Ocaso de Luna

domingo, 25 de diciembre de 2005

Susurrado a la Luna por Desconocido @ 0:05


ASLAN HACE UNA PUERTA EN EL AIRE





Al ver a Aslan, los soldados Telmarinos se pusieron blancos como la cal, les temblaban las rodillas y varios cayeron de bruces. No habían creído en leones, lo que aumentaba su terror. Hasta los Enanos Rojos, que sabían que él venía en son de amistad, se quedaron con la boca abierta y sin habla. Algunos de los Enanos Negros que habían estado de parte de Nikabrik empezaron a escurrirse poco a poco. En cambio, las Bestias que Hablan bullían alrededor del León, con ronroneos, gruñidos, chillidos y relinchos de felicidad, acariciándolo con sus colas, frotándose contra él, tocándolo respetuosamente con sus narices y jugueteando por debajo de su cuerpo y entremedio de sus patas. Si has visto alguna vez a un gatito haciendo cariño a un perro grande al que conoce muy bien y en el cual confía, tendrás una idea exacta del comportamiento de las Bestias. Pedro, llevando de la mano a Caspian, se abrió paso entre el tropel de animales.
—Este es Caspian —dijo.
Y Caspian se arrodilló y besó la pata del León.


—Bienvenido, Príncipe —dijo Aslan—. ¿Te sientes capaz de tomar posesión de la Monarquía de Narnia?
—No..., no lo creo, Señor —respondió Caspian—. Soy sólo un niño.
—¡Magnífico! —dijo Aslan—. Si hubieras dicho que te creías preparado, habrías demostrado que no lo estás. Por tanto, bajo nosotros y bajo el gran Rey, serás Rey de Narnia, Señor de Cair Paravel y Emperador de las Islas Desiertas; tú y tus herederos mientras perdure tu raza. Y tu coronación...,pero ¿qué es eso?

Justo en ese momento se aproximaba una curiosa procesión de Once Ratones, seis de los cuales transportaban una especie de camilla hecha de ramas, no mucho más grande que una vértebra cervical. Nadie ha visto jamás ratones tan desconsolados como aquéllos. Estaban cubiertos de barro de pies a cabeza —algunos también de sangre—, caminaban con sus orejas gachas, los bigotes caídos, arrastrando sus colas por el pasto, y el que encabezaba el cortejo tocaba una melancólica melodía en su gaita. Lo que yacía en la camilla era muy poco más que un pobre montoncito de piel mojada; era todo lo que quedaba de Rípichip. Aún respiraba, pero más cercano a la muerte que a la vida, destrozado por incontables cuchilladas, una pata quebrada y, en el lugar donde antes estuvo su cola, un muñón envuelto en vendas.
—Ahora, Lucía —ordenó Aslan.
Lucía sacó en el acto su botellita de diamante. Aun cuando sólo se requería de una gota en cada una de las heridas de Rípichip, éstas eran tan numerosas que hubo un largo y angustioso silencio antes de que ella terminara la curación y que el Señor Ratón saltara de la camilla. Llevó con presteza su mano a la empuñadura de su espada y con la otra retorció sus bigotes, haciendo una reverencia.
—¡Salud, Aslan! —se escuchó su vocecita chillona—. Tengo el honor... —se interrumpió bruscamente.
El hecho era que aún le faltaba su cola; fuese porque Lucía lo olvidó o porque el cordial podía sanar heridas pero no hacer que una cola volviera a crecer, lo cierto es que Rípichip se dio cuenta de su pérdida al hacer la reverencia; es probable que la falta de cola alterase su equilibrio. Miró por encima de su hombro derecho. Como no lograba ver su cola, estiró el cuello hasta que tuvo que hacer girar los hombros y su cuerpo entero siguió la misma dirección; pero también sus cuartos traseros habían girado y quedaban fuera de su vista. Volvió a torcer el cuello tratando de mirar otra vez sobre el hombro, con igual resultado. Sólo después de darse vueltas en círculos tres veces comprendió la cruel verdad.
—Me siento muy confundido —dijo Rípichip, dirigiéndose a Aslan—. Estoy sumamente avergonzado. Imploro tu indulgencia por presentarme de manera tan indecorosa.
—Te ves muy bien, Pequeño —dijo Aslan.
—De todos modos —replicó Rípichip—, si se pudiera hacer algo... Quizás Su Majestad... —dijo, inclinándose ante Lucía.
—Pero ¿para qué quieres una cola? —preguntó Aslan.
—Señor —contestó el Ratón—, puedo comer y dormir y morir por mi Rey sin mi cola. Pero la cola es el honor y la gloria de un Ratón.
—A veces me pregunto, amigo —dijo Aslan—, si no te preocupas demasiado de tu honor.
—Supremo Rey de los grandes Reyes —dijo Rípichip—, permíteme recordarte que a los ratones se nos ha concedido un tamaño muy diminuto, y que si no cuidamos nuestra dignidad, algunos, que miden el valor en centímetros, se permitirían insólitas burlas a nuestras expensas. Por esa razón me he dado la molestia de hacer saber que quien desee sentir esta espada lo más cerca posible de su corazón, puede hablar en mi presencia sobre Trampas, Queso Caliente o Velas. No, Señor, ¡tales palabras no se las aceptaré ni siquiera al tonto de mayor altura que hay en Narnia!
Alzó sus ojos y los clavó con fiereza en Rompetiempo, pero el Gigante, que siempre se quedaba un poco atrás en las conversaciones, todavía no descubría de qué se hablaba a sus pies, y pasó por alto el mensaje.
—¿Puedes explicarme por qué tus compañeros han desenvainado sus espadas? —quiso saber Aslan.
—Con la venia de su Real Majestad —dijo el segundo Ratón, cuyo nombre era Chípicik—, estamos prontos esperando para cortar nuestras colas si nuestro jefe ha de pasarse sin la suya. No soportaremos la vergüenza de lucir un honor que le es negado al gran Ratón Supremo.
—¡Ah! —rugió Aslan—, ustedes me han conquistado; tienen un gran corazón. No ha de ser en consideración a tu dignidad, Rípichip, que recuperarás tu cola, sino al amor que hay entre tú y tu pueblo, y más aún a la bondad con que tu gente me ayudó hace mucho tiempo al roer las cuerdas que me ataban a la Mesa de Piedra; y fue entonces, aunque lo olvidaron con el transcurso de los años, que ustedes comenzaron a hablar.
Antes de que Aslan terminara de decir estas palabras, la nueva cola estaba en su lugar.
Pedro, cumpliendo las disposiciones de Aslan, confirió la Orden del León a Caspian, y Caspian en cuanto fue armado Caballero, la confirió a Cazatrufas, y a Trumpkin, y a Rípichip, y nombró al maestro Cornelius su Canciller; confirmó también el oficio hereditario de los Osos Panzones como Mariscales de los Campos de Batalla. Hubo un gran aplauso.
Más tarde, con firmeza pero sin burlas ni golpes, los soldados Telmarinos fueron conducidos a través del vado y encerrados bajo llave en el pueblo de Beruna, y se les dio a comer carne de vacuno, y a beber cerveza. Hicieron un gran alboroto durante el cruce del río, pues odiaban y temían a los ríos y mares tanto como a los bosques y animales. Pero al fin terminaron los problemas y comenzó la etapa más agradable de ese largo día.
Lucía, sentada junto a Aslan y sintiéndose maravillosamente cómoda, se preguntaba qué hacían los árboles. En un principio pensó que bailaban, simplemente; los veía girar lentamente dibujando dos círculos, uno de izquierda a derecha y otro de derecha a izquierda. Después observó que arrojaban algo al centro de ambos círculos. De pronto imaginaba que cortaban largas trenzas de sus cabellos; mas luego le parecía que quebraban pedazos de sus dedos... y si así era, tenían muchos dedos y no sentían dolor al arrancarlos. Lo que fuere, al tocar el suelo se convertía en maleza o en palos secos. Tres o cuatro Enanos Rojos trajeron sus yesqueros y prendieron fuego a la pira, que crujió, luego se encendió y finalmente rugió como hace una fogata en el bosque en plena noche de San Juan. Todos se sentaron en el amplio círculo en torno al fuego.
Entonces Baco y Silenus y las bacantes iniciaron su danza, mucho más salvaje que la de los árboles; no era una danza de mera entretención o belleza, aunque también lo era, sino una mágica danza de plenitud; y doquiera que sus manos tocaran, que sus pies se posaran, empezaba a brotar una cantidad de manjares para el banquete...: filetes de carne asada que llenaban el bosquecillo con su delicioso aroma; tortas de harina de trigo y tortas de harina de avena; miel y azúcar de diferentes colores, y crema espesa como un helado y suave como el agua quieta; duraznos, melocotones, granadas, peras, uvas, fresas, frambuesas, pirámides y cataratas de fruta. Luego, en grandes copones de madera y en tazones y escudillas, envueltos en guirnaldas de hiedra, venían los vinos: oscuros, espesos como jarabes de jugo de mora; rojos claros como rojas jaleas licuadas; vinos amarillos y vinos verdes, y amarillo-verdosos, y verde-amarillosos.
Pero para la gente-árbol había otras viandas. Cuando Lucía vio a Sacaterrón y sus topos escarbando con sus patas el césped en varios sitios, que Baco les había señalado, y comprendió que los Arboles iban a comer tierra, sintió un escalofrío. Pero al ver la tierra que les traían, se tranquilizó. Empezaron con un rico barro de color café que parecía chocolate; tan igual al chocolate era, que Edmundo probó un pedazo, pero no lo encontró nada de bueno. Cuando el rico barro hubo mitigado su hambre, los Arboles se dedicaron a una tierra semejante a la de Somerset, que es casi rosada. Dijeron que era más liviana y más dulce. A la hora de los quesos, comieron tierra cretosa; y luego vinieron las delicadas confituras de los más finos cascajos, espolvoreados con arena plateada de primera calidad. Bebieron muy poco vino, y los Acebos se pusieron muy parlanchines, pues la mayoría de ellos aplacaron su sed con largos tragos de rocío mezclado con lluvia, sazonado con flores de la selva y el sabor refrescante de las más tenues nubes.
Así fue como Aslan festejó a los Narnianos hasta bastante después de que el ocaso se desvaneciera a lo lejos; y que las estrellas comenzaran a asomar. La enorme fogata, ardiendo con más fuerza pero con menos ruido, brillaba como un fanal en los tenebrosos bosques; los aterrados Telmarinos lo veían desde lejos y se hacían toda clase de conjeturas acerca de su significado.
Lo mejor de esta fiesta fue que no se acabó, ni hubo despedidas, sino que a medida que la conversación se hacía más apacible y lenta, uno tras otro los invitados empezaron a cabecear y finalmente se quedaron dormidos, tendidos entre buenos amigos y con sus pies frente al fuego, hasta que reinó el silencio en todo el redondel, y se podía escuchar nuevamente la cháchara del agua al caer sobre las piedras en los Vados de Beruna. Mas Aslan y la Luna se contemplaron toda la noche con ojos muy abiertos y rebosantes de felicidad.
Al día siguiente se enviaron mensajeros por todo el país —en su mayoría ardillas y pájaros— con una proclama dirigida a los Telmarinos fugitivos, incluyendo, por cierto, a los prisioneros en Beruna. Se les comunicaba que Caspian era el Rey y que Narnia de ahora en adelante pertenecía por igual a los hombres y a las Bestias que Hablan, y a los Enanos y Dríades y Faunos y demás criaturas. El que quisiera quedarse bajo las nuevas condiciones, podría hacerlo; pero a los que desaprobaran la idea, Aslan les proporcionaría otro hogar. El que quisiera ir allí, debía acudir donde Aslan y los Reyes en los Vados de Beruna al mediodía del quinto día. ¿Se imaginan la perplejidad que este anuncio causó entre los Telmarinos? Algunos de ellos, sobre todo los más jóvenes, habían escuchado —como Caspian— los relatos de los Días Remotos y estaban encantados de que hubiesen vuelto; ya habían trabado amistad con las criaturas; todos ellos decidieron quedarse en Narnia. Pero muchos de los mayores, especialmente aquellos que habían sido importantes bajo el reinado de Miraz, pusieron mala cara, pues no querían vivir en un país donde no tendrían ningún poder. "Vivir aquí, con un montón de malditos animales amaestrados, ¡por ningún motivo!", decían. "Y con fantasmas, además", agregaban otros, estremeciéndose. "Es lo que son realmente esas Dríades. No es prudente". Eran asimismo muy suspicaces: "no me fío de ellos", decían, "con aquel horrible León y todo lo demás. No lograríamos escapar de sus garras por mucho tiempo, ya lo verán". Desconfiaban de igual modo de su oferta de darles un nuevo hogar: "nos llevará a su guarida y nos comerá uno por uno, es lo más probable", murmuraban. Y mientras cundían los comentarios entre ellos, más malhumorados estaban y más desconfiados. Pero el día de la cita se presentó más de la mitad.
En un confín del claro, Aslan hizo colocar dos estacas de madera, que sobrepasaban la estatura de un hombre, y a una distancia de un metro una de la otra. Un tercer trozo de madera, más liviano, fue clavado atravesado en la parte superior para unir ambas estacas y formar una especie de puerta de entrada desde la nada hacia la nada. Frente a ella, se hallaba el propio Aslan, de pie, con Pedro a su derecha y Caspian a su izquierda. Agrupados a su alrededor estaban Susana y Lucía, Trumpkin y Cazatrufas, el señor Cornelius, el Centauro Vendaval, Rípichip y otros más. Los niños y los Enanos habían hecho buen uso de las ropas guardadas en los armarios reales en lo que había sido antes el castillo de Miraz y que era ahora el castillo de Caspian, y con tanta seda y telas de oro, con esa ropa interior alba como la nieve que sobresalía de sus mangas acuchilladas, con cotas de plata y espadas con empuñaduras cuajadas de joyas, con yelmos dorados y sombreros emplumados, relucían hasta hacer doler los ojos. También las bestias lucían ricas cadenas alrededor de sus cuellos. Sin embargo, nadie reparaba en ellos ni en los niños. El oro suave y lleno de vida de la melena de Aslan los opacaba a todos. El resto de los Antiguos Narnianos permanecía atrás, a ambos lados del claro del bosque. Al fondo, los Telmarinos. El Sol brillaba con toda su fuerza, y los penachos flamearon movidos por la ligera brisa.
—Hombres de Telmar —dijo Aslan—. Ustedes que buscan una nueva tierra, escúchenme. Los enviaré a su propio país, que yo conozco y ustedes no.
—No recordamos Telmar. No sabemos dónde está. No sabemos cómo es —rezongaban los Telmarinos.
—Ustedes vinieron a Narnia desde Telmar —explicó Aslan—. Pero llegaron a Telmar desde otro lugar. Ustedes no pertenecen en absoluto a este mundo. Vinieron acá, varias generaciones atrás, del mismo mundo al que pertenece el gran Rey Pedro.
Al escucharlo, la mitad de los Telmarinos gimieron: "Ahí tienen. Yo les advertí. Nos va a matar y nos mandará a todos fuera de este mundo"; y los demás sacaron pecho y dándose golpecitos en la espalda, murmuraron: "Ahí tienen. Deberíamos haber adivinado que no pertenecíamos a este lugar repleto de extrañas criaturas, sucias e inhumanas. Nosotros tenemos sangre real, ya verán". Y hasta Caspian y Cornelius y los niños se volvieron hacia Aslan con mirada atónita.
—Paz —dijo Aslan, con esa voz baja que casi era un gruñido.
La tierra pareció temblar levemente y todo ser viviente dentro del bosquecillo se quedó inmóvil como estatua de piedra.
—Tú, Señor Caspian —continuó Aslan—, deberías saber que no podrías ser el verdadero Rey de Narnia a menos que, como los Reyes de antaño, fueras un hijo de Adán y procedieras del mundo de los hijos de Adán. Y así es. Hace muchos años, en un mar profundo en aquel mundo, llamado el Mar del Sur, un barco tripulado por piratas fue arrastrado por la tormenta hasta una lejana isla. Allí hicieron lo que hacen todos los piratas: asesinaron a los nativos y tomaron a las nativas por esposas. Preparaban vino de palmera, lo bebían y se emborrachaban; se dormían a la sombra de las palmas y al despertar se peleaban y a veces se mataban entre ellos. Al cabo de una de esas riñas, expulsaron a seis piratas, que se marcharon con sus mujeres hacia el centro de la isla, escalaron una montaña e intentaron esconderse dentro de lo que les pareció ser una cueva. Pero no era una cueva sino uno de los sitios mágicos de aquel mundo, una de las grietas o abismos que hay entre ese mundo y éste. Antiguamente había numerosas grietas y abismos entre los mundos, pero ahora son muy escasos. Este era uno de los últimos que quedaban: no he dicho que fuera el último. Y así fue como cayeron, o subieron, o tropezaron, o resbalaron por el punto preciso, y se encontraron en este mundo, en la Tierra de Telmar, que en esa época estaba despoblada. La razón por la cual estaba despoblada es una larga historia; no se la contaré ahora. Sus descendientes hicieron su morada en Telmar y formaron un pueblo que llegó a ser cruel y orgulloso; al paso de muchas generaciones, una terrible hambruna asoló Telmar, y sus habitantes invadieron Narnia, donde reinaba entonces un gran desorden (pero esa también es otra larga historia), la conquistaron y la gobernaron. ¿Has entendido bien lo que digo, Rey Caspian?
—Por cierto, Señor —dijo Caspian—. Siempre anhelé provenir de un linaje más honorable.
—Provienes del Señor Adán y de la Señora Eva —dijo Aslan—. Lo que es un gran honor como para hacer erguir la cabeza al más mísero pordiosero, pero también una vergüenza para hacer agachar la cabeza al más noble emperador de la Tierra. Puedes estar contento.
Caspian hizo una reverencia.
—Y ahora —dijo Aslan—, hombres y mujeres de Telmar, ¿quieren volver a esa isla en el mundo de los hombres de donde vinieron sus padres? No crean que es un mal lugar. Ya se ha extinguido la raza de aquellos piratas que la habitaron y ahora la isla está despoblada. Hay buenos pozos de agua fresca, fértiles suelos, madera para construir y peces en las lagunas; los demás hombres de ese mundo aún no la descubren. El abismo está abierto para vuestro regreso; pero les advierto que una vez que lo hayan atravesado se cerrará tras ustedes para siempre. No habrá más intercambio entre los mundos a través de esa puerta.
Se hizo un profundo silencio. De pronto un joven soldado Telmarino, corpulento y bien parecido, se adelantó.
—Yo acepto la oferta —dijo.
—Has escogido bien —dijo Aslan—. Y por haber sido el primero, recibirás la protección de una poderosa magia. Se abre un buen futuro para ti en ese mundo. Avanza.
El hombre se aproximó, muy pálido. Aslan y su corte se apartaron abriéndole paso hacia la vacía puerta de estacas.
—Pasa, hijo mío —dijo Aslan, inclinándose hacia él y tocando su nariz con la suya. Al recibir el aliento del León, los ojos del soldado se iluminaron con una nueva mirada, asombrado pero feliz. Parecía tratar de recordar algo. Luego se cuadró de hombros y se encaminó a la puerta.
Todas las miradas estaban fijas en él. Vieron los tres pedazos de madera y a través de ellos los árboles y el pasto y el cielo de Narnia. Vieron al hombre parado entre dos estacas y de pronto, en un segundo, se había desvanecido completamente.
Desde el otro confín del claro, los demás Telmarinos hicieron oír sus lamentos. "¡Ay! ¿Qué le ha pasado? ¿Pretendes asesinarnos? No iremos por ese camino". Y uno de los más listos dijo:
—No vemos ningún otro mundo a través de esos palos. Si quieres que creamos que existe, ¿por qué no va uno de ustedes? Todos tus amigos se mantienen a buena distancia de las estacas.
En el acto se adelantó Rípichip, haciendo una reverencia.
—Si mi ejemplo puede servir de algo, Aslan —dijo—, llevaré sin tardar a once ratones a través de aquel arco, en cuanto tú lo ordenes.
—No, pequeño —dijo Aslan, colocando su pata aterciopelada con infinita delicadeza sobre la cabeza de Rípichip—. Te harían cosas horribles en ese mundo; te mostrarían en las ferias. Son otros los que deben ir primero.
—Vámonos —dijo súbitamente Pedro a Edmundo y Lucía—. Llegó nuestra hora.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Edmundo.
—Por aquí —dijo Susana, que parecía saber de qué se trataba—. Volvamos al bosque. Tenemos que cambiarnos.
—¿Cambiar qué? —preguntó Lucía.
—Nuestra ropa, por supuesto —respondió Susana—. ¡Qué pareceríamos vestidos así en el andén de una estación inglesa!
—Pero nuestra ropa se encuentra en el castillo de Caspian —arguyó Edmundo.
—No, no está allí —replicó Pedro, encabezando la marcha rumbo a la espesura del bosque—. Está todo acá. La trajeron en un paquete esta mañana. Estaba todo arreglado.
—¿De eso les hablaba Aslan a ti y a Susana esta mañana? —preguntó Lucía.
—Sí..., eso y otras cosas —repuso Pedro, con un aire muy solemne—. No les puedo contar todo; había cosas que quería decirnos a Su y a mí porque nosotros no volveremos a Narnia.
—¿Nunca más? —gritaron Edmundo y Lucía, consternados.
—Ustedes dos volverán —contestó Pedro—. Por lo menos, por algo que él dijo, estoy seguro de que ustedes volverán algún día. Pero Su y yo, no. Dijo que ya no somos niños, que hemos crecido demasiado.
—Oh Pedro —dijo Lucía—, qué mala suerte tienes. ¿Podrás soportarlo?
—Sí, creo que sí —dijo Pedro—. Es muy distinto a lo que yo esperaba. Ya lo entenderás cuando te toque a ti. Y ahora, rápido, aquí está nuestra ropa.
Era tan raro, y harto desagradable, quitarse sus ropajes reales y volver con los uniformes de colegio (bastante arrugados) ante la gran asamblea. Uno que otro entre los Telmarinos más antipáticos se burló de ellos. Pero las otras criaturas los vitorearon y se pusieron de pie en homenaje a Pedro el gran Rey, y la Reina Susana del Cuerno, y el Rey Edmundo y la Reina Lucía. La despedida fue muy cariñosa y (de parte de Lucía) hubo lágrimas al decir adiós a todos sus viejos amigos. Recibieron besos de los animales, abrazos de los Osos Panzones, apretones de mano de Trumpkin y un último abrazo cosquilloso entre los bigotes de Cazatrufas. Y, por supuesto, Caspian ofreció a Susana devolverle su Cuerno y, por supuesto, Susana le dijo que lo guardara para él. Y luego llegó el momento maravilloso y terrible a la vez de despedirse de Aslan.
Pedro tomó su lugar mientras Susana apoyaba sus manos en los hombros de Pedro, y Edmundo en los de ella, y Lucía en los de Edmundo, y el primer Telmarino en los de Lucía; y así, en una larga fila, caminaron hacia la puerta. Los momentos siguientes son difíciles de describir, ya que a los niños les parecía ver tres imágenes al mismo tiempo. Una era la boca de una cueva que se abría al deslumbrante verde y azul de una isla en el Pacífico, a la que llegarían los Telmarinos en cuanto cruzaran la puerta. La segunda era el claro del bosque en Narnia, las caras de los Enanos y de las Bestias, los ojos profundos de Aslan y las manchas blancas en las mejillas del Tejón. Pero la tercera (que hizo desaparecer al instante las otras dos imágenes) era la gris superficie de ripio de un andén de estación de ferrocarril rural; un banco rodeado de baúles donde se encontraban ellos mismos sentados, como si jamás se hubieran movido de allí. El andén les pareció al principio un poco aburrido y triste después de todas las aventuras que habían vivido, pero también inesperadamente agradable dentro de todo, gracias a ese olor familiar del tren, y al cielo inglés, y al período de otoño que se avecinaba.
—Bueno —dijo Pedro—. Lo pasamos harto bien.
—¡Qué tontería! —exclamó Edmundo—, dejé mi linterna nueva en Narnia.

FIN

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