Susurrado a la Luna por Desconocido @ 15:31
Texto de Paulo Coelho
Veronika sintió el impulso de volver para darle un beso, pero se controló porque el enfermero podía verla y contárselo al doctor Igor, y el médico seguramente no permitiría que una mujer que besa a esquizofrénicos saliera de Villete.
Eduard se detuvo frente al enfermero. Su atracción por aquella chica era más fuerte de lo que imaginaba, pero tenía que contenerse. Pediría consejo a Mari, la única persona con quien compartía sus secretos. Con seguridad ella le diría que lo que estaba queriendo sentir -amor- era peligroso e inútil en un caso como aquél. Mari le pediría a Eduard que se dejara de tonterías y volviera a ser un esquizofrénico normal (y después reiría abiertamente porque la frase no tenía mucho sentido).
Se unió a los otros enfermos en el refectorio, comió lo que le sirvieron y salió para el obligado paseo por el jardín. Durante el «baño de sol» (aunque aquel día la temperatura bajaba de cero) intentó aproximarse a Mari. Pero ella tenía el aspecto de alguien que desea estar solo. No necesitaba decirle nada, pues Eduard conocía lo suficientemente bien la soledad como para saber respetarla.
Un nuevo interno se acercó a Eduard; aún no debía de conocer a nadie.
«Dios castigó a la humanidad -decía-. Y la castigó con la peste. Sin embargo, yo Lo he visto en mis sueños, y me ha pedido que viniese a salvar a Eslovenia.»
Eduard comenzó a alejarse mientras el hombre gritaba: «¡Te crees que estoy loco! ¡Pues lee los Evangelios! ¡Dios envió a Su Hijo, y Su Hijo regresa por segunda vez!»
Pero Eduard ya no le escuchaba. Estaba mirando a las montañas, allá afuera, y se preguntaba qué le estaba pasando. ¿Por qué tenía ganas de salir de allí, donde había encontrado la paz que tanto buscaba? ¿Por qué arriesgarse a avergonzar de nuevo a sus padres cuando todos los problemas de la familia ya estaban resueltos? Empezó a agitarse, andando de un lado al otro, esperando que Mari saliese de su mutismo y pudiesen hablar, pero ella parecía más distante que nunca.
Sabía cómo escaparse de Villete. Por eficaces que pudieran parecer los sistemas de seguridad, tenían fallos, por la sencilla razón de que, una vez dentro, las personas tenían muy pocas ganas de volver a salir Había un muro, del lado oeste, que podía ser escalado sin grandes dificultades, ya que estaba lleno de rajaduras; quien decidiera traspasarlo se encontraría en un campo, y cinco minutos después, siguiendo la dirección norte, se hallaría en una carretera que llevaba a Croacia. La guerra ya había terminado, los hermanos eran de nuevo hermanos, las fronteras no estaban tan vigiladas como antes; con un poco de suerte podría estar en Belgrado en seis horas.
Eduard ya había estado varias veces en aquella carretera, pero siempre había decidido volver porque aún no había recibido la señal para seguir adelante. Ahora las cosas eran diferentes: esta señal había llegado finalmente, bajo la forma de una muchacha de ojos verdes, cabellos castaños y el aspecto asustado de quien cree que sabe lo que quiere.
Eduard pensó en ir directamente hacia el muro ,salir de allí y nunca más regresar a Eslovenia. Pero la chica dormía y él tenía, por lo menos, que despedirse de ella.
Al acabar el baño de sol, cuando la Fraternidad se reunió en la sala de estar, Eduard se les incorporó.
-¿Qué está haciendo aquí este loco? -preguntó el más viejo del grupo.
-Déjelo -dijo Mari-. Nosotros también somos locos.
Todos se rieron y empezaron a conversar sobre la conferencia del día anterior La cuestión era si la meditación sufí podría, realmente, transformar el mundo. Se aventuraron teorías, sugerencias, enfoques, ideas contrarias, críticas al conferenciante y fórmulas para mejorar lo que ya había sido probado durante tantos siglos.
Eduard estaba harto de aquel tipo de discusiones. Quienes intervenían en esos debates habían sido internados en un manicomio, permanecían allí y pretendían salvar el mundo, conscientes de que no corrían riesgo alguno; sabían que en el mundo exterior no se les tomaría en serio, aunque sus ideas fuesen razonables y sensatas. Cada uno de ellos solía formular una teoría especial acerca de cualquier tema y creía que su verdad era la única que importaba; hablaban durante días, noches, semanas, meses, años, sin reconocer jamás la única realidad que anida detrás de una idea: buena o mala, sólo existe cuando alguien intenta ponerla en práctica.
Qué era la meditación sufí? ¿Qué era Dios? ¿
¿Qué era la salvación, si es que el mundo necesitaba ser salvado? Nada. Si todos allí -y también los de afuera- viviesen sus vidas y dejasen que los demás hiciesen lo mismo, Dios estaría en cada instante, en cada grano de mostaza, en el pedazo de nube que se forma y se deshace en el instante siguiente. Dios estaba allí, y aún así las personas pensaban que era necesario continuar buscando porque parecía demasiado simple aceptar que la vida era un acto de fe.
Recordó el ejercicio tan sencillo, tan simple que había oído enseñar al maestro sufí mientras esperaba que Veronika volviese a tocar el piano: mirar una rosa. ¿Se necesitaba algo más?
Aún así, después de la experiencia de la meditación profunda, después de haber llegado tan cerca de las visiones del Paraíso, allí estaba aquella gente discutiendo, argumentando, criticando y estableciendo teorías.
Cruzó sus ojos con los de Mari. Ella lo evitó, pero Eduard estaba decidido a terminar de una vez con aquella situación; se acercó a ella y la cogió por el brazo.
-Déjame, Eduard.
Él podía decir «venga conmigo». Pero no quería hacerlo delante de aquella gente, que se sorprendería por el tono firme de su voz. Por eso prefirió arrodillarse e implorar con los ojos.
Los hombres y las mujeres se rieron.
-Te has transformado en una santa para él, Mari -comentó uno de los presentes-. Fue la meditación de ayer.
Pero los años de silencio de Eduard le habían enseñado a hablar con los ojos; era capaz de concentrar toda su energía en ellos. De la misma manera que tenía la absoluta certeza de que Veronika había percibido su ternura y su amor, sabía que Mari entendería su desesperación, porque él la estaba necesitando mucho.
Durante unos instantes, Mari se mostró reticente. Finalmente se levantó y lo tomó de la mano.
-Vamos a dar un paseo -dijo . Estás nervioso.
Los dos volvieron a salir al jardín. En cuanto estuvieron a suficiente distancia, seguros de que nadie los podía escuchar, Eduard rompió el silencio.
-He permanecido aquí en Villete durante años -declaró-. Dejé de avergonzar a mis padres, dejé mis ambiciones de lado, pero las visiones del Paraíso han permanecido.
-Lo sé -respondió Mari-. Ya hemos hablado de eso muchas veces. También sé lo que quieres decirme: ha llegado la hora de salir.
Eduard miró al cielo; ¿sentiría ella lo mismo?
-Es por causa de la chica -continuó Mari-.Aquí dentro ya hemos visto morir a mucha gente, siempre en el momento en que no lo esperaban y generalmente después de haber renunciado a vivir.
Pero ésta es la primera vez que pasa con una persona joven, atractiva, saludable, con tantos motivos para vivir.
»Veronika es la única interna que no desearía continuar en Villete para siempre. Y esto hace que nos preguntemos: ¿Y nosotros? ¿Qué es lo que buscamos aquí?
Él asintió con la cabeza.
-Entonces, anoche, yo también me pregunté qué estaba haciendo en este sanatorio. Y me di cuenta de que sería mucho más interesante estar en la plaza, en los Tres Puentes, en el mercado que hay frente al teatro, comprando manzanas y discutiendo sobre el tiempo. Es cierto que estaría lidiando con asuntos ya olvidados (cuentas por pagar, dificultades con los vecinos, miradas irónicas de la gente que no me comprende, soledad, protestas de mis hijos). Pero pienso que todo esto forma parte de la vida y el precio de enfrentar estos pequeños problemas es menor que el precio de no reconocerlos como nuestros.
»Estoy pensando en ir hoy a casa de mi ex marido sólo para decirle «gracias». ¿Qué te parece?
-Nada. ¿No debería yo también ir a casa de mis padres y decir lo mismo?
-Tal vez. En el fondo, la culpa de todo lo que sucede en nuestra vida es exclusivamente nuestra. Muchas personas pasaron por las mismas dificultades que nosotros y reaccionaron de manera diferente. Nosotros buscamos lo más fácil: una realidad aparte.
Eduard sabía que Mari tenía razón.
-Tengo ganas de recomenzar mi vida, Eduard. Cometiendo los errores en que siempre deseé incurrir y nunca me atreví. Enfrentando el pánico que puede volver a surgir, pero cuya presencia sólo me provocará fastidio, porque sé que no voy a morirme, ni siquiera a desmayarme por su causa. Puedo conseguir nuevos amigos y enseñarles a ser locos para que sean sabios. Les diré que no sigan el manual de la buena conducta sino que descubran sus propias vidas, deseos, aventuras y ¡que vivan! Citaré el Eclesiastés a los católicos, el Corán a los islámicos, la Torá a los judíos, los textos de Aristóteles a los ateos. Ya no quiero volver a ser abogada, pero puedo servirme de mi experiencia para dar conferencias sobre hombres y mujeres que conocieron la verdad de esta existencia y cuyos escritos pueden resumirse en una única palabra: «Vivan.» Si vives, Dios vivirá contigo. Si rehusas correr sus riesgos, Él retornará al distante Cielo y se convertirá tan sólo en un tema de especulación
filosófica.
»Todos sabemos eso. Pero nadie da el primer paso, quizás por miedo a ser llamado loco. Y, por lo menos, este miedo nosotros ya no lo tenemos
, Eduard. Ya pasamos por Villete.
-Tan sólo no podremos ser candidatos a la presidencia de la república. La oposición investigaría muy a fondo nuestro pasado.
Mari se rió y estuvo de acuerdo con él.
-Me he cansado de esta vida. No sé si conseguiré superar mi miedo, pero estoy harta de la Fraternidad, de este jardín, de Villete y de fingir que estoy loca.
-Entonces, si yo lo hago, ¿lo hará usted también?
-No lo harás.
-Pues casi lo hice hace unos pocos minutos. -No sé. Me cansa todo esto, pero ya estoy acostumbrada.
-Cuando entré aquí, con diagnóstico de esquizofrenia, usted pasó días, meses, prestándome atención y tratándome como a un ser humano. Yo también me estaba acostumbrando a la vida que había decidido llevar con la otra realidad que inventé, pero usted no me dejó. Entonces la odié, pero hoy la quiero. Por eso quiero que salga de Villete, Mari, como yo salí de mi mundo aparte.
Mari se alejó sin responder.