Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:03
EL GRAN REY ASUME EL MANDO
—Ahora bien, Caspian —dijo Pedro, cuando terminaron de comer—, Aslan y las niñas, es decir, la Reina Susana y la Reina Lucía, están cerca. No sabemos cuándo entrará él en acción; cuando a él le parezca, sin duda, y no cuando nosotros queramos. Mientras tanto, él quiere que hagamos lo más posible por nuestra cuenta. Tú piensas, Caspian, que no somos bastante fuertes para enfrentar a Miraz en una batalla campal.
—Me temo que no, gran Rey —dijo Caspian.
A pesar de que Pedro le agradaba mucho, Caspian se sentía cohibido en su presencia. Era mucho más extraordinario para él encontrarse con los grandes Reyes de las antiguas historias que para ellos conocerlo a él.
—Muy bien —dijo Pedro—, entonces lo desafiaré a combate singular.
Nadie había pensado en eso antes.
—Por favor —solicitó Caspian—, ¿podría ser yo? Quisiera vengar a mi padre.
—Tú estás herido —repuso Pedro—. Y además creo que él se burlaría de un desafío tuyo. Mira, nosotros hemos comprobado que eres un rey y un guerrero, pero para él eres sólo un niño.
—Pero, Señor —dijo el Tejón, que estaba sentado muy cerca de Pedro y no le quitaba la vista de encima—. ¿Aceptará Miraz un reto, aunque venga de ti? El sabe que cuenta con un ejército muy superior.
—Es probable que no acepte —respondió Pedro—, pero siempre hay una posibilidad. Y aun si no acepta, pasaremos la mayor parte del día intercambiando emisarios y mensajes; para entonces, Aslan tal vez habrá hecho algo. Y, por último, tendré la oportunidad de inspeccionar el ejército y fortalecer nuestra posición. Enviaré el desafío. Lo redactaré de inmediato. ¿Tiene pluma y tinta, doctor Cornelius?
—Jamás le pueden faltar a un hombre de letras —repuso el doctor Cornelius.
—Entonces, voy a dictar —dijo Pedro.
Y mientras el doctor desplegaba un pergamino, abría su cuerno-tintero y afilaba la pluma, Pedro se recostó con los ojos semicerrados, y trató de recordar el lenguaje que usaba para escribir cosas de ese estilo en la época de oro de Narnia.
—Ya —dijo finalmente—. Y ahora, ¿está listo doctor?
El doctor Cornelius humedeció su pluma y esperó. Pedro dictó lo siguiente:
"Pedro, por voluntad de Aslan, por elección, por prescripción y por conquista, gran Rey sobre todos los Reyes de Narnia, Emperador de las Islas Desiertas y Señor de Cair Paravel, Caballero de la Muy Noble Orden del León; a Miraz, Hijo de Caspian Octavo, en otra época Lord Protector de Narnia y que ahora se da a sí mismo el título de Rey de Narnia, os saludo". ¿Lo ha escrito ya?
—Narnia, coma, os saludo —murmuró el doctor—. Sí, señor.
—Entonces, comience un nuevo párrafo —dijo Pedro—. "Para evitar el derramamiento de sangre, y para eludir todos los problemas que probablemente pueden derivarse de las guerras que se libran actualmente en el reino de Narnia, es nuestra voluntad arriesgar nuestra real persona en favor de nuestro leal y bienamado Caspian en una limpia prueba de duelo a fin de probar ante las huestes de vuestra Señoría que el mencionado Caspian es el legítimo Rey de Narnia bajo nosotros, tanto por nuestra voluntad como por las leyes de los Telmarinos, y que vuestra Señoría es culpable de doble traición por arrebatar la soberanía de Narnia de las manos del dicho Caspian, y por el abhominable —no olvide escribirlo con h, doctor— sangriento e inhumano asesinato de vuestro buen señor y hermano, llamado el Rey Caspian Noveno. Por tal motivo, gustosamente procedo a provocar, retar y desafiar a vuestra Señoría a combate singular y hago llegar estas cartas en mano de nuestro amado y real hermano Edmundo, en otros tiempos Rey bajo nosotros en Narnia, Duque del Páramo del Farol y Conde de las Fronteras Occidentales, Caballero de la Noble Orden de la Mesa, a quien hemos otorgado pleno poder para determinar con vuestra Señoría las condiciones del referido combate. Dado en nuestros aposentos en el Monumento de Aslan, este día doce del mes de Cieloverde en el primer año de Caspian Décimo de Narnia".
—Eso bastará —dijo Pedro, con un hondo suspiro—. Tenemos que enviar dos personas más con Edmundo. Creo que aquel Gigante debería ser uno de los acompañantes.
—Mira, él no..., él no es muy inteligente —murmuró Caspian.
—Claro que no —admitió Pedro—. Pero cualquier gigante es impresionante, aunque no haga nada. Además, eso lo animará. Y ¿quién sería el otro?
—¡Por mi honor! —dijo Trumpkin—, si quieres alguien que pueda matar con su sola presencia, Rípichip es el indicado.
—No lo dudo, a juzgar por lo que he oído —rió Pedro—. Si fuera sólo un poquito más grande. ¡Nadie lo vería hasta que estuviese cerca!
—Envía a Vendaval, señor —aconsejó Cazatrufas—. Nadie se ríe de un Centauro.
Una hora más tarde, mientras se paseaban entre sus líneas y hurgaban sus dientes después del desayuno, dos grandes señores del ejército de Miraz, Lord Glózel y Lord Sopespian, vieron avanzar desde el bosque al Centauro y al Gigante Rompetiempo, a quienes habían visto antes en la batalla, y entre ellos una persona que no conocían. En verdad, los amigos de Edmundo tampoco lo reconocerían ahora. Porque Aslan le había infundido su aliento durante su encuentro y un aire de grandeza se desprendía de él.
—¿Qué pasa? —preguntó Lord Glózel—. ¿Un ataque? —Más bien un parlamento —dijo Sopespian—. Mira, traen ramas verdes. Seguramente vienen a rendirse.
—El que camina entre el Centauro y el Gigante no tiene cara de venir a rendirse —dijo Glózel—. ¿Quién puede ser? No es el niño Caspian.
—Por supuesto que no —afirmó Sopespian—. Ese es un guerrero feroz, te lo aseguro; quien sabe de dónde lo sacaron los rebeldes. Tiene, que lo escuche sólo su Señoría, un aspecto mucho más majestuoso que el de Miraz. ¡Y qué armadura lleva! Ninguno de nuestros herreros podría hacer una semejante.
—Apuesto mi caballo tordillo que trae un reto y no una rendición —dijo Glózel.
—Pero cómo —exclamó Sopespian—. Tenemos al enemigo en un puño; Miraz no sería jamás tan estúpido de arriesgar su ventaja en un combate.
—Podría verse obligado a hacerlo —insinuó Glózel, en voz muy baja.
—Cuidado —dijo Sopespian—. Alejémonos un poco de aquí, fuera del alcance del oído de esos centinelas. Ahora sí. ¿He comprendido bien el sentido de lo que su Señoría ha dicho?
—Si el Rey acepta un desafío a duelo —susurró Glózel—, o mata o bien lo matan a él.
—Así es —dijo Sopespian, asintiendo con la cabeza.
—Si él mata, habremos ganado la guerra.
—Ciertamente. ¿Y si no?
—Bueno, si no, tendremos que ser capaces de ganar con o sin la gracia del Rey. Pues no necesito decirle a su Señoría que Miraz no es un gran capitán. Y al final, estaríamos victoriosos y sin rey.
—¿Y tu idea es, milord, que tú y yo podríamos ser los dueños de esta tierra en forma muy conveniente, con o sin un Señor?
El rostro de Glózel mostraba una expresión amenazante.
—No olvidemos —dijo— que fuimos nosotros quienes lo pusimos sobre el trono. Y en todos estos años en que ha gozado del poder, ¿qué frutos hemos cosechado nosotros? ¿Nos ha demostrado alguna gratitud?
—No digas más —respondió Sopespian—. Pero, silencio, alguien se acerca para llevarnos a la tienda del Rey.
Cuando llegaron a la tienda de Miraz, vieron a Edmundo y a sus dos compañeros sentados al lado afuera, comiendo tortas y bebiendo vino, puesto que ya habían entregado el desafío y se habían retirado mientras el Rey lo leía. Al verlos más de cerca, los dos Señores Telmarinos pensaron con inquietud que los tres tenían una apariencia bastante alarmante.
Dentro de la tienda se hallaba Miraz sin armadura y terminando su desayuno, con la cara roja y fruncido el entrecejo.
—¡Vean! —gruñó, arrojándoles el pergamino por encima de la mesa—. Lean el cúmulo de cuentos de niños que nos envía ese mequetrefe de mi sobrino.
—Con su permiso, señor —dijo Glózel—. Si el joven guerrero que vimos a la entrada es el Rey Edmundo mencionado en el escrito, en ese caso yo no lo llamaría un cuento de niños, sino un caballero sumamente peligroso.
—Rey Edmundo, ¡bah! —refunfuñó Miraz—. ¿Su Señoría cree acaso en esas patrañas sobre Pedro y Edmundo y los demás?
—Creo a mis ojos, Su Majestad —repuso Glózel.
—Bueno, es inútil —dijo Miraz—, pero con respecto al reto, ¿supongo que seremos todos de la misma opinión?
—Así me parece, Señor —dijo Glózel.
—Y, ¿cuál es? —preguntó el Rey.
—Sin lugar a dudas, rechazarlo —contestó Glózel—. Pues, aunque jamás he sido considerado un cobarde, debo confesar francamente que un encuentro con ese joven en el campo de batalla es más de lo que mi corazón puede resistir. Y si, como es probable, su hermano, el gran Rey Pedro, es más temible que él..., entonces, por su vida, mi Lord Rey, no lo enfrente.
—¡Maldita sea! —vociferó Miraz—. No es ésa la clase de consejo que esperaba. ¿Creen que les estoy preguntando si debo temer un encuentro con ese tal Pedro, si es que existe ese hombre? ¿Creen que le tengo miedo? Lo que yo quería era su consejo sobre la política del asunto; si es conveniente que, teniendo la ventaja, la arriesguemos en un duelo.
—Sólo puedo responder a Su Majestad —dijo Glózel— que, por una infinidad de razones, el desafío debe ser rechazado. Hay muerte en el rostro del extraño caballero.
—¡Y te atreves a repetirlo! —gritó Miraz, furibundo—. ¿Tratas de insinuar que soy un cobarde como tu Señoría?
—Su Majestad puede decir lo que guste —replicó Glózel, con evidente malhumor.
—Hablas como una vieja, Glózel —dijo el Rey—. ¿Qué opinas tú, Sopespian?
—No lo acepte, Señor —fue la respuesta—. Me parece que lo que su Majestad ha dicho sobre la política del asunto es muy acertado. Proporciona a Su Majestad excelentes argumentos para una negativa, sin dar margen a cuestionar su honor o su valor.
—¡Válgame el cielo! —exclamó Miraz, incorporándose de un salto—. ¿Tú también estás embrujado hoy día? ¿Crees que estoy buscando argumentos para rechazarlo? Es como si me llamaras cobarde en mi propia cara.
La conversación tomaba justamente el giro que ambos señores deseaban, por lo que prefirieron guardar silencio.
—Ya veo —prosiguió Miraz, mirándolos fijamente como si sus ojos fueran a salirse de sus órbitas—. Ustedes son cobardes como liebres y tienen el descaro de comparar mi valor con el vuestro. ¡Argumentos para una negativa, no faltaba más! ¡Excusas para no combatir! ¿Son soldados ustedes? ¿Son Telmarinos? ¿Son hombres? Y si me rehusara, como me lo sugieren tantas razones de estrategia y política marcial, ustedes creerán, y enseñarán a otros a creer, que tuve miedo, ¿no es eso?
—Ningún hombre de la edad de Su Majestad —dijo Glózel— sería considerado cobarde por ningún soldado sensato por el hecho de rehusar un combate con un gran guerrero en la flor de la juventud.
—Ahora soy un viejo chocho con un pie en la tumba, además de cobarde —rugió Miraz—. Yo les diré lo que pasa, señores. Con sus consejos dignos de mujeres, siempre eludiendo el verdadero punto, que es la política, han conseguido lo contrario a sus propósitos. En un momento había pensado rehusar, pero lo aceptaré. ¿Me oyen? ¡Lo aceptaré! No pasaré una vergüenza sólo porque alguna brujería o una idea de traición les ha helado la sangre a ustedes.
—Suplico a Su Majestad... —dijo Glózel, pero Miraz ya había abandonado la tienda y podían escucharlo gritando a voz en cuello dando su aceptación a Edmundo.
Los señores se miraron sonrientes.
—Sabía que lo haría si estaba suficientemente irritado —dijo Glózel—. Pero no olvidaré que me llamó cobarde. Me las pagará.
Hubo gran agitación en el Monumento de Aslan cuando los emisarios regresaron y comunicaron las novedades a las diversas criaturas. Edmundo, en compañía de uno de los capitanes de Miraz, había marcado ya el lugar del combate, rodeándolo con cuerdas y estacas. Dos Telmarinos se apostarían en dos de los cuatro rincones, y uno en la mitad de uno de los costados en calidad de Mariscal del Campo de Batalla. Tres mariscales para los otros dos rincones y el otro costado debían ser designados por el gran Rey. Pedro estaba explicando a Caspian que no podía ser nombrado uno de ellos porque estaban combatiendo precisamente por su derecho al trono, cuando de súbito se escuchó una voz velada y somnolienta.
—Su Majestad, por favor —dijo.
Pedro se volvió y vio delante de ellos al mayor de los Osos Panzones.
—Por favor, Su Majestad —repitió éste—. Soy un Oso.
—No me cabe duda, y un oso muy bueno, por lo demás —dijo Pedro.
—Sí —dijo el Oso—. Sólo que siempre ha sido un derecho de los osos actuar como mariscales de duelo.
—No se lo permitas —susurró Trumpkin a Pedro—. Es bueno, pero nos dejará en vergüenza; se quedará dormido y se lamerá las patas frente al enemigo.
—No puedo negarme —repuso Pedro—. El está en su derecho. Los osos tenían ese privilegio. No entiendo cómo aún se recuerda esa prerrogativa al cabo de estos años, habiéndose olvidado tantas otras cosas.
—Por favor, Su Majestad —volvió a decir el Oso.
—Estás en tu derecho —dijo Pedro—. Serás uno de los mariscales. Pero debes recordar que no puedes lamerte las patas.
—Por supuesto que no —dijo el Oso, en tono muy ofendido.
—¡Pero si lo estás haciendo en este mismo momento! —bramó Trumpkin.
El Oso sacó bruscamente la pata de su hocico, y fingió no haber escuchado.
—¡Señor! —dijo una voz estridente que salía del suelo.
—¡Ah, Rípichip! —saludó Pedro, después de buscarlo por todos lados, como hace la gente habitualmente cuando un ratón les habla.
—Señor —continuó Rípichip—. Mi vida está enteramente a tu disposición, pero mi honor me pertenece. Tengo entre mis gentes al único trompeta del ejército de Su Majestad. Había pensado que, tal vez, se nos encomendaría la misión de llevar el desafío. Señor, mi gente está muy dolida. Si fuera del agrado de Su Majestad nombrarme Mariscal del Campo de Batalla, quizás se darían por satisfechos.
A estas palabras, un ruido similar a un trueno estalló en alguna parte en lo alto. El Gigante Rompetiempo rompía a reír con una de esas carcajadas estúpidas tan comunes en los gigantes, incluso en los más encantadores. De súbito se frenó y se quedó serio como un rábano, a tiempo que Rípichip descubría de donde provenía el ruido.
—Me temo que no será posible —dijo Pedro, muy serio—. Algunos humanos tienen miedo a los ratones...
—Ya lo sé, señor —replicó Rípichip.
—Y no sería muy justo con Miraz —continuó Pedro— enfrentarlo con quien podría hacer debilitar su coraje.
—Su Majestad es el espejo del honor —respondió el Ratón, con una de sus admirables reverencias—. Tenemos en esto un mismo pensamiento... Pero me parece que acabo de escuchar una risa. Si alguno de los presentes quiere hacer gala de su ingenio a costa mía, estoy a sus órdenes, con mi espada, cuando lo desee.
Un denso silencio siguió a esta observación, hasta que Pedro dijo:
—El Gigante Rompetiempo, el Oso y el Centauro Vendaval serán nuestros mariscales. El combate se llevará a cabo a las dos de la tarde. La comida se servirá a las doce en punto.
—Mira —dijo Edmundo, cuando ya se retiraban—, supongo que todo irá bien, es decir, ¿crees que lo puedes vencer?
—Me bato con él para averiguarlo —respondió Pedro.