Susurrado a la Luna por Desconocido @ 15:29
Texto de Paulo Coelho
El socio esperó hasta que ella se calmó. Como buen abogado, no preguntó nada; sabía que tenía más posibilidades de conseguir una respuesta con su silencio que con una pregunta.
Y así fue. Mari le contó todo, desde lo que le había pasado en el cine hasta sus recientes ataques histéricos con el marido, que tanto la apoyaba.
-Estoy loca -dijo.
-Es una posibilidad -respondió él, con aire de quien entiende todo, pero con ternura en su voz-. En este caso tienes dos alternativas: tratarte o seguir enferma.
-No hay tratamiento para lo que yo estoy sintiendo. Continúo en pleno dominio de mis facultades mentales y estoy tensa porque esta situación ya se prolonga demasiado tiempo. Pero no tengo los síntomas clásicos de la locura, como ausencia de la realidad, desinterés o agresividad descontrolada. Sólo miedo.
-Es lo que todos los locos dicen: que son normales.
Los dos rieron, y ella preparó un poco más de té. Conversaron sobre el tiempo, el éxito de la independencia eslovena, y las tensiones que comenzaban a surgir entre Croacia y Yugoslavia. Mari veía cada día mucha televisión y estaba muy bien informada sobre todos los temas.
Antes de despedirse, el socio retomó el asunto.
-Acaban de abrir un sanatorio en la ciudad-dijo-. Capital extranjero y tratamiento del primer mundo.
-¿Tratamiento de qué?
-Desequilibrios, digamos. Y el miedo exagerado es un desequilibrio.
Mari prometió pensar en el asunto, pero no tomó ninguna decisión en ese sentido. Los ataques de pánico se sucedieron durante otro mes, hasta que comprendió que no solamente su vida personal, sino su matrimonio, se estaban viniendo abajo. Nuevamente pidió algunos calmantes y se atrevió a salir de la casa, por segunda vez en sesenta días.
Tomó un taxi y se dirigió al nuevo sanatorio. En el camino, el chófer le preguntó si iba a visitar a alguien.
-Dicen que es muy confortable, pero también dicen que hay locos furiosos y que los tratamientos incluyen electroshocks.
-Voy a visitar a alguien -respondió Mari.
Bastó apenas una hora de conversación para que los dos meses de sufrimiento de Mari terminasen. El director de la institución -un hombre alto, con los cabellos teñidos de negro, que atendía por el nombre de doctor Igor- le explicó que se trataba sólo de un caso de síndrome de pánico, enfermedad recién admitida en los anales de la psiquiatría universal.
-No significa que la enfermedad sea nueva -explicó, cuidando de ser bien comprendido-. Sucede que las personas afectadas acostumbraban a esconderla por miedo a ser confundidas con locos. Se trata tan sólo de un desequilibrio químico del organismo, al igual que la depresión.
El doctor Igor escribió una receta y le pidió que volviese a su casa.
-No quiero volver ahora -respondió Mari-. A pesar de todo lo que usted me ha explicado, no tengo valor para salir a la calle. Mi matrimonio se ha vuelto un infierno y debo permitir que mi marido se recupere de estos meses que ha pasado cuidando de mí.
Como sucedía siempre en casos como éste -dado que los accionistas querían mantener el hospital funcionando a plena capacidad-, el doctor Igor aceptó el ingreso, aunque dejando bien claro que no era necesario.
Mari recibió la medicación adecuada, tuvo asistencia psicológica y los síntomas fueron disminuyendo hasta desaparecer completamente.
En este intervalo, sin embargo, la noticia del internamiento de Mari corrió por la pequeña ciudad de Ljubljana. Su socio, amigo de muchos años, compañero de no se sabe cuántas horas de alegrías y disgustos, vino a visitarla a Villete. La felicitó por haber tenido el valor de seguir su consejo y haber buscado ayuda, pero después le informó de la razón de su visita:
-Quizás sea realmente el momento de retirarte. Mari entendió lo que había detrás de aquellas palabras: nadie iba a querer confiar sus asuntos a una abogada que ya había estado internada en un manicomio.
-Dijiste que el trabajo era la mejor terapia. Tengo que volver, aunque sea por poco tiempo. Ella aguardó cualquier reacción, pero él no dijo nada. Mari continuó:
-Tú mismo me sugeriste que me tratase. Cuando yo pensaba en la jubilación, estaba pensando en salir victoriosa, realizada, por mi libre y espontánea voluntad. No quiero dejar mi empleo así, porque fui derrotada. Dame por lo menos una oportunidad de recuperar mi autoestima y entonces pediré la jubilación.
El abogado carraspeó.
-Yo sugerí que te trataras, no que te internaras. -Pero era una cuestión de supervivencia. Yo simplemente no conseguía salir a la calle, mi matrimonio se estaba acabando.
Mari sabía que estaba desperdiciando sus palabras. Nada de lo que dijese o hiciese conseguiría disuadirlo. Al fin y al cabo, era el prestigio del bufete lo que estaba en juego. Aún así, lo intentó una vez más.
-Yo aquí dentro he convivido con dos tipos de personas: gente que no tiene posibilidad de volver a la sociedad y gente que está absolutamente curada, pero prefiere fingirse loca para no tener que enfrentarse a las responsabilidades de la vida. Yo quiero, necesito, volver a gustarme a mí misma, debo convencerme de que soy capaz de tomar mis propias decisiones. No puedo ser empujada a cosas que no he escogido.
-Podemos cometer muchos errores en nuestras vidas -contestó el abogado-, menos uno: aquel que nos destruye.
Era inútil continuar la conversación: en opinión del socio, Mari había cometido un error garrafal.
Dos días después le anunciaron la visita de otro abogado, esta vez de un bufete diferente, considerado el mejor rival de sus ahora ex compañeros. Mari se animó: quizás él supiese que ella estaba libre para aceptar un nuevo empleo y allí estaba la oportunidad de recuperar su lugar en el mundo.
El abogado entró en la sala de visitas, se sentó delante de ella, sonrió, le preguntó si ya estaba mejor y sacó varios papeles de su portafolios.
-Estoy aquí en representación de su marido -le informó-. Esto es una solicitud de divorcio. Naturalmente, él pagará sus gastos de hospital durante el tiempo que permanezca aquí.
Esta vez Mari no reaccionó. Firmó todo, aún sabiendo que, de acuerdo con la justicia que había aprendido, podía prolongar indefinidamente aquella batalla legal. Seguidamente fue a hablar con el doctor Igor y le dijo que los síntomas de pánico habían retornado.
El doctor Igor sabía que ella estaba mintiendo, pero prolongó el internamiento por tiempo indefinido.
Veronika decidió ir a acostarse, pero Eduard continuaba de pie, al lado del piano.
-Estoy cansada, Eduard. Necesito dormir.
Le hubiera gustado seguir tocando para él, extrayendo de su memoria anestesiada todas las sonatas y adagios que conocía, porque él sabía admirar sin exigir Pero su cuerpo no aguantaba más.
¡Era un hombre tan bien parecido, tan atrayente! Si por lo menos saliese un poco de su mundo y la mirase como mujer, entonces sus últimas noches en esta Tierra podrían ser las más hermosas de su vida, porque Eduard era el único capaz de entender que Veronika era una artista. Había conseguido con aquel hombre un tipo de vinculación como jamás lo había tenido con nadie: a través de la emoción pura de un andante o de un allegro.
Eduard era el hombre ideal; sensible, educado, había destruido un mundo carente de interés para recrearlo de nuevo en su cabeza, esta vez con nuevos colores, personajes e historias. Y este mundo nuevo incluía una mujer, un piano y una luna que continuaba creciendo.
-Yo podría enamorarme ahora, entregarme enteramente a ti -declaró, sabiendo que él no podía entenderla-. Tú me pides apenas un poco de música, pero yo soy mucho más de lo que pensaba que era, y me gustaría compartir otras cosas que he llegado a entender.
Eduard sonrió. ¿Lo habría entendido? Veronika sintió miedo (el manual de buena educación dice que no se debe hablar de amor de una manera tan directa, y jamás a un hombre al que se ha visto tan pocas veces). Pero decidió continuar, porque no tenía nada que perder.
-Tú eres el único hombre sobre la faz de la Tierra por el cual me podría apasionar, Eduard. Simplemente porque, cuando yo muera, tú no sentirás mi ausencia. No sé lo que un esquizofrénico siente, pero ciertamente, no creo que llegue a añorar la presencia de nadie.
»Quizás al principio te extrañará no escuchar más música durante la noche; sin embargo, siempre que aparezca la luna habrá alguien dispuesto a tocar sonatas, principalmente en un sanatorio, ya que aquí todos somos «lunáticos».
Ignoraba cuál era la relación entre los locos y la luna, pero debía de ser muy intensa puesto que usaban una palabra derivada de ella para describir a los enfermos mentales.
-Y yo tampoco sentiré tu ausencia, Eduard, porque estaré muerta, lejos de aquí. Y como no tengo miedo de perderte, no me importa lo que puedas pensar o no de mí, y hoy toqué para ti como una mujer enamorada. Fue magnífico. Fue el mejor momento de mi vida.
Miró a Mari, allí afuera. Recordó sus palabras. Y volvió a mirar al muchacho frente a ella.
Veronika se sacó el jersey y se acercó a Eduard; si tenía que hacer algo, era preferible hacerlo entonces. Mari no soportaría el frío exterior durante mucho tiempo y pronto volvería a entrar Él retrocedió. La pregunta en sus ojos era otra: ¿cuándo volvería al piano? ¿Cuándo tocaría una nueva pieza para llenar su alma con los mismos colores, sufrimientos, dolores y alegrías de aquellos compositores locos que habían atravesado tantas generaciones con sus obras?
-La mujer que está allá afuera me dijo: «Mastúrbate. Conoce adónde quieres llegar» ¿Podré ir más lejos de lo que siempre fui?
Ella tomó su mano y lo quiso llevar hasta el sofá, pero Eduard, educadamente, rehusó. Prefería quedarse de pie donde estaba, junto al piano, esperando pacientemente que ella volviera a tocar.
Veronika se quedó desconcertada, pero pronto se dio cuenta de que no tenía nada que perder Estaba muerta, ¿de qué servía estar alimentando los miedos y prejuicios que siempre limitaron su vida? Se quitó la blusa, el pantalón, el sostén, las bragas y se quedó desnuda delante de él.
Eduard rió. Ella no sabía de qué, pero se dio cuenta de que había reído. Delicadamente cogió su mano y la colocó sobre su sexo; la mano se quedó allí, inmóvil. Veronika desistió de la idea y la retiró.
Algo la estaba excitando mucho más que un simple contacto físico con aquel hombre: el hecho de que podía hacer lo que quisiera, de que no había límites: excepto la mujer de afuera, que podía entrar en cualquier momento, nadie más debía de estar despierto.
Su sangre empezó a circular más rápidamente, y el frío que sintiera al desnudarse fue desapareciendo. Los dos estaban de pie, frente a frente, ella desnuda, él totalmente vestido. Veronika descendió la mano hasta su sexo y comenzó a masturbarse; ya lo había practicado antes, sola o con alguna pareja, pero nunca en una situación como ésta, en la que el hombre no mostraba el menor interés por lo que estaba aconteciendo.
Y eso era excitante, muy excitante. De pie, con las piernas abiertas, Veronika se tocaba su sexo, sus senos, sus cabellos, entregándose como nunca se entregara, no tanto porque quisiera ver a aquel chico salir de su mundo distante sino porque nunca había experimentado tal sensación.
Empezó a hablar, a decir cosas impensables, Y que sus padres, sus amigos, sus ancestros habrían considerado lo más sucio del mundo. Llegó el primer orgasmo y se mordió los labios para no gritar de placer.
Eduard la miraba frente a frente, fijamente. Había un brillo diferente en sus ojos: daba la impresión de que fuese consciente de algo, aunque fuese tan sólo de la energía, el calor, el sudor, el olor que exhalaba su cuerpo. Veronika aún no estaba satisfecha. Se arrodilló y comenzó a masturbarse otra vez.
Quería morir de gozo, de placer, pensando y realizando todo lo que siempre le había sido prohibido: imploró al hombre que la palpara, que la sometiera, que la usase para todo lo que le viniera en gana. Le hubiera gustado que Zedka también estuviese allí, porque una mujer sabe cómo tocar el , cuerpo de otra como ningún hombre lo consigue ya que conoce todos sus secretos.
De rodillas, ante aquel hombre de pie, ella se sintió poseída y palpada, y usó palabras fuertes para describir lo que quería que él le hiciera. Un nuevo orgasmo fue llegando, esta vez más intenso que nunca, como si todo a su alrededor fuese a explotar Se acordó del ataque cardíaco que había tenido aquella mañana, pero ya no le concedía la menor importancia: iba a morir gozando, estallando. Se sintió tentada de sujetar el sexo de Eduard, que se encontraba justo delante de su rostro, pero no quería correr ningún riesgo de estropear aquel momento; estaba yendo lejos, muy lejos, exactamente como le había dicho Mari.
Se imaginó reina y esclava, dominadora y dominada. En su fantasía hacía el amor con blancos, negros, amarillos, homosexuales, mendigos. Era de todos, y todos podían hacer todo. Tuvo uno, dos, tres orgasmos seguidos. Imaginó todo lo que nunca había imaginado antes, y se entregó a lo más obsceno y a lo más puro. Finalmente no consiguió contenerse más y gritó mucho, de placer, del dolor de los orgasmos seguidos, de los muchos hombres y mujeres que habían entrado y salido de su cuerpo, usando las puertas de su mente.
Se acostó en el suelo y se dejó estar allí, bañada en sudor, con el alma inundada de paz. Se había escondido a sí misma sus deseos ocultos, sin nunca saber bien por qué, y no necesitaba una respuesta. Le bastaba haber hecho lo que había hecho: entregarse.
Poco a poco el Universo fue volviendo a su lugar, y Veronika se levantó. Eduard se había mantenido inmóvil todo el tiempo, pero algo en él parecía haber cambiado: sus ojos demostraban ternura, una ternura muy próxima a este mundo.
«Fue tan bueno que consigo ver amor en todo. Hasta en los ojos de un esquizofrénico.» Empezaba a vestirse cuando sintió una tercera presencia en la sala.
Mari estaba allí. Veronika no sabía en qué momento había entrado; lo que había escuchado o visto, pero aún así no sentía ni vergüenza ni miedo. Se limitó a mirarla con la misma distancia con que se mira a una persona demasiado próxima.
-Hice lo que tú me sugeriste -dijo-. Llegué lejos.
Mari permaneció callada; acababa de revivir momentos muy importantes de su vida y sentía un cierto malestar Quizás fuera la hora de regresar al mundo, enfrentar los avatares del mundo exterior, decir que todos podían ser miembros de una gran Fraternidad, aunque nunca hubieran conocido un manicomio.
Como aquella chica, por ejemplo, cuya única razón para estar en Villete era haber atentado contra su propia vida. Ella nunca había conocido el pánico, la depresión, las visiones místicas, las psicosis, los límites a los que la mente humana nos puede llevar Aunque hubiese conocido a tantos hombres, nunca había sentido lo que hay de más oculto en sus deseos, y el resultado era que no conocía ni la mitad de su vida. ¡Ah, si todos pudiesen conocer y convivir con su locura interior! ¿Sería peor el mundo? No, las personas serían más justas y felices.
-¿Por qué no hice nunca esto antes?
-Él quiere que interpretes una pieza más -dijo Mari mirando hacia Eduard-. Creo que lo merece.
-Lo haré, pero contéstame: ¿por qué nunca había hecho esto antes? Si soy libre, si puedo pensar en todo lo que quiero, ¿por qué siempre evité imaginar situaciones prohibidas?
-¿Prohibidas? Escucha: fui abogada, y conozco las leyes. También fui católica, y conocía de memoria muchos pasajes de la Biblia. ¿Qué quieres decir con «prohibidas»?
Mari se acercó a ella y la ayudó a ponerse el jersey.
-Mírame bien a los ojos y no te olvides de lo que te voy a decir Sólo existen dos prohibiciones: una por la ley del hombre y otra por la ley de Dios. Nunca fuerces una relación con alguien, pues es considerado estupro. Y nunca tengas relaciones con menores, porque éste es el peor de los pecados. Aparte de esto, eres libre. Siempre existe alguien que quiere hacer exactamente lo mismo que tú deseas.
Mari no estaba predispuesta a enseñar asuntos importantes a alguien que iba a morir tan pronto. Con una sonrisa dijo «buenas noches» y se retiró.