Ocaso de Luna

sábado, 24 de diciembre de 2005

Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:58


EL LEON RUGE





Cuando todos estuvieron despiertos, Lucía tuvo que contar su historia por cuarta vez. El profundo silencio que siguió fue lo más desalentador que se puede imaginar.
—No veo nada —dijo Pedro, después de forzar la vista hasta que le dolieron los ojos—. ¿Puedes ver algo, Susana?
—No, claro que no —replicó bruscamente Susana—, porque no hay nada que ver. Lucía estaba soñando. Acuéstate y duerme, Lu.
—Espero —dijo Lucía con voz trémula— que todos vendrán conmigo, porque... porque yo tendré que seguirlo con o sin ustedes.
—No digas tonterías, Lucía —exclamó Susana—. Por supuesto que no irás sola. No la dejes, Pedro. Se está portando sumamente mal.
—La acompañaré, si tiene que ir —declaró Edmundo—. Hasta ahora, ella siempre ha tenido la razón.
—Es cierto —reconoció Pedro—. Y a lo mejor también tiene razón ahora. Nos fue pésimo bajando el barranco. Pero... a estas horas de la noche. Además ¿por qué Aslan es ahora invisible para nosotros? Nunca lo fue antes; esta actitud no es muy de él. ¿Qué dice nuestro Q.A.?
—Yo no digo nada —respondió el Enano—. Si todos van, por cierto yo también iré con ustedes; si el grupo se divide, iré con el gran Rey. Es mi deber con él y con el Rey Caspian. Pero, si me piden mi opinión personal, yo soy un simple enano que no cree que sea posible encontrar un camino por la noche si no se pudo encontrar a pleno día. Y no me gustan los leones mágicos que hablan y no hablan, y los leones amigos que no nos ayudan en nada, y los leones descomunales a los que nadie puede ver. Desde mi punto de vista, son sólo idioteces y patrañas.
—Está golpeando el suelo con su pata para que nos apuremos —dijo Lucía—. Tenemos que ir en el acto. Yo, por lo menos.
—No tienes derecho a forzarnos a todos de esta manera. Estamos cuatro a uno y tú eres la menor —dijo Susana.
—Vamos ya —rezongó Edmundo—. Tenemos que ir, o no nos dejará en paz.
Quería apoyar a Lucía, pero le molestaba perder su sueño y compensaba su enojo demostrando malhumor.
—En marcha, entonces —decidió Pedro, tomando cansadamente su escudo y colocándose el yelmo. En otra ocasión le habría dicho una palabra amable a Lucía, que era su regalona, porque comprendía lo desdichada que se sentía, y sabía que lo que había sucedido no era culpa suya. Pero tampoco podía evitar estar molesto con ella.
Susana era la peor.
—Supongamos que yo empezara a comportarme como Lucía —dijo—. Amenazaría con quedarme aquí aunque el resto de ustedes decida irse. Y creo que es exactamente lo que haré.
—Obedezca al gran Rey, Su Majestad —aconsejó Trumpkin—, y vámonos. Si no me permiten dormir, prefiero caminar a estar parado acá hablando.
Y finalmente se pusieron en camino. Lucía iba al frente, mordiéndose los labios y tratando de no decir lo que hubiera querido decir a Susana. Pero se olvidó de todo cuando miró a Aslan. El caminaba con paso lento a unos treinta metros delante de ellos. Los demás se guiaban únicamente por las instrucciones de Lucía, pues Aslan no sólo era invisible para ellos, sino además mudo. Sus grandes patas semejantes a las del gato no hacían ruido sobre el pasto.
Los condujo a la derecha de los árboles danzantes (nadie supo si aún bailaban, pues Lucía sólo tenía ojos para el León y los demás sólo tenían ojos para Lucía) y se acercó al borde de la quebrada.
"¡Terrones y timbales!", pensó Trumpkin. "Espero que esta locura no termine con una escalada al claro de luna, y unos cuantos cuellos quebrados".
Durante un buen trecho, Aslan siguió por la cima de los precipicios. Luego llegaron a un lugar donde unos pocos arbolitos crecían precisamente en el borde. Allí Aslan dio media vuelta y desapareció entre ellos. Lucía contuvo el aliento, pues le pareció que se había lanzado por el acantilado; pero estaba tan preocupada de no perderlo de vista, que no pensó en nada. Apresuró su paso y pronto estuvo en medio de los árboles. Al mirar hacia abajo, pudo ver un sendero escarpado y angosto que caía oblicuamente al barranco entre las rocas, y a Aslan descendiendo por él. Se volvió y la miró con sus ojos alegres. Lucía palmeó contenta y comenzó a bajar gateando tras él. A sus espaldas escuchó las voces de los otros gritando: "¡Eh, Lucía! Cuidado, por el amor de Dios. Estás justo al borde del abismo. Vuelve..." Y, un instante después, la voz de Edmundo que decía: "No, ella tiene razón, claro que hay un camino allá abajo".
Edmundo la alcanzó en la mitad del sendero.
—¡Mira! —le dijo con gran agitación—. ¡Mira! ¿Qué es esa sombra que se arrastra delante de nosotros?
—Es su sombra —repuso Lucía.
—Ahora sí que creo que tú tenías razón, Lu —dijo Edmundo—. No sé cómo no lo comprendí antes. Pero ¿dónde está él?
—Con su sombra, por supuesto. ¿No lo ves?
—Bueno, casi creí verlo... por un momento. Hay una luz tan rara.
—Avanza, Rey Edmundo, avanza —se escuchó la voz de Trumpkin desde lo alto, y detrás de ellos; luego, más atrás y desde más arriba, la voz de Pedro que decía: "Apúrate, Susana. Dame la mano. Hasta un niño podría bajar por aquí. Y deja de quejarte".
Al poco rato llegaron al fondo y el bramido del agua casi los aturdió. Pisando delicadamente, como un gato, Aslan saltó de piedra en piedra a través del arroyo. En el centro se paró, se agachó a beber, levantó su cabeza peluda chorreando agua, y los miró. Esta vez Edmundo lo vio. "¡Oh Aslan!", gritó y corrió hacia adelante. Pero el León se escurrió velozmente y comenzó a trepar la ladera al otro lado del Torrente.

—Pedro, Pedro —gritó Edmundo—. ¿Lo viste?
—Vi algo —respondió Pedro—. Pero la luz de la luna es muy engañadora. Y, de todos modos, seguiremos adelante, y tres vivas por Lucía. No siento tanto cansancio ahora tampoco.
Sin vacilaciones, Aslan los guió hacia la izquierda, más arriba del barranco. Todo el trayecto fue muy extraño y parecía parte de un sueño: el arroyo rugiente, el húmedo pasto gris, los borrosos acantilados a los cuales se acercaban, y siempre la bestia gloriosa delante de ellos, con su paso silencioso. Todos podían verlo ahora, a excepción de Susana y el Enano.
Dieron con otro sendero escarpado, de cara a nuevos precipicios. Eran bastante más altos que los que acababan de bajar, y el camino de subida fue un largo y tedioso zigzag. Afortunadamente, la luna brillaba iluminando el barranco y así ninguna ladera quedaba en penumbra.
Lucía casi se desmayó cuando vio desaparecer la cola y las patas traseras de Aslan en la cumbre; pero con un postrer esfuerzo trepó tras él y llegó, con las piernas temblorosas y sin aliento, a la colina que intentaban alcanzar desde que habían pasado el Cristalino. La alargada y suave ladera (donde brillaban pálidos a la luz de la luna brezos, pasto y riscos) se extendía hasta perderse en un centellear de árboles a una media milla de distancia. Ella la conocía: era la colina de la Mesa de Piedra.
En medio del tintineo de sus cotas de malla, los demás escalaron detrás. Aslan se deslizaba delante de ellos, que lo seguían paso a paso.
—Lucía —murmuró Susana en voz muy débil.
—¿Sí? —dijo Lucía.
—Ahora lo veo. Perdóname.
—Está bien.
—He sido peor de lo que imaginas. Yo creí ayer que era él... Aslan, quiero decir. Cuando nos advirtió que no bajáramos al bosque de abetos. Y creí también que era él anoche, cuando nos despertaste. Es decir, muy dentro de mí. O habría podido creer, si yo misma me lo hubiese permitido. Pero lo único que quería era salir de esos bosques y... y... no sé... Y ahora, ¿qué le voy a decir?
—Tal vez no vas a necesitar decir nada —sugirió Lucía.
Pronto llegaron al pie de los árboles y a través de ellos pudieron ver el Gran Montículo, el Monumento de Aslan, que había sido levantado sobre la Mesa de Piedra después de que abandonaron Narnia.
—Los nuestros no han vigilado muy bien —musitó Trumpkin—. Deberían habernos interceptado hace rato...
—¡Silencio! —dijeron los otros cuatro, pues en ese momento Aslan se detuvo y se paró ante ellos, luciendo tan majestuoso que se sintieron felices dentro del temor que les inspiraba, y temerosos dentro de la alegría que los embargaba. Los dos niños avanzaron a tranco largo; Lucía les abrió paso; Susana y el Enano se quedaron atrás.
—Oh Aslan —dijo el Rey Pedro, hincando una rodilla en tierra y acercando una de las pesadas patas del León a su cara—, estoy tan contento. Y estoy muy avergonzado. Los he guiado mal desde un comienzo, especialmente ayer por la mañana.
—Mi querido hijo —dijo Aslan.
En seguida se volvió hacia Edmundo y lo saludó.
—¡Bien hecho! —fueron sus palabras.
Después de una impresionante pausa, la voz profunda dijo: "Susana".
Susana no respondió, y a todos les pareció que estaba llorando.
—Te has dejado llevar por tus temores, hija —continuó Aslan—. Ven, deja que te dé mi aliento. Olvida todo miedo. ¿Sientes valor otra vez?
—Un poco, Aslan —murmuró Susana.
—¡Y ahora! —dijo Aslan, con una voz mucho más potente, que ya insinuaba un rugido, mientras su cola azotaba sus muslos—. Y ahora, ¿dónde está ese pequeño Enano, ese famoso espadachín y arquero, que no cree en leones? ¡Ven acá, hijo de la Tierra, ven ACA! — Y la última palabra no fue ya la insinuación de un rugido, sino casi el rugido mismo.
—¡Fantasmas y fetiches! —jadeó Trumpkin, con el alma en un hilo.
Los niños no se inquietaron, pues conocían a Aslan lo suficiente como para darse cuenta de que el Enano le era muy simpático, pero la situación de Trumpkin era muy diferente: él no había visto jamás un león, y menos a este León. Hizo lo único sensato que podía hacer: en vez de salir huyendo, se acercó tambaleante a Aslan.
Aslan se abalanzó sobre él. ¿Has visto a una madre-gato llevando a su gatito en el hocico? Así fue lo que sucedió. El Enano, encorvado como una pequeña y mísera pelota, colgaba del hocico de Aslan. El León lo sacudió y toda su armadura tintineó como el morral de un hojalatero y luego... como por arte de magia... el Enano voló por los aires. Estaba a salvo como en su propia cama, aunque él no lo sentía así. Cuando cayó, las enormes patas aterciopeladas lo cogieron con la suavidad de los brazos de una madre y lo pusieron, de pie, sobre el suelo.
—Hijo de la Tierra, ¿quieres que seamos amigos? —dijo Aslan.
—S...s...í...sí —tartamudeó el Enano, que todavía no lograba recobrar el aliento.
—Bien —dijo Aslan—. La luna se está poniendo. Miren hacia atrás: ya comienza a amanecer; no tenemos tiempo que perder. Ustedes tres, ustedes hijos de Adán y el hijo de la Tierra, entren rápidamente al Montículo y enfrenten lo que allí encontrarán.
El Enano seguía sin poder articular palabra y ninguno de los niños se atrevió a preguntar si Aslan iría con ellos. Los tres tiraron de sus espadas, saludaron, y se internaron en la oscuridad haciendo resonar sus armaduras. Lucía advirtió que sus rostros no mostraban signos de cansancio; tanto el gran Rey como el Rey Edmundo tenían aspecto de hombres, no de niños.
Las niñas, de pie junto a Aslan, los observaron hasta que se perdieron de vista. La luz comenzó a cambiar. Abajo, hacia el este, Aravir, la estrella de la mañana de Narnia, relucía como una pequeña luna. Aslan, que se veía más grande que antes, levantó la cabeza, sacudió su melena y rugió.
El sonido, en un comienzo profundo y vibrante como un órgano que ataca una nota baja, creció y se hizo más y más fuerte, hasta que la tierra y el aire temblaron con él. Subió desde esa colina y voló a través de Narnia. Abajo, en el campamento de Miraz, los hombres despertaron, se miraron con espanto y empuñaron sus armas. Más abajo aún, en el Gran Río que estaba en su hora de mayor frío, las cabezas y hombros de las ninfas y la enorme cabeza del dios-río, con sus barbas cubiertas de malezas, emergieron de las aguas. Más atrás, en todos los campos y en los bosques las orejas alertas de los conejos se asomaron a la entrada de sus cuevas; las somnolientas cabezas de los pájaros salieron de entre sus alas; los búhos ulularon; las raposas ladraron; los puercos espines gruñeron; los árboles se estremecieron. En los pueblos y villorrios las madres apretaron a sus hijos contra su pecho, con mirada de temor; los perros gimieron y los hombres se levantaron de un salto en busca de luces. En la lejanía, en la frontera norte, los gigantes de las montañas aguzaron la vista desde los oscuros portones de sus castillos.
Lucía y Susana vieron algo oscuro que venía hacia ellas desde todas las direcciones atravesando las colinas. En un principio pareció ser una densa niebla arrastrándose sobre el suelo, luego las tempestuosas olas de un negro mar elevándose cada vez más alto a medida que se acercaba, y de pronto, por fin se vio como lo que era en realidad: el bosque en movimiento. Parecía que todos los árboles del mundo corrían hacia Aslan. Pero al aproximarse no parecían árboles, y cuando toda la multitud, inclinándose y haciendo reverencias y agitando sus delgados y largos brazos hacia Aslan, rodeó a Lucía, ella pudo ver que era una multitud de figuras humanas. Pálidas niñas-abedul sacudían sus cabezas; mujeres-sauce apartaban sus cabellos de sus caras meditabundas para contemplar a Aslan; las majestuosas hayas permanecían quietas y lo adoraban; toscos hombres-roble; esbeltos y melancólicos olmos; acebos de cabezas desgreñadas (ellos muy oscuros, pero sus esposas brillando con sus bayas), y alegres serbales, todos hacían sus reverencias y se alzaban clamando "Aslan, Aslan" con sus diversas voces, roncas, rechinantes o cadenciosas como las olas del mar.
La muchedumbre y las danzas alrededor de Aslan (porque se había iniciado la danza una vez más) aumentaron tanto y en forma tan rápida que Lucía estaba confundida. No vio de dónde llegaban otras gentes que hacían cabriolas entre los árboles. Había un joven vestido sólo con una piel de cervato, con pámpanos entretejidos en su rizado cabello. Su cara podría ser demasiado bella para un niño, si no tuviera un aire tan extremadamente salvaje. Al mirarlo se sentía lo que dijo Edmundo cuando lo conoció unos días más tarde: "Es un tipo capaz de hacer cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa". Parecía tener diferentes nombres, Bromios, Bassareus, y el Carnero eran tres de ellos. Había una gran cantidad de niñas con él, igualmente salvajes. Había también, inesperadamente, alguien montado en un asno. Y todos reían; y todos gritaban: "Euan, euan, eu-oi-oi-oi".
—¿Es un juego, Aslan? —gritó el joven.
Y aparentemente lo era. Pero cada cual parecía tener una idea distinta acerca de qué se jugaba. Podía ser el Pillarse, pero Lucía nunca descubrió quién era el que la llevaba. Era más bien algo parecido a la Gallinita Ciega, sólo que todos actuaban como si tuvieran los ojos vendados. Se parecía a las Escondidas, pero nunca se encontraba a nadie. Lo que lo hizo más complicado fue que el hombre montado en un asno, viejo y enormemente gordo, empezó a gritar en el acto: "¡Refrescos! ¡Es hora de los refrescos! " y se dejó caer del asno, pero los demás lo empujaron y lo subieron otra vez, mientras el animal, bajo la impresión de que estaba en un circo, trató de aprovechar la oportunidad para exhibir sus habilidades caminando sobre sus patas traseras. ¡Y a cada momento había más y más hojas de parra por todos lados! Y muy pronto no sólo hubo hojas, sino las propias vides que subían por todas partes, crecían por entre las piernas de la gente-árbol y se enrollaban alrededor de sus cuellos. Lucía levantó las manos para apartar el cabello de la cara y se dio cuenta de que estaba apartando sarmientos. El asno era una masa de ellos. Tenía la cola enteramente enredada y algo oscuro se mecía entre sus orejas. Lucía se volvió a mirarlo y vio que era un racimo de uvas. Después todo fue uvas, encima de la cabeza, bajo los pies, y por todos lados.
"¡Refrescos! ¡Refrescos!", bramaba el viejo. Todos empezaron a comer y, aunque tengas los mejores invernaderos, nunca podrás probar uvas como aquéllas. Exquisitas uvas, firmes y apretadas por fuera, pero se deshacían con fresca suavidad cuando las ponías en tu boca. Era algo que las niñas nunca antes habían comido en tales cantidades. Había más de lo que cualquiera pudiera desear, y no había que cuidar los modales en la mesa. Todos tenían los dedos pegajosos y sucios y, aunque las bocas estaban llenas, no cesaron la risa ni los cánticos de "euan, euan eu-oi-oi-oi", hasta que de pronto decidieron al mismo tiempo que el juego (cualquiera que fuera) y la fiesta debían terminar, y se desplomaron exhaustos en el suelo y volvieron sus rostros hacia Aslan para escuchar sus palabras.
El sol ya estaba asomando y Lucía recordó algo, y susurró al oído de Susana:
—Su, ya sé quiénes son.
—¿Quiénes?
—El niño de aspecto salvaje es Baco y el viejo en el asno es Silenus. ¿No te acuerdas de que el señor Tumnus nos contó sobre ellos hace mucho tiempo?
—Sí, claro. Pero, Lu...
—¿Qué?
—No me habría sentido muy tranquila con Baco y sus niñas salvajes si Aslan no hubiera estado presente.
—Lo mismo yo —dijo Lucía.

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