Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:05
TODOS ESTABAN MUY OCUPADOS
Un poco antes de las dos, Trumpkin y el Tejón se instalaron con las demás criaturas a la entrada del bosque; al otro lado veían las relucientes filas del ejército de Miraz que estaba a aproximadamente dos tiros de arco. Al medio, un espacio cuadrado de césped había sido cercado de estacas para el combate. En cada una de las esquinas más alejadas, Glózel y Sopespian permanecían de pie, con sus espadas desenvainadas. En las esquinas más cercanas se encontraban el Gigante Rompetiempo y el Oso Panzón, el que, a pesar de todas las advertencias, estaba lamiéndose sus patas y la expresión de su cara era, para decir la verdad, especialmente tonta. Para compensar esta actitud, Vendaval, a la derecha del campo, se mantenía inmóvil, excepto cuando pateaba ocasionalmente el pasto con sus cascos traseros, y lucía mucho más imponente que el barón Telmarino que estaba frente a él, a la izquierda. Pedro acababa de despedirse de Edmundo y del doctor con un fuerte apretón de manos y se dirigía al combate. La escena semejaba el momento antes de que den la partida en una carrera, pero éste era muchísimo más grave.
—Hubiera querido que Aslan viniese antes de que llegáramos a esto —dijo Trumpkin.
—También yo —dijo Cazatrufas—. Pero mira detrás de ti.
—¡Cuervos y codornices! —murmuró el Enano, mirando hacia atrás—. ¿Qué es eso? Gente tan enorme, tan bella, parecen dioses y diosas y gigantes. Cientos y miles acercándose a nosotros. ¿Qué son?
—Son Dríades y Hamadríades y Silvans —respondió Cazatrufas—. Aslan los ha despertado.
—¡Hum! —asintió el Enano—. Van a ser de gran ayuda si el enemigo intenta alguna traición. Pero no ayudarán mucho al gran Rey si Miraz demuestra ser más diestro con su espada.
El Tejón calló porque en ese instante Pedro y Miraz entraban al recinto desde extremos opuestos, ambos a pie, ambos con sus cotas de malla, con sus yelmos y escudos. Avanzaron acercándose, se saludaron con una reverencia y se dijeron algo, pero no fue posible oír sus palabras. Relucieron los aceros a la luz del sol. Por unos segundos, se pudieron escuchar los golpes, pero fueron apagados por la gritería de los dos ejércitos, semejante a la de las muchedumbres en un partido de fútbol.
—Bien, Pedro, muy bien —gritó Edmundo al ver que Miraz retrocedía un paso y medio—. ¡Atácalo, rápido!
Y Pedro atacó y por unos segundos pareció que podría ganar la lucha. Pero Miraz se recuperó y empezó a hacer buen uso de su estatura y peso. "¡Miraz, Miraz, el Rey, el Rey!", rugían los Telmarinos. Caspian y Edmundo palidecieron, presas de mortal ansiedad.
—Pedro ha recibido golpes terribles —dijo Edmundo.
—¡Hola! —gritó Caspian—. ¿Qué pasa ahora?
—Se separan —explicó Edmundo—. Agotados, supongo. Mira, ahora empiezan de nuevo, con tácticas más científicas esta vez. Se observan por diversos ángulos, estudiando las defensas del contrario.
—Me temo que Miraz conoce su oficio —musitó el doctor—. Pero no terminaba de hablar, cuando estallaron ensordecedores aplausos y aullidos y capuchas lanzadas al aire en las filas de los Antiguos Narnianos.
—¿Qué pasa, qué pasa? —preguntó el doctor—. Mis viejos ojos no alcanzaron a ver bien.
—El gran Rey Supremo lo pinchó en la axila —relató Caspian, aplaudiendo todavía—. Justo donde la sisa de la cota dejó entrar la punta. Primera sangre.
—Se pone feo otra vez —dijo Edmundo—. Pedro no está usando bien su escudo. Debe tener herido su brazo izquierdo.
Así era, desgraciadamente. Todos podían advertir que el escudo de Pedro colgaba de su brazo inerte. El griterío de los Telmarinos se intensificó.
—Tú que has visto más batallas que yo —dijo Caspian—, ¿crees que hay todavía alguna esperanza?
—Muy poca —repuso Edmundo—. Pero podría lograrlo... con algo de suerte.
—Oh, ¿por qué permitimos que todo esto sucediera? —dijo Caspian.
De súbito, se acallaron los gritos de ambos bandos. Edmundo quedó perplejo.
—Ah, ya entiendo —dijo de pronto—. Han acordado un descanso. Venga, doctor, tal vez el gran Rey nos necesita.
Corrieron hacia la palestra; Pedro salió a su encuentro pasando por entre las cuerdas. Su cara estaba roja y sudorosa y respiraba agitadamente.
—¿Tienes herido el brazo izquierdo? —preguntó Edmundo.
—No es exactamente una herida —repuso Pedro—. Recibí todo el peso de su hombro sobre mi escudo —como si fuera una carga de ladrillos— y el canto del escudo se incrustó en mi muñeca. No creo que esté quebrada; debe ser más bien una torcedura. Si pueden amarrarla bien firme, creo que me las arreglaré.
—¿Qué te parece Miraz, Pedro? —preguntó Edmundo ansiosamente, mientras vendaban su muñeca.
—Fuerte —respondió Pedro—. Muy fuerte. Mi única posibilidad está en mantenerlo moviéndose mucho hasta que su peso y su resuello corto, además del fuerte sol que cae, lo agoten. Para decir verdad, es mi última esperanza. Dale mis cariños a... a todos en casa, Ed, si me mata. Allí va, de vuelta al campo de batalla. Adiós, mi viejo. Adiós, doctor. Y por favor, Ed, un recuerdo muy especial de mi parte para Trumpkin. Es un gran tipo.
Edmundo no podía hablar. Regresó con el doctor a su asiento, sintiendo un gran malestar en el estómago.
El nuevo asalto empezó bien. Se notaba que Pedro podía servirse mejor de su escudo y, por cierto, utilizó muy bien sus pies. Parecía jugar al pillarse con Miraz, esquivándolo, cambiando de posición, haciendo trabajar a su enemigo.
—¡Cobarde! —abuchearon los Telmarinos—. ¿Por qué no lo enfrentas? No te gusta, ¿eh? Aquí vinieron a pelear, no a bailar. ¡Bah!
—Ojalá que no los escuche —dijo Caspian.
—El, no —dijo Edmundo—. No lo conoces bien... ¡Oh!...
Miraz había asestado un feroz golpe en el yelmo de Pedro, que trastabilló, resbaló de costado y cayó sobre una rodilla. El rugido de los Telmarinos creció como el ruido del mar. "Ahora, Miraz —aullaban—. Ahora. ¡Rápido! ¡Rápido! Mátalo". No había necesidad de incitar al usurpador. Ya estaba encima de Pedro. Edmundo se mordió los labios hasta que brotó sangre, mientras la espada cruzaba como un rayo sobre Pedro. Parecía que le cortaría la cabeza. ¡Gracias a los cielos!, resbaló por su hombro derecho. La malla forjada por los enanos era firme y no se rompió.
—¡Dios mío! —gritó Edmundo—. Se levanta otra vez. ¡Vamos, Pedro, vamos!
—No pude ver lo que pasó —dijo el doctor—. ¿Cómo fue?
—Se agarró en el brazo de Miraz al caer —explicó Trumpkin, bailando de dicha—. ¡Ese es un hombre! Usa el brazo de su enemigo como si fuera una escalera. ¡El gran Rey, el gran Rey! ¡Arriba, Antigua Narnia!
—Miren —dijo Cazatrufas—. Miraz está furioso. Eso es muy bueno.
Se daban ahora con toda el alma; una ráfaga de golpes tan intensa que parecía imposible que no resultara alguien muerto. A medida que crecía la agitación, se apagaban poco a poco los gritos. Los espectadores retenían la respiración. Era una escena a la vez horrible y magnífica.
Se elevó un fuerte griterío en las líneas de los Antiguos Narnianos. Miraz había caído, no por un golpe dado por Pedro, pero estaba tendido de bruces tras tropezar contra un terrón. Pedro se apartó esperando a que se levantara.
—¡Ah, no me embromes! —se dijo Edmundo—. ¿Tiene que ser caballeroso hasta ese extremo? Supongo que sí. Porque es un Caballero y un Rey Supremo. Creo que es lo que Aslan hubiera querido que hiciera. Pero ese bruto se levantará pronto y entonces...
Pero "ese bruto" no se levantó más. Los señores Glózel y Sopespian tenían sus propios planes. En cuanto vieron caer al Rey, saltaron dentro del campo de batalla.
—¡Traición, traición! —gritaron—. El traidor narniano lo ha apuñalado por la espalda cuando yacía indefenso. ¡A las armas, a las armas, Telmarinos!
Pedro no entendía bien qué pasaba. Vio a dos hombres grandes abalanzarse sobre él con sus espadas desenvainadas. Un tercer Telmarino saltó sobre las cuerdas a su izquierda.
—¡A las armas, Narnia! ¡Traición! —gritó Pedro.
Si los tres lo hubiesen atacado al mismo tiempo, no habría vuelto a hablar nunca más. Pero Glózel se detuvo para apuñalar a su propio Rey caído. "Eso es por tu insulto de esta mañana", murmuró mientras colocaba nuevamente la espada en su vaina.
Pedro giró para enfrentar a Sopespian, dando estocadas a las piernas de su contrario y, levantando su espada, con el revés del mismo golpe le cortó la cabeza.
Edmundo se puso a su lado gritando "Narnia, Narnia. El León". El ejército Telmarino embistió contra ellos. Pero ya el Gigante avanzaba pesadamente, agachado y blandiendo su garrote. Los Centauros fueron a la carga. Tuang, tuang, atrás, y jiss, jiss más arriba avanzaba la ballestería de los Enanos. Trumpkin luchaba a su izquierda. Se iniciaba la gran batalla.
—Vuelve, Rípichip, pedazo de burro —gritó Pedro—. Sólo conseguirás hacerte matar. Este no es lugar para ratones.
Pero las ridículas y diminutas criaturas bailaban entremedio de los pies de ambos ejércitos, pinchando acá y allá con sus espadas. Ese día, más de un soldado Telmarino sintió en sus pies súbitas punzadas, como de docenas de agujas, que los hacían saltar en una pierna maldiciendo el dolor, y no pocas veces cayeron al suelo. Si caían, los ratones los remataban; si no caían, algún otro lo hacía.
Mas antes de que los Antiguos Narnianos hubieran entrado en calor para la batalla, el enemigo empezó a ceder terreno. Los guerreros de aspecto temible palidecían aterrorizados, no ante los Antiguos Narnianos, sino ante algo que veían tras ellos, hasta que de repente arrojaron sus armas al suelo, chillando: "¡El bosque! ¡El bosque! ¡El fin del mundo!"
Pronto sus gritos y el fragor de las armas fueron ahogados por un estruendo semejante al del océano, el rugido de los Arboles Despiertos que se precipitaban entre las filas del ejército de Pedro, y luego avanzaban persiguiendo a los Telmarinos. ¿Has estado alguna vez en una tarde de otoño a la entrada de un espeso bosque sobre un cerro alto, cuando se desata un furioso viento del sudoeste? Imagina, entonces, aquel sonido. Y luego imagina que el bosque, en lugar de permanecer estático en su lugar, corre hacia ti; y entonces ya no son árboles sino seres gigantescos, y no obstante semejantes a los árboles, porque sus largos brazos ondean como ramas y al agitar sus cabezas cae una lluvia de hojas a su alrededor. Eso fue lo que vieron los Telmarinos. Era harto inquietante, hasta para los Narnianos. De inmediato, los seguidores de Miraz bajaron corriendo hacia el Gran Río, donde esperaban poder cruzar por el puente al pueblo de Beruna y defenderse allí tras los baluartes y las puertas cerradas.
Al llegar al río vieron que ya no había puente. Había desaparecido el día anterior. Un pánico indecible y un insensato horror se apoderaron de ellos, y decidieron rendirse.
Pero ¿qué había pasado con el puente?
Esa mañana muy temprano, después de algunas horas de sueño, las niñas despertaron y vieron a Aslan a su lado, observándolas, y escucharon su voz que decía: "Hoy nos iremos de paseo". Se restregaron los ojos y miraron a su alrededor. Los Arboles se habían marchado, pero todavía se divisaba la oscura masa alejándose rumbo al Monumento de Aslan. Acá quedaron Baco y las bacantes, sus fieras y alocadas servidoras, y Silenus. Lucía se levantó, totalmente descansada. Todos estaban despiertos y reían, sonaban las flautas, los cimbales retumbaban. De todos lados acudían grandes cantidades de animales, pero no de Animales que Hablan.
—¿Qué pasa, Aslan? —preguntó Lucía; sus ojos bailaban y sus pies querían bailar también.
—Vengan, niñas —dijo él—. Hoy montarán sobre mi lomo otra vez.
—¡Qué maravilla! —gritó Lucía, y las dos niñas se subieron al lomo tibio y dorado, como lo habían hecho antes, nadie sabe cuántos años atrás. El grupo se puso en movimiento; Aslan a la cabeza, Baco y sus bacantes brincando, corriendo, haciendo cabriolas y volteretas; las bestias retozaban alrededor de ellos, y Silenus y su asno cerraban la marcha.
Doblaron un poco a la derecha, bajaron echando carreras por una escarpada colina y se encontraron con el largo puente de Beruna. Antes de comenzar a cruzarlo, vieron emerger del fondo del agua una cabeza mojada, de enormes barbas y más voluminosa que la de un hombre y coronada de juncos. Miró a Aslan y de su boca brotó una voz profunda.
—¡Salud, Señor! —dijo—. Suelta mis cadenas.
—¿Quién es ése? —murmuró Susana.
—Creo que es el dios-río, pero cállate —dijo Lucía.
—Baco —llamó Aslan—. Líbralo de sus cadenas.
"Eso significa el puente, supongo", pensó Lucía.
Y así fue. Baco y los suyos se zambulleron en el agua profunda y al minuto siguiente empezaron a ocurrir las cosas más curiosas. Grandes y robustos troncos de hiedra se enrollaban en los pilares del puente, creciendo con la rapidez del fuego, envolviendo las piedras, partiéndolas, quebrándolas, separándolas. Las murallas del puente se transformaron por un momento en cercos de espinos de vivos colores, para luego desaparecer mientras el resto del puente retumbaba y se derrumbaba, hundiéndose velozmente en las turbulentas aguas. Entre chapoteos, estridentes gritos y risas, el alegre grupo vadeó, o nadó, o bailó cruzando el vado ("¡Bravo! ¡He aquí los Vados de Beruna otra vez!", gritaron las niñas), y todos treparon la ribera del otro lado y entraron al pueblo.
Por las calles, la gente huía al verlos. La primera casa a la que llegaron era una escuela; una escuela para niñas, donde una cantidad de pequeñas Narnianas, con sus cabellos muy tiesos y unas horribles golillas alrededor del cuello y unas medias tan gruesas que les hacían cosquillas en las piernas, asistían a su clase de historia. La "historia" que se enseñaba en Narnia bajo el reinado de Miraz era más aburrida que la historia más verídica que hayas leído jamás, y menos auténtica que la más emocionante historieta de aventuras.
—Si no prestas atención, Güendolina —dijo la maestra—, y no dejas de mirar por esa ventana, tendré que ponerte una anotación por mala conducta.
—Pero, por favor, señorita Prizzle —comentó Güendolina.
—¿No has oído lo que dije, Güendolina? —preguntó la señorita Prizzle.
—Pero, por favor, señorita Prizzle —repitió la niña—, hay un LEON allí.
—Dos anotaciones por decir disparates —dijo la señorita Prizzle—. Y ahora...
Un rugido la interrumpió. La hiedra penetró abrazándose a las ventanas de la sala de clases. Las paredes se convirtieron en una masa de un verde rutilante, y las ramas cuajadas de hojas formaron un arco donde antes estuvo el techo. La señorita Prizzle se encontró de pie sobre el pasto en un claro del bosque. Trató de agarrarse a su escritorio para sostenerse, pero su escritorio era ahora un rosal. Seres salvajes como jamás hubiera imaginado que existían se apiñaban en torno a ella. De pronto vio al León, dio un grito y salió disparada, y con ella escaparon sus alumnas, que eran casi todas unas niñitas regordetas, de piernas gordas y muy recatadas. Güendolina vacilaba.
—¿Quieres quedarte con nosotros, querida? —preguntó Aslan.
—Oh, ¿puedo quedarme? Gracias, gracias —dijo Güendolina. Juntó sus manos con las de dos bacantes que la llevaron girando en una alegre danza y la ayudaron a quitarse algunos de sus inútiles e incómodos ropajes.
Siempre ocurría lo mismo en ese pueblecito de Beruna. La mayoría de la gente arrancaba, unos pocos se les unían. Cuando abandonaron el pueblo, formaban un grupo más numeroso y más alegre.
Recorrieron los campos de la ribera norte, o ribera izquierda, del río. De todas las granjas los animales salían para unirse a ellos. Viejos y tristes asnos que jamás habían conocido la alegría se sentían rejuvenecer; perros encadenados rompían sus ataduras; los caballos pateaban sus carretones y trotaban hacia ellos —clop, clop— haciendo saltar el barro y relinchando de placer.
En un patio, junto a un pozo, un hombre golpeaba a un niño. De pronto, el palo floreció en la mano del hombre. Trató de soltarlo, pero se pegó a su mano. Su brazo se convirtió en rama, su cuerpo en el tronco de un árbol, sus pies echaron raíces. El niño, que había estado llorando, rompió a reír a carcajadas y se fue con ellos.
En un pueblecito a mitad de camino antes de llegar al Dique de los Castores, donde se juntan dos ríos, se acercaron a otra escuela; una niña de aspecto cansado enseñaba aritmética a un grupo de niños, que más bien parecían cerdos. Ella miró por la ventana y vio a los divinos jaraneros que venían cantando por el medio de la calle, y su corazón se llenó de una punzante alegría. Aslan se detuvo bajo su ventana y la miró.
—Oh, por favor, no —dijo ella—. Me encantaría, pero no debo. Tengo que cumplir mi deber. Y los niños podrían asustarse si lo ven.
—¿Asustarse? —dijo el más parecido a un cerdo—. ¿Con quién habla ella por la ventana? Vamos a decirle al inspector que ella habla con gente por la ventana en lugar de hacer la clase.
—Vamos a ver con quién habla —dijo otro de los niños y todos corrieron a la ventana.
Pero en cuanto asomaron sus caritas malhumoradas, Baco gritó con fuerza su "Euan, euoi-oi-oi-oi" y los niños se pusieron a llorar de miedo y se pisotearon unos a otros en su apuro por escapar por la puerta y saltar por las ventanas. Y después se comentó (no se sabe si es cierto) que no se volvió a ver a aquellos niños, pero que apareció un piño de cerditos que nadie había visto antes en esa parte del país.
—Ahora, querida mía —dijo Aslan a la maestra, y ella saltó por la ventana y se unió a ellos.
En el Dique de los Castores volvieron a cruzar el río y fueron hacia el este otra vez, a lo largo de la ribera sur. Se encaminaron hacia una cabañita ante cuya puerta había una niña llorando.
—¿Por qué lloras, mi amor? —preguntó Aslan. La niña no tuvo miedo, puesto que nunca había visto un león, ni siquiera en dibujos.
—Mi tía está muy enferma —dijo—, se va a morir.
Entonces Aslan se dirigió a la puerta de entrada, pero era demasiado baja para él. Introdujo la cabeza, empujó con sus hombros (Lucía y Susana cayeron al suelo cuando él hizo esto), levantó la casa entera y la puso a un lado. Y allí, dentro de su cama pero ahora al aire libre, se hallaba acostada una viejecita que parecía tener sangre de Enanos en sus venas. Estaba a las puertas de la muerte, mas cuando abrió sus ojos y vio la lustrosa y peluda cabeza del león mirándola a la cara, no gritó ni se desmayó.
—¡Oh, Aslan! —dijo—. Sabía que era verdad. He estado esperando este momento toda mi vida. ¿Has venido a llevarme contigo?
—Sí, querida —dijo Aslan—. Pero no en el viaje eterno todavía.
Y mientras le hablaba, así como el color comienza a insinuarse subiendo por debajo de una nube a los primeros rayos del sol, el rubor volvió lentamente a su pálido rostro, sus ojos brillaron alegres y se sentó.
—Bueno —dijo—, puedo asegurar que me siento muchísimo mejor. Creo que tomaré desayuno esta mañana.
—Aquí tienes, madre —dijo Baco, sumergiendo un cántaro en el pozo de la cabaña y pasándoselo para que bebiera. Pero ya no contenía agua sino un exquisito vino, rojo como jalea de grosellas, espeso como el aceite, fuerte como un toro, reconfortante como el té, fresco como el rocío.
—Eh, ¿qué le han hecho a nuestro pozo? —preguntó la anciana—. Es un buen cambio, no hay duda —agregó, saltando de la cama.
—Monta sobre mi lomo —invitó Aslan y, dirigiéndose a Lucía y a Susana, agregó—: Las dos reinas tendrán que correr ahora.
—Correremos. Nos gustará mucho también —dijo Susana. Y partieron.
Y así, por fin, con brincos y bailes y cantos, con música y risas y rugidos; con ladridos y relinchos, llegaron al lugar en que se encontraban las tropas de Miraz, con las manos en alto luego de haber arrojado al suelo sus armas, y el ejército de Pedro rodeándolos, conservando todavía sus armas en la mano, sin aliento, pero con una expresión de gran decisión y de profunda felicidad en sus rostros.
Y lo primero que sucedió fue que la anciana se dejó caer del lomo de Aslan y corrió hacia Caspian y ambos se abrazaron. Ella era su vieja niñera.