Ocaso de Luna

sábado, 24 de diciembre de 2005

Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:56


EL REGRESO DEL LEON





Caminar al borde del barranco no era tan fácil como parecía. A los pocos metros se enfrentaron con bosquecillos de abetos nuevos que crecían en las mismas orillas; después de intentar atravesarlos avanzando agachados y con dificultad para abrirse paso, comprendieron que demorarían por lo menos una hora en caminar una milla entre esos árboles. Volvieron atrás, entonces, y decidieron ir rodeando el bosquecillo. Se vieron obligados a alejarse más de lo necesario hacia la derecha, perdiendo de vista los acantilados y el mar, y llegaron a temer haber extraviado nuevamente la ruta. Nadie sabía qué hora era, pero ya empezaba a hacer más calor.
Cuando por fin pudieron volver al borde del barranco (casi una milla más abajo del punto de donde partieron), notaron que los precipicios a este lado eran mucho más bajos e irregulares. Pronto encontraron un paso para bajar a la quebrada y continuaron el viaje por la orilla del río. Pero antes descansaron un momento y bebieron un largo sorbo de agua. Nadie hablaba ya de desayunar, ni aun de cenar, con Caspian.
Fue prudente seguir a lo largo del Torrente en vez de ir por la cumbre, pues pudieron conservar el rumbo; después de lo sucedido en el bosquecillo de abetos, tenían miedo de alejarse de su ruta y perderse en medio de esa selva de viejos árboles, donde no había senderos y no era posible seguir una línea recta. Matorrales de zarzas secas, árboles caídos, terrenos pantanosos y una densa maleza hacían el camino bastante tortuoso. Pero tampoco el valle del Torrente era un sitio muy agradable para viajar por él. Es decir, no era muy agradable para gente que lleva prisa. Habría sido un sitio delicioso para pasear por la tarde, terminando con una merienda a la hora del té. Tenía todo lo imaginable para tal ocasión: retumbantes cataratas; plateadas cascadas; pozas profundas de color ámbar; rocas cubiertas de musgo; hondos pantanos en las riberas donde podías hundirte hasta más arriba de los tobillos; una gran variedad de helechos; libélulas fulgurantes como joyas; a veces algún halcón cruzaba el cielo, y una vez (Pedro y Trumpkin creyeron verla), un águila. Pero sin duda lo que los niños y el Enano querían ver lo antes posible era el Gran Río allá abajo y Beruna y el camino hacia el Monumento de Aslan.
A medida que avanzaban, el Torrente iba cayendo por pendientes más y más escarpadas. Su travesía ya no era una caminata sino más bien una escalada; en ciertos lugares, una arriesgada escalada por rocas resbaladizas con un peligroso declive hacia oscuros abismos, y el río que rugía furiosamente en el fondo.
Comprenderás el ansia con que miraban los acantilados a su izquierda buscando alguna señal de hendedura o cualquier sitio por donde trepar; pero esos acantilados seguían mostrándose hostiles. Era exasperante, porque todos estaban conscientes de que, si lograban salir del barranco por ese costado, les faltaría nada más que subir una suave ladera y luego una corta caminata para llegar al campamento de Caspian.
Los dos niños y el Enano eran partidarios de encender un fuego y cocinar la carne de oso. Susana no estuvo de acuerdo; sólo quería, como dijo, "seguir adelante y terminar pronto con todo eso y abandonar aquellos bosques malditos". Lucía se sentía demasiado cansada y desdichada para opinar sobre cualquier tema. Pero como no tenían leña seca, tampoco importaba mucho lo que cada cual pensara. Los niños se preguntaban si la carne cruda sería tan asquerosa como decían, y Trumpkin les aseguró que sí lo era.
Si días atrás, en Inglaterra, los niños hubieran pretendido hacer una excursión como esa, habrían terminado simplemente agotados. Creo que ya expliqué antes que Narnia los estaba transformando. La misma Lucía se podría decir que ahora era un tercio de la niña que iba al internado por primera vez, y dos tercios de la Reina Lucía de Narnia.
—¡Por fin! —suspiró Susana.
—¡Oh, bravo! —exclamó Pedro.
El estrecho valle del río había hecho una curva y bajo ellos se mostraba ahora todo el panorama, dejando ver la llanura que se extendía hasta perderse en el horizonte y, entre ésta y el lugar en que ellos se hallaban, la ancha cinta plateada del Gran Río. Desde allí podían distinguir el amplio y bajo lugar que fue una vez los Vados de Beruna, y que ahora estaba atravesado por un largo puente de innumerables arcos. Al final del puente se divisaba un pueblecito.
—¡Válgame Dios! —exclamó Edmundo—. Fue allí, donde ahora está ese pueblo, que ganamos la Batalla de Beruna.
Este recuerdo animó a los niños más que cualquier otro incentivo. No puedes dejar de sentirte más fuerte cuando ves el sitio donde obtuviste una gloriosa victoria, además de un reino, cientos de años atrás. Pedro y Edmundo empezaron a hablar sobre la batalla, olvidando sus pies adoloridos y la pesada carga de sus cotas de malla sobre los hombros. El Enano escuchaba con gran interés.
Apresuraron el paso. La marcha se hizo mucho más fácil. Aunque aún se elevaban escarpados acantilados a su izquierda, el terreno bajaba a la derecha. Pronto el barranco se abrió en un solo valle; desaparecieron las cataratas y volvieron a encontrarse rodeados de espesos bosques.
De súbito "fizz" y un ruido parecido al golpe del pájaro "carpintero. Los niños aún se preguntaban dónde (siglos atrás) habían escuchado un ruido semejante, y por qué les producía tanta inquietud, cuando Trumpkin gritó "¡al suelo!", a tiempo que obligaba a Lucía (que estaba a su lado) a tenderse entre los helechos. Pedro, que en ese momento miraba hacia arriba tratando de avistar alguna ardilla, vio lo que era... una larga y dura flecha se había incrustado en el tronco de un árbol sobre su cabeza. Mientras arrastraba a Susana con él al suelo, otra pasó silbando sobre su hombro y dio contra el suelo, a su lado.
—¡Rápido, rápido! ¡Retrocedan! ¡Gateen! —gritó entrecortadamente Trumpkin.
Se volvieron y subieron arrastrándose por la colina, bajo los helechos, entre nubes de moscas que zumbaban ensordecedoras. Las flechas llovían a su alrededor; una golpeó el yelmo de Susana, desviándose con un agudo silbido. Gateaban apresuradamente. La transpiración corría por sus caras. Luego corrieron casi encorvados. Los niños sostenían sus espadas en la mano por miedo de tropezar con ellas.
Fue una travesía angustiosa, remontando la colina una vez más y volviendo al campo que acababan de recorrer. Cuando sintieron que no eran capaces de correr un metro más, aunque fuera para salvar sus vidas, se dejaron caer acezantes en el musgo húmedo al lado de una cascada, tras un peñón. Les sorprendió ver la altura a que habían llegado.
Prestaron atención, pero no se escuchaba la menor señal de sus perseguidores.
—Bueno, ya pasó —dijo Trumpkin, con un hondo suspiro de alivio—. No nos están buscando por el bosque; solamente por los senderos, eso espero. Pero quiere decir que Miraz tiene un puesto de avanzada allá abajo. ¡Botellas y botellones! De buena nos escapamos.
—Deberían darme unos buenos puñetazos por haberlos traído por aquí —se lamentó Pedro.
—Al contrario, Su Majestad —dijo el Enano—. Por una parte, no fuiste tú sino tu Real hermano, el Rey Edmundo, quien sugirió ir por el Cristalino.
—Parece que el Q.A. tiene razón —admitió Edmundo, que francamente lo había olvidado ya cuando las cosas se pusieron difíciles.
—Y por otra parte —continuó Trumpkin—, si tomábamos mi camino, es muy probable que hubiéramos caído directamente en el nuevo puesto de avanzada; o al menos habríamos tenido el mismo problema para eludirlo. Creo que la ruta del Cristalino resultó ser la más conveniente.
—No hay mal que por bien no venga —dijo Susana.
—¡Pero caramba que se demora en venir! —exclamó Edmundo.
—Supongo que tendremos que volver a subir por el barranco —dijo Lucía.
—Lu, eres maravillosa —dijo Pedro—. Eso es lo más cercano a "yo lo advertí" que has podido decir en todo el día. Sigamos adelante.
—Y cuando estemos en medio de la selva —anunció Trumpkin—, digan lo que digan, voy a encender un buen fuego y prepararé la cena. Ahora tenemos que alejarnos de aquí cuanto antes.
No hay para qué describir la penosa ascensión del barranco. Fue un esfuerzo agotador pero, curiosamente, se sentían mucho más animados, con renovadas fuerzas; y la palabra cena había producido un efecto prodigioso.
Atravesaron el bosquecillo de abetos que tantos problemas les causó a pleno día y acamparon en una hondonada situada más arriba. Fue bastante tedioso tener que recoger leña; pero, en cambio, qué entretenido cuando llameó el fuego y comenzaron a sacar de sus bolsillos los húmedos y manchados paquetes de carne de oso, que no habrían tenido el menor atractivo para quien hubiese pasado todo el día en casa. El Enano tenía ideas espléndidas para cocinar. Envolvió cada manzana (aún les quedaban unas pocas) en la carne de oso como si se tratara de un pastelillo de manzanas, con carne en lugar de masa, bastante más gruesa, claro está; lo traspasó con un palo puntiagudo y lo puso a asar. La carne se impregnó del jugo de la manzana, como un asado de cerdo con salsa de manzana. Un oso que se haya alimentado por mucho tiempo de la carne de otros animales, no sabe muy bien; pero un oso que ha comido mucha miel y frutas es excelente; y éste resultó ser de esos últimos. La cena estuvo verdaderamente exquisita. Y, como no había que lavar platos, pudieron tenderse, contemplar el humo de la pipa de Trumpkin, estirar sus piernas cansadas y conversar. Veían con optimismo la posibilidad de encontrar al Rey Caspian al día siguiente y derrotar a Miraz en unos pocos días. Sus esperanzas no tenían gran fundamento, pero así lo sentían.
Pronto fueron durmiéndose uno tras otro.
Lucía despertó del sueño más profundo que puedas imaginar con la sensación de que la voz más querida para ella en todo el mundo la estaba llamando por su nombre. Pensó al principio que era la voz de su padre, pero no era. Luego pensó que era la de Pedro, pero tampoco era su voz. No quería levantarse; no por el cansancio, porque, por el contrario, se sentía maravillosamente descansada y todos sus dolores de huesos habían desaparecido, sino porque se sentía tan feliz y cómoda. Miraba la luna de Narnia, que es más grande que la nuestra, y el cielo estrellado; el campamento estaba instalado en un lugar bastante despejado.
"Lucía", se escuchó el llamado nuevamente; no era la voz de su padre ni la de Pedro. Se sentó, temblando de emoción, sin miedo. La luna brillaba con tal intensidad que el paisaje del bosque a su alrededor estaba claro como a la luz del día, aunque su aspecto era más salvaje. Atrás estaba el bosquecillo de abetos; a lo lejos, a su derecha, las desiguales cumbres de los precipicios en la ladera más apartada de la quebrada; frente a ella, un prado de pasto se extendía hasta la entrada de un claro en el bosque, a la distancia de un tiro de arco. Lucía contempló fijamente los árboles del claro.
"¡Vaya! Creo que se están moviendo —se dijo—. Se están paseando".
Se levantó, sintiendo su corazón latir locamente y se encaminó hacia ellos. Había ciertamente un ruido en el claro, un ruido como el que hacen los árboles en días de fuerte viento, a pesar de que esa noche no había viento. Mas tampoco era exactamente el ruido usual de los árboles. A Lucía le pareció escuchar una melodía en ese ruido, pero no podía captarla, como tampoco pudo captar las palabras de los árboles cuando casi le hablaron la noche anterior. Pero había, al menos, un ritmo; a medida que se acercaba, sentía que sus pies querían bailar. Ahora ya no cabía duda de que los árboles se estaban moviendo, balanceándose entre ellos, en una especie de complicada danza campestre. ("Supongo —pensó Lucía— que si la bailan los árboles, ésta debe ser una danza verdaderamente campestre"). Se encontraba ya en medio de ellos.
El primer árbol al que miró le pareció a primera vista no un árbol sino un hombre inmenso de hirsuta barba, con una espesa mata de pelo. No tuvo miedo, ella estaba habituada a estas cosas. Pero cuando volvió a mirarlo, era solamente un árbol, aunque aún se estaba moviendo. No habría podido distinguir si tenía pies o raíces, porque, claro, cuando los árboles se mueven, no caminan por la superficie de la tierra; la vadean, como hacemos nosotros en el agua. Sucedió lo mismo con todos los árboles que observó. De pronto parecían ser las amistosas y encantadoras formas de gigantes y gigantas que toma la gente-árbol cuando alguna magia benéfica los llama a la vida; mas luego parecían árboles otra vez. Pero cuando parecían árboles, eran extrañamente humanos, y cuando eran personas, parecían extraños seres hechos de ramas y de hojas. Y se escuchaba todo el tiempo aquel curioso ruido cadencioso, susurrante, fresco, alegre.
—Están casi despiertos, aunque no del todo —dijo Lucía—. Sabía que ella misma se encontraba absolutamente despierta, mucho más de lo que uno lo está normalmente.
Se mezcló con ellos sin temores, bailando y haciendo piruetas para evitar ser derribada por sus colosales parejas de baile. Pero ya no le interesaban tanto. Quería ir más allá, hacia otra cosa; hacia ese más allá desde donde la voz amada la llamaba.
Se abrió paso entre los árboles (preguntándose a veces si en su camino había usado sus brazos para apartar ramas, o bien para enlazar manos, en una especie de Gran Cadena, con los enormes bailarines que se inclinaban para alcanzarla) que formaban un verdadero círculo en torno a un espacio abierto. Salió por fin de esa movediza confusión de preciosas luces y sombras.
Sus ojos vieron un círculo de pasto, suave como un césped, a cuyo derredor danzaban oscuros árboles. Y de pronto, ¡qué alegría! Allí estaba El: el inmenso León, reluciente a la luz de la luna, y bajo él su larga sombra negra.
A no ser por el movimiento de su cola, hubiera parecido un león de piedra; pero Lucía jamás creyó que lo fuera. Nunca se detuvo a pensar si era o no un león amigo. Se precipitó hacia él. Sentía que su corazón estallaría en un instante más. Después, lo único que supo fue que lo besaba, que abrazaba como podía su cuello, y que hundía su cara en la suavidad de su hermosa y espléndida melena.
—Aslan, Aslan. Querido Aslan —sollozó Lucía—. Al fin.
La magnífica bestia se dio vuelta sobre un costado para que Lucía cayera, medio sentada y medio tendida, entre sus patas delanteras. Se inclinó hacia ella y rozó suavemente la nariz de la niña con su lengua. Su aliento cálido la envolvió. Ella contempló su cara grande que rebosaba sabiduría.
—Bienvenida, hija —dijo.
—Aslan —dijo Lucía—, estás más grande. —Es porque tú tienes más edad, pequeña —le respondió.
—¿No es porque tú tienes más años?
—No. Pero cada año que pase, tú crecerás y me encontrarás a mí más grande.
Ella estaba tan feliz que por unos momentos no quiso hablar. Pero Aslan habló.
—Lucía —dijo—, no debemos quedarnos aquí mucho más. Tienes una tarea que cumplir y ya se ha perdido demasiado tiempo hoy.
—Sí, ¿no es cierto que fue una vergüenza? —exclamó Lucía—. Yo te vi claramente, pero ellos no quisieron creerme. Son tan...

Desde lo más profundo del cuerpo de Aslan surgió la vaga sombra de un gruñido.
—Perdóname —suplicó Lucía, que conocía algunos de sus estados de ánimo—. No pretendía criticar a los demás. Pero no fue mi culpa.
El León la miró a los ojos.
—Oh, Aslan —dijo Lucía—. ¿Quieres decir que sí lo fue? ¿Cómo podía yo?... Yo no podía abandonar a los otros y subir hacia ti sola, ¿cómo podía hacerlo? Por favor, no me mires así..., bueno, supongo que hubiera podido. Sí, y tampoco hubiese estado sola, ya lo sé, si estaba contigo. Pero, ¿de qué hubiera servido?
Aslan no dijo nada.
—¿Quieres decir —dijo Lucía, con voz débil—, que todo habría resultado bien, de alguna manera? Pero, ¿cómo? Por favor, Aslan, ¿no puedo saberlo?
—¿Saber lo qué habría sucedido, niña? —dijo Aslan—. No. Jamás se le dice a nadie.
—¡Qué pena! —suspiró Lucía.
—Pero cualquiera puede descubrir lo que pasará —prosiguió Aslan—. Si ahora regresas donde los demás, los despiertas y les cuentas que me has visto otra vez y que deben levantarse de inmediato y seguirme, ¿qué pasará? Sólo hay una forma de saberlo.
—¿Quieres decir que eso es lo que quieres que yo haga? —preguntó Lucía, con voz entrecortada.
—Sí, pequeñuela —repuso Aslan.
—¿Te verán los otros también? —preguntó Lucía. —En un principio, ciertamente no —respondió Aslan—.
Más tarde... todo depende de ellos.
—¡Pero no me van a creer! —exclamó Lucía. —No importa —dijo Aslan.
—¡Ay, Dios mío! —suspiró Lucía—. Y yo que estaba tan contenta de encontrarte. Y que pensaba que me dejarías quedarme contigo. Imaginaba que llegarías rugiendo y asustarías a todos los enemigos obligándolos a huir, como la última vez. Pero ahora van a pasar cosas horrendas.
—Es difícil para ti, pequeñuela —dijo Aslan—. Pero nada se repite dos veces. Hemos vivido tiempos duros en Narnia antes de ahora.
Lucía sepultó su cabeza en la melena de Aslan para esconderse de su mirada. Mas su melena debía poseer seguramente cierta magia: sintió que la fuerza del León se posesionaba de ella. De repente, se incorporó.
—Perdóname, Aslan —dijo—. Ya estoy preparada.
—Ahora eres una leona —dijo Aslan—. Y ahora toda Narnia renacerá. Pero ven, no tenemos tiempo que perder.
Se irguió y caminó con paso majestuoso y silencioso de regreso a la zona de los árboles danzantes que ella había atravesado al llegar. Y Lucía fue con él, colocando su mano trémula sobre su melena. Los árboles se apartaron para abrirles camino y por un segundo adquirieron su completa forma humana. Lucía vislumbró los altos y encantadores dioses-bosque y diosas-bosque haciendo una reverencia ante Aslan; en un instante recuperaron su forma de árboles, pero aún haciendo su reverencia, con movimientos tan graciosos de sus ramas y troncos que sus venias parecían ser parte de una danza.
—Ahora, hija —dijo Aslan, una vez que dejaron atrás los árboles—. Yo esperaré aquí. Ve y despierta a los demás y diles que me sigan. Si no quieren hacerlo, entonces por lo menos tú sola deberás seguirme.
Es terrible tener que despertar a cuatro personas, todas mayores que tú y muy cansadas, para decirles algo que seguramente no creerán, y tratar de obligarlas a hacer lo que probablemente no les agradará.
"No debo pensar en eso, sólo tengo que hacerlo", se dijo Lucía.
Fue primero donde Pedro y lo remeció.
—Pedro —murmuró a su oído—, despierta. Rápido, Aslan está aquí y dice que tenemos que seguirlo de inmediato.
—Por supuesto, Lu, lo que tú quieras —dijo Pedro, inesperadamente.
Esta respuesta la animó, pero como Pedro se dio vuelta y se durmió de nuevo, no sirvió de nada.
Luego ensayó con Susana. Ella despertó, pero sólo para decir con su irritante tono de persona mayor:
—Has estado soñando, Lucía, vuelve a dormirte.
Abordó entonces a Edmundo. Fue bastante difícil despertarlo, pero por fin se despabiló y se sentó.
—¿Eh? —dijo con voz gruñona—. ¿De qué me estás hablando?
Se lo repitió todo de nuevo. Esa era una de las partes peores de su tarea, pues cada vez que lo decía le sonaba menos convincente.
—¡Aslan! —exclamó Edmundo, dando un salto—. ¡Bravo! ¿Dónde está?
Lucía se volvió hacia el lugar donde ella podía ver al León que esperaba con sus pacientes ojos fijos en ella. —Allí —dijo, señalándolo.
—¿Dónde? —preguntó Edmundo otra vez. —Allí, allí. ¿No lo ves? A este lado de los árboles. Edmundo miró con gran atención durante un rato. —No. No hay nada allí —dijo—. La luz de la luna te ha encandilado y estás confundida. A uno le sucede, tú sabes. Pensé que veía algo de pronto, pero fue sólo una cómo-es-que-se-llama óptica.
—Yo puedo verlo todo el tiempo —dijo Lucía—. Nos está mirando en este momento.
—Entonces, ¿por qué yo no lo puedo ver?
—El dijo que quizás no serías capaz de verlo.
—¿Por qué?
—No sé. Eso es lo que él dijo.
—¡Oye, no friegues más! —exclamó Edmundo—. Ojalá no siguieras viendo cosas. Pero supongo que tendremos que despertar a los demás.

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