver a la isla y empezar todo de nuevo, aun suponiendo que lo lográramos, tendríamos igualmente que darnos por vencidos. A esas alturas Miraz ya habría acabado con Caspian, antes de que llegáramos allí.
—¿Crees que debemos seguir? —preguntó Lucía.
—No estoy tan seguro de que el gran Rey esté perdido —dijo Trumpkin—. ¿Qué impide que ese río sea el Torrente?
—El Torrente no está en un valle —explicó Pedro, guardando la calma con bastante dificultad.
—Su Majestad dice que no está —dijo el Enano—, ¿no debería decir estaba? Ustedes conocieron este país hace cientos, y tal vez miles de años. ¿No puede haber cambiado? Un derrumbe pudo haber socavado la mitad de aquella colina, dejando la roca desnuda, y ésos serían sus precipicios al otro lado del valle. El Torrente pudo haber ido ahondando su cauce en el transcurso de los años, dando forma a los pequeños precipicios de este lado. O tal vez hubo un terremoto o cualquier otra cosa.
—Nunca pensé en eso —reconoció Pedro.
—Y de todos modos —continuó Trumpkin—, aun si este río no es el Torrente, su corriente va más o menos hacia el norte y, por lo tanto, debe caer forzosamente en el Gran Río. Me parece haber atravesado uno semejante cuando bajaba. Si vamos río abajo a la derecha, daremos con el Gran Río, quizás no tan arriba como esperábamos, pero al menos más cerca de lo que estaríamos si hubiésemos seguido mi camino.
—¡Trumpkin, eres un gran tipo! —dijo Pedro—. Vamos entonces, bajemos por este lado del valle.
—¡Miren, miren, miren! —gritó Lucía.
—¿Dónde? ¿Qué cosa? —preguntaron todos.
—El León —respondió Lucía—. El propio Aslan. ¿No lo vieron?
La expresión de su rostro había cambiado y sus ojos brillaban,
—¿Quieres decir...? —empezó Pedro.
—¿Dónde crees que lo viste? —preguntó Susana.
—No hables como los adultos —dijo Lucía, dando una patada en el suelo—. No creí verlo. Lo vi.
—¿Dónde, Lu? —preguntó Pedro.
—Justo allá arriba entre esos fresnos del monte. No, a este lado de la quebrada, y arriba, no abajo. Justo al lado contrario del camino que ustedes quieren seguir. Y Aslan quería que fuésemos donde él está... allá arriba.
—¿Cómo sabes que era eso lo que quería? —preguntó Edmundo.
—El... yo... yo sólo lo sé —tartamudeó Lucía— por la expresión de su rostro.
Los demás se miraron en silencio y bastante confundidos.
—Es muy posible que Su Majestad haya visto un león —intervino Trumpkin—, he oído decir que hay leones en estos bosques. Pero no podemos asegurar que fuera un león amigo, que habla, como tampoco lo era el oso.
—¡No seas estúpido! —dijo Lucía—. ¿Crees que no reconozco a Aslan al verlo?
—Debe ser un león bien entrado en años, entonces —comentó Trumpkin—, si es alguien que conociste cuando estuviste acá, hace tanto tiempo. Y si es el mismo, ¿qué puede haberle impedido volverse salvaje y tonto como muchos otros?
Lucía enrojeció y creo que se hubiera abalanzado sobre Trumpkin si Pedro no la sujeta de un brazo.
—El Q.A. no entiende, ¿cómo podría entender? Tienes que aceptar, Trumpkin, que nosotros sí sabemos acerca de Aslan; un poquito, quiero decir. No hables nunca más así de él; es mala suerte por un lado, y por otro es una soberana tontería. Lo único que importa ahora es saber si Aslan estaba realmente allí.
—Pero yo estoy segura de que estaba allí —repitió Lucía, con los ojos llenos de lágrimas.
—Sí, Lu, pero nosotros no, ¿entiendes? —explicó Pedro.
—Lo único que queda es someter esto a votación —dijo Edmundo.
—Está bien —aceptó Pedro—. Eres el mayor, Q.A., ¿cuál es tu voto? ¿Arriba o abajo?
—Abajo —dijo el Enano—. No sé nada sobre Aslan, pero en cambio sé que si doblamos a la izquierda y seguimos por el valle hacia arriba, podemos demorar todo el día antes de encontrar un lugar por donde cruzarlo. Mientras que si doblamos a la derecha, hacia abajo, seguramente llegaremos al Gran Río en un par de horas. Y si es cierto que hay leones en este lugar, es preferible que nos alejemos de ellos en vez de buscarlos.
—¿Qué dices, Susana?
—No te enojes, Lu —dijo Susana—, pero creo que deberíamos ir hacia abajo. Estoy muerta de cansancio. Sólo quiero que salgamos de este detestable bosque y lleguemos al aire libre lo antes posible. Y nadie, salvo tú, ha visto nada.
—¿Edmundo? —preguntó Pedro.
—Bueno, yo quiero decir esto —dijo Edmundo, hablando rápido y enrojeciendo—. Cuando descubrimos Narnia la primera vez, hace un año, o miles de años, como sea..., fue Lucía quien lo hizo y ninguno de nosotros le creyó. Yo era el más incrédulo, ya lo sé. Sin embargo, ella tenía la razón. ¿No sería justo creerle esta vez? Voto por ir arriba.
—¡Oh Ed! —dijo Lucía, apretando su mano. —Ahora es tu turno, Pedro —indicó Susana—, y espero que...
—Oh, cállate, cállate, deja que un tipo pueda pensar —la interrumpió Pedro—. Quisiera no tener que votar.
—Eres el gran Rey —dijo Trumpkin en tono severo.
—Abajo —dijo Pedro, luego de una larga pausa—. Sé que Lucía puede tener razón, después de todo, pero no puedo evitarlo. Tenemos que tomar una decisión.
Se fueron río abajo, a su derecha, a lo largo de la ribera. Lucía iba la última y lloraba amargamente.