Susurrado a la Luna por Desconocido @ 15:22
Texto de Paulo Coelho
Veronika regresó a su lugar y esperó a que la vigilante volviera a concentrarse en el libro. ¿Qué era un loco? No tenía la menor idea, porque esa palabra se utilizaba de una manera completamente anárquica: decían, por ejemplo, que ciertos deportistas estaban locos por desear superar récords. O que los artistas eran locos porque vivían de una manera insegura, inesperada, diferente de todos los Normales». Por otro lado, Veronika ya había visto a mucha gente andando por las calles de Ljubljana, mal abrigada durante el invierno, predicando el fin del mundo y empujando carritos de supermercado llenos de bolsas y trapos.
No tenía sueño. Según el médico, había dormido casi una semana, demasiado tiempo para quien estaba habituado a una vida sin grandes emociones pero con horarios rígidos de descanso. ¿Qué era un loco? Quizás fuera mejor preguntárselo a uno de ellos.
Veronika se agachó, retiró la aguja clavada en su brazo y se fue hasta donde estaba Zedka, intentando no hacer caso a su estómago, que empezaba a dar vueltas; no sabía si. el mareo era el resultado de su corazón debilitado o del esfuerzo que estaba haciendo.
-No sé lo que es un loco -susurró Veronika-, pero yo no lo soy. Soy una suicida frustrada.
-Loco es quien vive en un mundo propio. Como los esquizofrénicos, los psicópatas, los maníacos. O sea, personas que son diferentes de las demás.
-¿Como tú?
-Sin embargo -continuó Zedka, fingiendo no haber oído el comentario-, ya debes de haber oído hablar de Einstein, que afirmaba que no había tiempo ni espacio, sino una fusión de ambos. O de Colón, que aseguraba que al otro lado del mar no había un abismo, sino un continente. O de Edmund Hillary, que confirmaba que un hombre podía llegar a la cumbre del Everest. O de los Beatles, que crearon una música diferente y se vestían de manera totalmente innovadora. Todas estas personas, y millares de otras, también vivían en su mundo.
«Esta demente está diciendo cosas con sentido», pensó Veronika, acordándose de las historias que su madre le contaba acerca de santos que afirmaban hablar con Jesús o con la Virgen María. ¿Vivían en un mundo aparte?
-Una vez vi a una mujer con un vestido rojo, escotado, con los ojos vidriosos, andando por las calles de Ljubljana cuando el termómetro marcaba cinco grados bajo cero. Pensé que estaría borracha y fui a ayudarla, pero ella rechazó mi abrigo.
-Quizás en su mundo fuese verano, y su cuerpo estuviera caliente por el deseo de alguien a quien esperaba. Y aunque esa otra persona existiese apenas en su delirio, ella tiene el derecho de vivir y morir como quiera, ¿no crees?
Veronika no sabía qué decir, pero las palabras de aquella loca tenían sentido. ¿Quién sabe si no era la misma mujer que había visto semidesnuda en las calles de Ljubljana?
-Te contaré una historia -dijo Zedka-. Un poderoso hechicero, queriendo destruir un reino colocó una poción mágica en un pozo del que todos sus habitantes bebían. Quien tomase aquella agua, se volvería loco.
»A la mañana siguiente, toda la población bebió y todos enloquecieron, menos el rey, que tenía un pozo privado para él y su familia, donde el hechicero no había conseguido entrar El monarca, preocupado, intentó controlar a la población ordenando una serie de medidas de seguridad y de salud pública, pero los policías e inspectores habían bebido el agua envenenada, y juzgando absurdas las disposiciones reales, decidieron no respetarlas de manera alguna.
»Cuando los habitantes de aquel reino se enteraron del contenido de los decretos, quedaron convencidos de que el soberano había enloquecido y por eso disponía cosas sin sentido. A gritos fueron hasta el castillo exigiendo que renunciase.
»Desesperado, el rey se declaró dispuesto a dejar el trono, pero la reina lo impidió diciendo: «Vayamos ahora hasta la fuente y bebamos también. Así nos volveremos iguales a ellos.»
»Y así se hizo: el rey y la reina bebieron el agua de la locura y empezaron inmediatamente a decir cosas sin sentido. Al momento sus súbditos se arrepintieron: ahora que el rey estaba mostrando tanta sabiduría, ¿por qué no dejarle gobernar?
»El país continuó en calma, aunque sus habitantes se comportasen de manera muy diferente a sus vecinos. Y el rey pudo gobernar hasta el fin de sus días.
Veronika se rió.
-Tú no pareces loca -dijo.
-Pero lo soy, aunque esté siendo curada, porque mi caso es simple: basta recolocar en el organismo una determinada sustancia química. Sin embargo, espero que esa sustancia se limite tan sólo a resolver mi problema de depresión crónica; quiero continuar loca viviendo mi vida de la manera que yo sueño y no de la manera en que otros desean. ¿Sabes lo que hay allá afuera, detrás de los muros de Villete?
-Gente que bebió del mismo pozo. -Exactamente -dijo Zedka-. Creen que son normales porque todos hacen lo mismo. Voy a fingir que también bebí de aquella agua.
-Pues yo bebí y éste es, justamente, mi problema. Nunca tuve depresión, ni grandes alegrías o tristezas que durasen mucho. Mis problemas son iguales a los de todo el mundo.
Zedka permaneció en silencio unos momentos y luego replicó:
-Tú vas a morir, nos dijeron.
Veronika vaciló un instante: ¿podría confiar en aquella extraña? Pero tenía que arriesgarse. -Sólo dentro de cinco o seis días. Estoy pensando si existe un medio de morir antes. Si tú, o alguien de aquí dentro, consiguiera obtener nuevos comprimidos, estoy segura de que mi corazón no lo soportaría esta vez. Comprende todo lo que estoy sufriendo por estar esperando la muerte, y ayúdame.
Antes de que Zedka pudiese responder, la enfermera apareció con una jeringuilla en la mano.
-Puedo inyectársela yo misma -dijo-. Pero si no hubiera colaboración, puedo pedir a los guardas de allí afuera que me ayuden.
-No malgastes tus energías -le recomendó Zedka a Veronika-. Guarda tus fuerzas si quieres conseguir lo que me pides.
Veronika se levantó, volvió a su cama y dejó que la enfermera cumpliese su tarea.
Fue su primer día normal en un asilo de locos. Salió de la enfermería y tomó café en el gran refectorio donde hombres y mujeres comían juntos. Observó que, al contrario de lo que solía mostrarse en las películas sobre el tema (escándalos, griterío, personas haciendo gestos demenciales), todo parecía envuelto en un aura de silencio opresivo; daba la impresión de que nadie deseara compartir su mundo interior con extraños.
Después de un desayuno de calidad aceptable (no se podía culpar a las comidas de la pésima fama de Villete), salieron todos a tomar el sol. A decir verdad, no había sol en absoluto: la temperatura estaba bajo cero y el jardín se encontraba cubierto de nieve.
-No estoy aquí para conservar mi vida, sino para perderla -dijo Veronika a uno de los enfermeros.
-Aún así, tiene que salir para el baño de sol. -Ustedes sí que están locos, ¡no hay sol!
-Pero hay luz, y la luz ayuda a calmar a los internos. Por desgracia nuestro invierno es muy largo; si no fuera así, tendríamos menos trabajo.
Era inútil discutir: salió y caminó un poco mirando todo a su alrededor, buscando disimuladamente una manera de huir El muro era alto, como exigían los constructores de cuarteles antiguos, pero las garitas para centinelas estaban desiertas. El jardín estaba bordeado por edificios de apariencia militar, que en la actualidad albergaban enfermerías masculinas, femeninas, las oficinas de la administración y las dependencias de los empleados. Al acabar una primera y rápida inspección, notó que el único lugar realmente vigilado era el portón principal, donde dos guardias verificaban la identidad de todos los que entraban y salían.
Todo parecía irse ordenando en su cerebro. Para hacer un ejercicio de memoria, intentó acordarse de pequeñas cosas, como el lugar donde dejaba la llave de su cuarto, el último disco que había comprado, el último pedido que le habían hecho en la biblioteca.
-Soy Zedka -dijo una mujer acercándose.
La noche anterior no había podido ver su rostro, pues estuvo agachada al lado de la cama durante todo el tiempo que duró la conversación. Ella debía de tener unos treinta y cinco años y parecía absolutamente normal.
-Espero que la inyección no te haya causado mucho problema. Con el tiempo el organismo se acostumbra, y los calmantes pierden su efectividad.
-Estoy bien.
-En relación con lo que me pediste en nuestra conversación de anoche, ¿te acuerdas?
-Perfectamente.
Zedka la tomó del brazo y comenzaron a caminar juntas, por entre los muchos árboles sin hojas del patio. Más allá de los muros se podían vislumbrar las montañas ocultas tras las nubes.
-Hace frío, pero es una bonita mañana -dijo Zedka-. Es curioso, pero mi depresión nunca aparecía en días como éste, nublados, grises, fríos. Cuando el tiempo estaba así, yo sentía que la naturaleza estaba de acuerdo conmigo, mostraba mi alma. Por otro lado, cuando aparecía el sol, los niños empezaban a jugar por las calles y todos estaban contentos con la belleza del día, yo me sentía muy infeliz. Como si fuera injusto que toda aquella exuberancia se mostrara y yo no pudiera participar.
Con delicadeza, Veronika se soltó del brazo de la mujer No le gustaban los contactos físicos.
-Has interrumpido tu primera frase, cuando hablabas de mi pedido.
-Hay un grupo ahí dentro. Son hombres y mujeres que ya podrían recibir el alta, estar en sus casas, pero no quieren salir. Sus razones son numerosas: Villete no está tan mal como dicen, aunque esté lejos de ser un hotel de cinco estrellas. Aquí dentro, todos pueden decir lo que piensan, hacer lo que desean sin oír ningún tipo de crítica, puesto que, al fin y al cabo, están internados en un manicomio. Entonces, cuando se producen las inspecciones ordenadas por el gobierno, estos hombres y mujeres actúan como si tuvieran un alto grado de insania peligrosa, ya que muchos de ellos están aquí a cargo del Estado. Los médicos lo saben, pero parece que existe una orden de los dueños para dejar que la situación continúe como está, puesto que existen más plazas que enfermos.
-¿Y ellos me podrían conseguir las pastillas?
-Procura entrar en contacto con ellos. Llaman a su grupo la Fraternidad.
Zedka señaló a una mujer de cabellos blancos que charlaba animadamente con otras mujeres más jóvenes.
-Se llama Mari, y es de la Fraternidad. Pregúntale a ella.
Veronika intentó dirigirse hacia ella, pero Zedka la detuvo.
-Ahora no: se está divirtiendo. No interrumpirá lo que le gusta sólo para ser simpática con una extraña. Si reacciona mal, nunca más tendrás la oportunidad de aproximarte. Los locos siempre confían en la primera impresión.
Veronika se rió por la entonación que Zedka había dado a la palabra «locos» . Pero se quedó preocupada, porque todo aquello le estaba pareciendo normal y hasta demasiado bueno. Después de tantos años yendo del trabajo al bar, del bar a la cama de un amante, de la cama para el cuarto, del cuarto a la casa de la madre, ahora ella estaba viviendo una experiencia con la que nunca había soñado: el asilo, la locura, el manicomio. Un lugar donde las personas no tenían vergüenza de confesarse locas, donde nadie interrumpía lo que le gustaba hacer sólo para ser simpático a los otros.
Empezó a dudar de si Zedka estaría hablando en serio o sería sólo una forma que los enfermos mentales adoptan para fingir que viven en un mundo mejor que los otros. Pero ¿qué importancia tenía eso? Estaba viviendo algo interesante, diferente, jamás esperado. Imagínense: ¡un lugar donde las personas se fingen locas para hacer exactamente lo que quieren!
En ese mismo instante, a Veronika le dio un vuelco el corazón. Las palabras del médico volvieron inmediatamente a su pensamiento, y ella se asustó.
-Quiero caminar sola -le comunicó a Zedka. A fin de cuentas, ella también era una «loca» y no tenía por qué estar queriendo agradar a nadie.
La mujer se alejó, y Veronika se quedó contemplando las montañas tras los muros de Villete. Una leve voluntad de vivir pareció surgir, pero Veronika la apartó de su mente con determinación.
«Tengo que conseguir pronto los comprimidos.»
Reflexionó sobre su situación allí, que estaba lejos de ser la ideal. Aunque le brindaran la posibilidad de vivir todas las locuras que le vinieran en gana, no sabría qué hacer.
Nunca había padecido locura alguna.