Susurrado a la Luna por Desconocido @ 15:30
Texto de Paulo Coelho
Eduard no se movió: esperaba que Veronika interpretase una pieza para él. Ella tenía el deber de recompensarlo por el inmenso placer que le había proporcionado, sólo por permanecer delante de ella contemplando su locura sin pavor ni repulsión. Se sentó al piano y volvió a tocar.
Sentía el alma ligera, y ya ni siquiera el miedo a la muerte la atormentaba. Había vivido lo que siempre escondiera de sí misma. Había conocido los placeres que podía experimentar una virgen y una prostituta, una esclava y una reina, más intensamente los de una esclava que los de una reina.
Aquella noche, como por milagro, todas las canciones que sabía volvieron a su mente, e hizo que Eduard disfrutase tanto como lo había hecho ella.
Cuando encendió la luz, el doctor Igor se sorprendió al ver a la chica sentada en la sala de espera de su consultorio.
-Aún es muy temprano y tengo el día muy ocupado.
-Sé que es temprano -dijo ella-. Y aún no ha empezado el día. Pero necesito hablar un poco, sólo un poco. Necesito ayuda.
Tenía ojeras, su piel carecía de brillo, síntomas típicos de quien ha pasado la noche en vela. El doctor Igor resolvió dejarla entrar.
Le pidió que se sentase, encendió la luz del consultorio y abrió las cortinas. Iba a amanecer en menos de una hora y pronto podría ahorrar electricidad; los accionistas vigilaban mucho los gastos, por insignificantes que fueran.
Dio una rápida mirada a su agenda; Zedka ya había recibido su último shock de insulina y había reaccionado bien, o más exactamente, había conseguido sobrevivir a ese tratamiento inhumano. Menos mal que, en aquel caso específico, el doctor Igor había exigido que el Consejo del hospital firmase una declaración en virtud de la cual se responsabilizaba de los resultados.
Pasó a examinar los informes. Dos o tres pacientes habían actuado de manera agresiva durante la noche (según relato de los enfermeros), entre ellos Eduard, que había vuelto a la enfermería a las cuatro de la madrugada y se había negado a tomar sus pastillas para dormir El doctor Igor tenía que tomar alguna medida; por más liberal que Villete fuese internamente, era preciso mantener las apariencias de una institución conservadora y severa.
-Tengo que solicitarle algo muy importante -le dijo la chica.
Pero el doctor Igor no le prestó atención. Con un estetoscopio comenzó a auscultar sus pulmones y su corazón. Probó sus reflejos y examinó el fondo de su retina con una pequeña linterna portátil. Detectó que ella no tenía apenas rastros de envenenamiento a causa del vitriolo o la amargura, como todos preferían llamarlo.
Después cogió el teléfono y pidió a la enfermera que le trajera una medicina de compleja denominación.
-Parece que a usted no se le aplicó la inyección anoche -le dijo.
-Pero me siento mejor.
-Se puede apreciar en su cara: ojeras, cansancio, falta de reflejos inmediatos. Si usted quiere aprovechar el poco tiempo de vida que le queda, por favor, haga lo que yo le mando.
-Justamente por eso estoy aquí. Quiero aprovechar el poco tiempo que me resta, pero a mi manera. ¿Cuánto me queda?
El doctor Igor la miró por encima de sus gafas.
-Usted está en condiciones de responderme -insistió ella-. Ya no tengo miedo, ni indiferencia, ni nada parecido. Tengo ganas de vivir, pero sé que eso no basta, y estoy resignada con mi destino.
-¿Entonces qué quiere?
La enfermera entró con la inyección en la mano.
El doctor Igor hizo una señal con la cabeza y ella levantó delicadamente la manga del suéter de Veronika.
-¿Cuánto tiempo me queda? -repitió Veronika mientras la enfermera le aplicaba la inyección.
-Veinticuatro horas. Quizás menos.
Ella bajó los ojos y se mordió los labios. Pero mantuvo el control.
-Quiero pedirle dos favores. El primero, que me dé un remedio, una inyección, sea lo que sea, pero que me mantenga despierta hasta entonces para aprovechar cada minuto que me queda de vida. Tengo mucho sueño, pero no quiero dormir, tengo mucho que hacer, cosas que siempre dejé para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna. Cosas por las cuales perdí el interés cuando empecé a pensar que la vida no valía la pena.
-¿Y su segunda petición?
-Salir de aquí y morir afuera. Tengo que subir al castillo de Ljubljana, que siempre estuvo allí y yo nunca tuve la curiosidad de verlo de cerca.
»Tengo que hablar con la mujer que vende castañas en invierno y flores en primavera; cuántas veces nos hemos cruzado y, sin embargo, nunca le he preguntado cómo se encontraba. Quiero andar por la nieve sin abrigo, sintiendo el frío intenso yo, que siempre iba bien abrigada por miedo a coger un resfriado.
»En fin, doctor Igor, tengo que sentir la lluvia en mi rostro, sonreír a los hombres que me interesan, aceptar todos los cafés a que me inviten. Tengo que besar a mi madre, decirle que la quiero, llorar en su pecho, sin vergüenza de mostrar mis sentimientos, porque siempre los tuve, pero los escondía.
»Quizás entre en la iglesia, mire aquellas imágenes que nunca me dijeron nada y terminen diciéndome algo. Si un hombre interesante me convida a ir a bailar, bailaré la noche entera hasta caer exhausta. Después me acostaré con él, pero no de la manera como me fui con los otros, unas veces intentando mantener el control, otras fingiendo cosas que no sentía. Quiero entregarme a un hombre, a la ciudad, a la vida y, finalmente, a la muerte.
Se produjo un prolongado silencio cuando Veronika acabó de hablar Médico y paciente se miraban a los ojos, absortos, tal vez abstraídos pensando en las muchas posibilidades que unas simples veinticuatro horas podían ofrecer.
-Puedo prescribirle algunos medicamentos estimulantes, pero no se lo aconsejo -dijo finalmente el doctor Igor-. Le alejarán el sueño, pero también le quitarán la paz que usted necesita para vivir lo que me ha reseñado.
Veronika empezó a sentirse mal; siempre que le daban aquella inyección, algo malo sucedía en su cuerpo.
-Se está poniendo pálida. Quizás sea mejor que se tumbe en la cama; ya volveremos a hablar sobre esto mañana.
Ella sintió otra vez ganas de llorar, pero logró reprimirlas.
-No habrá mañana, usted lo sabe bien. Estoy cansada, doctor Igor, muy cansada. Por eso le pedí las pastillas. Pasé la noche en vela, entre el desespero y la resignación. Podía haberse tratado de un nuevo ataque histérico de miedo, como sucedió ayer, pero ¿de qué serviría? Si aún tengo veinticuatro horas de vida y hay tantas cosas ante mí, decidí que era preferible sobreponerme a la desesperación.
»Por favor, doctor Igor, déjeme vivir el poco tiempo que me queda, porque ambos sabemos que mañana puede ser tarde.
-Vaya a dormir ahora -insistió el médico- y vuelva aquí al mediodía. Volveremos a hablar Veronika vio que no había salida.
-Voy a dormir y volveré. Pero ¿puede dedicarme aún algunos minutos?
-Muy pocos. Estoy muy ocupado hoy
-Voy a ir al grano. Anoche, por primera vez, me masturbé de una manera completamente libre. Pensé en todo lo que nunca me había atrevido a pensar, sentí placer con cosas que antes me asustaban o me repelían.
El doctor Igor asumió la postura más profesional posible. No sabía adónde lo podía llevar esta conversación, y no quería problemas con sus superiores.
-Descubrí que soy una pervertida, doctor Quiero saber si esto influyó en mi decisión de suicidarme. Hay muchas cosas que yo desconocía de mí misma.
«Bien, se trata tan sólo de dar una respuesta -pensó el médico-. No es necesario que llame a la enfermera para que sea testigo de la conversación y evitar así una eventual acusación por abuso sexual.»
-Todos nosotros queremos hacer cosas diferentes -respondió-. Y nuestras parejas también. ¿Qué es lo que hay de malo en eso?
-Responda usted mismo.
-Pues todo. Porque cuando todos sueñan y sólo algunos pocos realizan, el mundo entero se siente cobarde.
-¿Aunque estos pocos tengan la razón?
-Quien tiene la razón es el más fuerte. En este caso, paradójicamente, los cobardes son más valientes y consiguen imponer sus ideas.
El doctor Igor no quería ir más lejos.
-Por favor, vaya a descansar un poco porque tengo otros pacientes que atender Si usted colabora, veré lo que puedo hacer respecto a su segunda petición.
La chica salió. Su próxima paciente era Zedka, que debería recibir el alta, pero el doctor Igor le pidió que esperase un poco; tenía que tomar unas notas sobre la conversación que acababa de sostener con Veronika.
Era necesario incluir un extenso capítulo sobre sexo en su disertación sobre el vitriolo. Al fin y al cabo, la mayor parte de las neurosis y psicosis provenían de allí. Según él, las fantasías son impulsos eléctricos localizados en el cerebro y cuando no se cumplen terminan descargando su energía en otras áreas.
Cuando cursaba medicina, el doctor Igor había leído un interesante tratado sobre las diferentes prácticas o desviaciones sexuales: sadismo, masoquismo, homosexualidad, coprofagia, voyeurismo, deseo de decir palabras obscenas... En fin, la lista era muy extensa. Al principio creía que estas prácticas eran tan sólo el producto del desajuste mental de ciertas personas que no conseguían una relación saludable con su pareja.
Sin embargo, a medida que iba avanzando en la profesión de psiquiatra y conversaba con sus pacientes, se daba cuenta de que todos ellos tenían algo diferente que contar Se sentaban en el confortable sillón de su despacho y, con la mirada baja, iniciaban una extensa disertación sobre lo que llamaban «enfermedades» (¡como si el médico no fuera él!) o «perversiones» (¡como si no fuese él, el psiquiatra, el encargado de decidir!).
Y, una por una, las personas «normales» describían fantasías que constaban en el tratado acerca de las diferentes prácticas eróticas; un libro, dicho sea de paso, que defendía el derecho de cada uno a tener el orgasmo que quisiera, siempre que no violentase el derecho de la respectiva pareja en el acto sexual.
Mujeres que habían estudiado en colegios de monjas soñaban con ser humilladas; hombres de chaqueta y corbata, funcionarios públicos de alto rango, confesaban que gastaban elevadas sumas en pagar a prostitutas rumanas sólo para poder lamerles los pies. Muchachos enamorados de muchachos, chicas enamoradas de sus compañeras de colegio. Maridos que querían ver a sus esposas en brazos de desconocidos, mujeres que se masturbaban cada vez que descubrían un indicio de adulterio en el comportamiento de su pareja. Madres que necesitaban controlar el impulso de entregarse al primer hombre que tocaba el timbre de su casa para traer algo, padres que contaban aventuras secretas con los rarísimos travestis que conseguían pasar el riguroso control de la frontera.
Y orgías. Parecía que todo el mundo, por lo menos una vez en la vida, deseaba participar en una orgía.
El doctor Igor dejó descansar un momento su estilográfica y reflexionó sobre sí mismo: ¿él también? Sí, a él también le gustaría. La orgía, tal cual la imaginaba, debía de ser algo completamente anárquico, alegre, donde no existiera el sentimiento de posesión, sino sólo el placer y el desorden.
¿Sería ésta una de las principales causas del gran número de personas envenenadas por la amargura? Casamientos restringidos a una monogamia forzada, donde el deseo sexual (según estudios que el doctor Igor guardaba cuidadosamente en su biblioteca médica) desaparecía al tercer o cuarto año de convivencia. A partir de allí, la mujer se sentía rechazada, el hombre se sentía esclavo del vínculo matrimonial, y el vitriolo -la amargura- comenzaba su labor destructiva.
Las personas ante un psiquiatra hablaban más abiertamente que ante un cura, porque el médico no podía amenazar con el infierno. Durante su larga carrera de psiquiatra, el doctor Igor ya había oído prácticamente todo lo que ellas tenían para contar.
Contar. Raramente hacer. Aún después de varios años de profesión, él todavía se preguntaba por qué había tanto miedo a ser diferente.
Cuando procuraba saber la razón, la respuesta más escuchada era: «Mi marido pensará que soy una prostituta.» Cuando era un hombre quien estaba frente a él, invariablemente decía: «Mi mujer merece respeto.»
Y el tema generalmente se detenía ahí. No servía de nada afirmar que todas las personas tienen un perfil sexual diferente, tan distinto como sus huellas digitales: nadie quería creerlo. Era muy arriesgado ser libre en la cama, con miedo de que el otro fuese aún esclavo de sus prejuicios.
«No voy a cambiar el mundo -se dijo, resignado, el médico, e indicó a la enfermera que dejase entrar a la ex depresiva-. Pero, por lo menos, en mi tesis puedo decir lo que pienso.»
Eduard vio que Veronika salía del consultorio del doctor Igor y se dirigía hacia la enfermería. Tuvo ganas de contarle sus secretos, abrir su alma para ella con la misma honestidad y libertad con que, la noche anterior, ella había descubierto su cuerpo para él.
Había sido una de las más duras pruebas que había experimentado desde que ingresara en Villete como esquizofrénico. Pero había conseguido resistir, y estaba contento, aún cuando su deseo de volver a este mundo empezase a molestarlo.
«Todo el mundo sabe aquí que esa chica no resistirá hasta el fin de semana. No serviría de nada.»
O tal vez, justamente por eso, fuese beneficioso compartir con ella su historia. Desde hacía tres años solamente hablaba con Mari, y aún así no estaba seguro de que ella lo comprendiera perfectamente; como madre, ella debía de pensar que sus padres tenían razón, que tan sólo deseaban lo mejor para él, que las visiones del Paraíso eran un sueño absurdo de adolescente, totalmente ajeno al mundo real.
Visiones del Paraíso. Exactamente lo que lo había llevado al infierno, las infinitas peleas con la familia, la sensación de culpa tan fuerte que lo había dejado incapaz para reaccionar y le había obligado a refugiarse en otro mundo. Si no hubiera sido por Mari, él aún estaría viviendo en esa realidad separada.
Sin embargo, apareció Mari, cuidó de él, hizo que se sintiera de nuevo querido. Gracias a eso Eduard aún era capaz de saber lo que pasaba a su alrededor.
Unos días antes, una joven de su edad se había sentado al piano a tocar la sonata Claro de luna. Sin saber si la culpa era de la música, o de la joven, o de la luna, o del tiempo que llevaba en Villete, Eduard sintió que sus visiones del Paraíso comenzaban a importunarlo otra vez.
Él la siguió hasta la enfermería de mujeres, donde un enfermero le interceptó el paso.
-Aquí no puedes entrar, Eduard. Vuelve al jardín. Está amaneciendo y hará un bonito día. Veronika miró hacia atrás.
-Voy a dormir un poco -dijo ella delicadamente-. Hablaremos cuando me despierte. Veronika no entendía por qué, pero aquel chico había pasado a formar parte de su mundo, o de lo poco que quedaba de él. Estaba segura de que Eduard era capaz de comprender su música, admirar su talento; aunque no consiguiese emitir una palabra, sus ojos lo decían todo.
Como en este momento, en la puerta de la enfermería, cuando hablaban de cosas que ella no quería oír. Ternura. Amor.
«Esta convivencia con enfermos mentales me ha hecho enloquecer de prisa.» Los esquizofrénicos no sienten eso. No por seres de este mundo.