Ocaso de Luna

martes, 13 de junio de 2006

Susurrado a la Luna por Desconocido @ 15:23


Texto de Paulo Coelho


Después de permanecer algún tiempo en el jardín, volvieron al refectorio y comieron. Luego los enfermeros acompañaron a hombres y mujeres hasta una gigantesca sala de estar, con ambientes diversos: mesas, sillas, sofás, un piano, una televisión, y amplias ventanas desde donde se podía contemplar el cielo gris y las nubes bajas. Ninguna de ellas tenía rejas porque la sala comunicaba con el jardín. Las puertas estaban cerradas por causa del frío, pero bastaba girar la manija y se podía salir para caminar de nuevo entre los árboles.
La mayor parte de los internos se instalaron frente al televisor Otros se quedaron mirando el vacío, algunos conversaban en voz baja consigo mismos, pero ¿quién no ha hecho eso en algún momento de su vida? Veronika observó que la mujer más vieja, Mari, estaba ahora junto a un grupo mayor en una de las esquinas de la gigantesca sala. Algunos de los internos paseaban por allí cerca, y Veronika los imitó; quería escuchar lo que hablaban.
Procuró disimular al máximo sus intenciones, pero cuando se acercó todos se callaron y la miraron.
-¿Qué es lo que quiere? -preguntó un señor anciano, que parecía ser el líder de la Fraternidad (si es que el tal grupo realmente existía y Zedka no estaba más loca de lo que aparentaba).
-Nada, sólo estaba pasando.
Todos intercambiaron miradas e hicieron algunos gestos exagerados con la cabeza. Uno comentó a otro: «ella sólo estaba pasando», otro lo repitió en voz más alta y al poco tiempo todos estaban gritando juntos la misma frase.
Veronika no sabía qué hacer y se quedó paralizada de miedo. Un enfermero fuerte y malcarado se acercó para ver lo que sucedía.
-Nada -respondió uno del grupo-. Ella sólo estaba pasando. ¡Está parada ahí, pero continuará pasando!
El grupo entero estalló en carcajadas. Veronika asumió un aire irónico, sonrió, dio media vuelta y se alejó para que nadie notase que sus ojos se llenaban de lágrimas. Salió directamente al jardín, sin abrigarse. Un enfermero intentó convencerla de que volviese, pero pronto apareció otro que le susurró algo y los dos se alejaron, dejándola a la intemperie. No valía la pena molestarse en cuidar la salud de una persona condenada.
Veronika se hallaba confusa, tensa, irritada consigo misma. Jamás se había dejado llevar por provocaciones; había aprendido muy pronto que era preciso mantener el aire frío y distante siempre que se presentaba una situación nueva. Aquellos locos, sin embargo, habían conseguido hacer que sintiese vergüenza, miedo, rabia, ganas de matarlos, de herirlos con palabras que no hubiera osado decir.
Quizás las pastillas, o el tratamiento para arrancarla del estado de coma, la hubiesen transformado en una mujer frágil, incapaz de reaccionar por sí misma. ¡Ya había enfrentado situaciones mucho peores en su adolescencia y, por primera vez, no había conseguido controlar el llanto! Necesitaba volver a ser quien era, saber reaccionar con prestancia, fingir que las ofensas nunca la herían, pues ella era superior a todos. ¿Quién de aquel grupo hubiera tenido el coraje de desear la muerte? ¿Quiénes de aquellas personas podían querer enseñarle algo sobre la vida, si estaban todas escondidas tras los muros de Villete? Nunca dependería para nada de su ayuda, aunque tuviera que esperar cinco o seis días para morir.
Un día ya pasó. Quedan apenas cuatro o cinco.»Anduvo un poco, dejando que el frío intenso entrase en su cuerpo y calmara la sangre que circulaba de prisa, el corazón que latía demasiado rápido.
«Muy bien, aquí estoy yo, con las horas literalmente contadas y concediendo importancia a los comentarios de gente que nunca vi y que en breve nunca más veré. Y yo sufro, me irrito, quiero atacarlos y defenderme. ¿Para qué perder el tiempo con todo esto?»
La realidad, no obstante, era que estaba malgastando el escaso tiempo que le restaba en luchar por su espacio en un ambiente extraño donde era preciso resistir o, en caso contrario, los otros impondrían sus reglas.
«No es posible. Yo nunca fui así. Yo nunca luché por nimiedades:»
Se detuvo en medio del gélido jardín. Justamente porque consideraba que la realidad era un absurdo, había terminado aceptando lo que la vida le había impuesto de manera natural. En la adolescencia, pensaba que era demasiado pronto para escoger; ahora, en plena juventud, se había convencido de que era demasiado tarde para cambiar ¿Y en qué había gastado su energía hasta ese momento? En intentar que todo en su vida continuase igual. Había sacrificado muchos de sus deseos para que sus padres la continuasen queriendo como la querían de pequeña, aún sabiendo que el verdadero amor cambia con el tiempo y crece y descubre nuevas maneras de expresarse. Cierto día, cuando había escuchado a su madre decir entre sollozos que su matrimonio había acabado, Veronika fue a buscar al padre, lloró, amenazó y finalmente le arrancó la promesa de que él no se iría de la casa, sin pensar en el alto precio que los dos debían de estar pagando por causa de eso.
Cuando decidió buscar un empleo, dejó pasar una tentadora oferta de una empresa que acababa de instalarse en su recién creado país para aceptar el trabajo en la biblioteca pública donde el dinero era escaso pero seguro. Iba a trabajar todos los días en el mismo horario, siempre dejando claro a sus jefes que no la viesen como una amenaza. Ella estaba satisfecha, no aspiraba a luchar para crecer; todo lo que deseaba era su sueldo a fin de mes.
Alquiló el cuarto en el convento porque las monjas exigían que todas las inquilinas regresaran a una hora determinada y después cerraban la puerta con llave: quien se quedara afuera tendría que dormir en la calle. Así ella siempre podía dar una disculpa verdadera a sus sucesivos amantes para no verse obligada a pasar la noche en hoteles o camas extrañas.
Cuando soñaba con casarse, se imaginaba siempre en un pequeño chalet en las afueras de Ljubljana, con un hombre que fuese diferente de su padre, que ganase sólo lo suficiente para mantener a su familia y que fuera feliz con el hecho de estar los dos juntos en una casa con el hogar encendido, contemplando las montañas cubiertas de nieve.
Se había educado a sí misma para dar a los hombres una cantidad exacta de placer: ni más, ni menos, apenas el necesario. No sentía rabia hacia nadie, porque eso hubiera significado tener que reaccionar, combatir a un enemigo y después soportar consecuencias imprevisibles, como la venganza.
Y cuando obtuvo cuanto deseaba en la vida, llegó a la conclusión de que su existencia no tenía sentido, porque todos los días eran iguales, y decidió morir.
Veronika volvió a entrar y se dirigió al grupo que se encontraba reunido en una de las esquinas de la sala. Las personas conversaban animadamente, pero se callaron cuando ella se aproximó.
Se dirigió directamente hacia el hombre más viejo, que parecía ser el jefe. Antes de que nadie pudiese detenerla, le dio un sonoro bofetón.
-¿Va a reaccionar? -preguntó bien alto, para que la oyesen todos en la sala-. ¿Va a hacer algo?
-No. -El hombre se pasó la mano por la cara. Un pequeño hilo de sangre se escurría de su nariz-. Tú no nos vas a perturbar por mucho tiempo.
Ella dejó la sala de estar y caminó hacia la enfermería con aire triunfante. Había hecho algo que jamás había realizado antes en su vida.
Tres días habían pasado desde el incidente con el grupo que Zedka llamaba la Fraternidad. Estaba arrepentida de la bofetada, pero no por miedo a la reacción del hombre, sino porque había hecho algo diferente. Si seguía así podía terminar convencida de que la vida valía la pena, y sería un sufrimiento inútil, ya que tenía que partir de este mundo de cualquier manera.
Su única salida fue alejarse de todo y de todos, intentar de todas las formas ser como era antes, obedecer las órdenes y los reglamentos de Villete. Se adaptó a la rutina impuesta por la clínica: levantarse temprano, desayuno, paseo por el jardín, almuerzo, sala de estar, nuevo paseo por el jardín, cena, televisión y cama.
Antes de dormir, una enfermera aparecía siempre con medicamentos. Todas las otras mujeres tomaban comprimidos, ella era la única a quien aplicaban una inyección. Nunca protestó; sólo quiso saber por qué le prescribían tanto calmante, ya que nunca había tenido dificultades para conciliar el sueño. Le explicaron que la inyección no era un somnífero, sino un remedio para su corazón.
Y así, al aceptar obedientemente la rutina, los días del hospital fueron tornándose iguales y, al ser iguales, transcurrían más rápidamente. En dos o tres días más ya no sería necesario cepillarse los dientes o peinarse. Veronika percibía cómo su corazón se iba debilitando rápidamente: perdía el aliento con facilidad, sentía dolores en el pecho, no tenía apetito y se mareaba al hacer cualquier esfuerzo.
Después del incidente con la Fraternidad había llegado a pensar algunas veces: «Si yo pudiera elegir, si hubiera comprendido que mis días eran iguales porque así yo lo deseaba, tal vez...»
Pero la respuesta era siempre la misma: «No hay tal vez porque no hay elección.» Y la paz interior volvía, porque todo estaba determinado.
En ese período desarrolló una relación (no una amistad, porque la amistad exige una larga convivencia, y eso sería imposible) con Zedka. Jugaban a las cartas (lo que ayuda a que el tiempo transcurra más velozmente) y a veces paseaban juntas, en silencio, por el jardín.
Aquel día por la mañana, después del desayuno, todos salieron para tomar «el baño de sol», conforme exigía el reglamento. Un enfermero, sin embargo, pidió a Zedka que volviese a la enfermería, pues era el día del «tratamiento».
Veronika estaba acabando de tomar el café con ella y lo escuchó.
-¿Qué es ese tratamiento?
-Es un método antiguo, de la década de los sesenta, pero los médicos piensan que puede acelerar la recuperación. ¿Quieres verlo?
-Pero tú dijiste que tenías depresión. ¿No es suficiente tomar la medicina para reponer la sustancia que falta?
-¿Quieres verlo? -insistió Zedka.
Si accedía, se saldría de la rutina, pensó Veronika. Descubriría nuevas cosas cuando ya no necesitaba aprender nada, sólo tener paciencia. Pero su curiosidad fue más fuerte, y ella asintió con la cabeza.
-¡Esto no es una exhibición! -protestó el enfermero.
-Ella va a morir Y no vivió nada. Deja que venga con nosotros.
Veronika presenció cómo la mujer era atada a su cama, sin que la sonrisa abandonara sus labios.
-Cuéntale lo que pasa -dijo Zedka al enfermero- para que no se asuste.
Él se dio la vuelta y mostró una jeringa. Parecía feliz de ser tratado como un médico que explica a los practicantes los procedimientos correctos y los tratamientos adecuados.
-En esta jeringa hay una dosis de insulina -explicó, confiriendo a sus palabras un tono grave y profesional-. Es usada por los diabéticos para combatir las altas tasas de azúcar Sin embargo, cuando la dosis es mucho más elevada que lo habitual, la caída en el nivel de azúcar puede provocar un estado de coma.
Luego golpeó levemente la aguja, retiró el aire y la aplicó en la vena del pie derecho de Zedka.
-Y eso es lo que va a suceder ahora. Ella entrará en un coma inducido. No se asuste si sus ojos se ponen vidriosos y no espere que la reconozca mientras esté bajo los efectos de la medicación.
-Esto es horroroso, inhumano. Las personas luchan para salir del coma y no para entrar en ese estado patológico.
-Las personas luchan para vivir y no para suicidarse -respondió el enfermero, pero Veronika ignoró la invectiva-. Y el estado de coma deja al organismo en reposo, sus funciones son drásticamente reducidas y la tensión existente desaparece.
Mientras hablaba, inyectaba el líquido y los ojos de Zedka iban perdiendo brillo.
-Quédate tranquila -le decía Veronika a Zedka-. Tú eres absolutamente normal. La historia que me contaste sobre el rey..
-No pierda el tiempo. Ella ya no la puede oír La mujer acostada en la cama, que minutos antes parecía lúcida y llena de vida, ahora tenía los ojos fijos en un punto indeterminado y un líquido espumoso salía de su boca.
-¿Qué es lo que ha hecho? -gritó al enfermero.
-Mi deber.
Veronika empezó a llamar a Zedka, a gritar, a amenazar con denunciarlo a la policía, a los periódicos, a las organizaciones defensoras de los derechos humanos.
-¡Calma! Hasta en un sanatorio es preciso respetar algunas reglas.
Ella vio que el hombre hablaba en serio y tuvo miedo. Pero como no tenía nada que perder, continuó gritando.
Desde donde estaba, Zedka podía ver la enfermería con todas las camas vacías, excepto una, donde reposaba su cuerpo inmovilizado, con una joven contemplándolo espantada. La joven ignoraba que las funciones biológicas de aquella persona que yacía en la cama aún continuaban su curso normal y que el alma de Zedka se hallaba en el aire, casi tocando el techo, experimentando una profunda paz.

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