Ocaso de Luna

martes, 13 de junio de 2006

Susurrado a la Luna por Desconocido @ 15:33


Texto de Paulo Coelho



Cuando Eduard abrió los ojos, la chica todavía estaba allí. En sus primeras sesiones de electroshock pasaba mucho tiempo intentando acordarse de lo que había sucedido; al fin y al cabo, éste era precisamente el efecto terapéutico que se proponía aquel tratamiento: provocar una amnesia parcial de forma que el enfermo olvidase el problema que lo afligía y permitir que se tranquilizara.
Sin embargo, a medida que los electroshocks se le aplicaban con mayor frecuencia, sus efectos ya no duraban tanto tiempo; pronto identificó a la chica.
-Hablaste de las visiones del Paraíso mientras dormías -comentó ella, pasando la mano por sus cabellos.
¿Visiones del Paraíso? Sí, visiones del Paraíso. Eduard la miró. Quería contarle todo.
En aquel momento, sin embargo, la enfermera entró con una jeringa en la mano.
-Tengo que ponérsela ahora -le dijo a Veronika-. Órdenes del doctor Igor.
-Ya me aplicaron una hoy; no voy a dejarme poner otra -reclamó ella-. Tampoco me interesa irme de aquí. No voy a obedecer ninguna orden, ninguna regla, nada que me quieran obligar a hacer.
La enfermera parecía acostumbrada a este tipo de reacciones.
-Entonces, sintiéndolo mucho, tendremos que doparla.
-Tengo que hablar contigo -le dijo Eduard-. Deja que te ponga la inyección.
Veronika levantó la manga del jersey y la enfermera se la aplicó.
-Buena chica -comentó-. ¿Por qué no salen de esta enfermería lúgubre y van a pasear un poco por allí afuera?
-Estás avergonzada por lo que pasó anoche -dijo Eduard mientras caminaban por el jardín.
-Lo estuve. Ahora estoy orgullosa. Quiero saber acerca de las visiones del Paraíso, porque estuve muy cerca de una de ellas.
-Tengo que mirar más lejos, detrás de los edificios de Villete -dijo él.
-Hazlo.
,Eduard miró hacia atrás, no a las paredes de las enfermerías o al jardín donde los internos caminaban en silencio, sino a una calle en otro continente, en una tierra donde llovía mucho o no llovía nada.
Eduard podía sentir el olor de aquella tierra: era tiempo de sequía y el polvo entraba por su nariz y le causaba placer, porque sentir tierra es sentirse vivo. Pedaleaba en una bicicleta importada, tenía diecisiete años y acababa de salir del colegio americano de Brasilia, donde también estudiaban los demás hijos de diplomáticos.
Detestaba Brasilia, pero amaba a los brasileños. Su padre había sido nombrado embajador de Yugoslavia en Brasil dos años antes, en una época en que ni siquiera se presentía la sangrienta división del país. Milosevic estaba en el poder; hombres y mujeres vivían sus diferencias y procuraban armonizar más allá de los conflictos regionales.
El primer destino de su padre había sido exactamente Brasil. Eduard soñaba con playas, carnaval, partidos de fútbol, música..., pero fue a parar a aquella capital, lejos de la costa, creada tan sólo para cobijar a políticos, burócratas, diplomáticos y a los hijos de todos ellos, que no sabían bien qué hacer en ese ambiente.
Eduard detestaba vivir allí. Pasaba el día abstraído en sus estudios, intentando, sin conseguirlo, relacionarse con sus colegas de estatus; procurando, sin lograrlo, interesarse como ellos por automóviles, zapatillas de moda y ropas de marca, único tema de conversación entre esos jóvenes.
De vez en cuando se celebraba una fiesta, durante la cual los muchachos se emborrachaban en un lado del salón mientras las chicas fingían indiferencia desde el otro lado. La droga corría siempre, y Eduard ya había experimentado prácticamente todas las variedades posibles sin jamás conseguir interesarse por ninguna de ellas; luego se sentía agitado o somnoliento en exceso y perdía interés por lo que sucedía a su alrededor.
Su familia vivía preocupada. Era necesario prepararlo para seguir la misma carrera que. el padre, y aunque Eduard reuniese todas las condiciones necesarias -ganas de estudiar, buen gusto artístico, facilidad para aprender idiomas, interés por la política-, le faltaba una cualidad básica en la diplomacia. Le costaba comunicarse con los demás.
Por más que sus padres lo llevaran a fiestas, abriesen su casa a sus amigos del colegio americano y le asignaran una generosa mesada, eran raras las veces que Eduard aparecía con alguien. Un día su madre le preguntó por qué no traía a sus amigos para almorzar o cenar.
-Ya sé todas las marcas de zapatillas y ya conozco el nombre de todas las chicas con quienes es fácil acostarse. No tenemos otro tema interesante que tratar.
Hasta que apareció la joven brasileña. El embajador y su mujer se tranquilizaron cuando el hijo comenzó a salir, llegando tarde a casa. Nadie sabía exactamente de dónde había salido, pero cierta noche Eduard la llevó a cenar a casa. La chica era educada, y ellos se alegraron: ¡por fin su hijo iba a desarrollar su talento en la relación con desconocidos! Además (ambos lo pensaron sin comentarlo entre sí), la presencia de aquella joven disipaba una preocupante aprensión que había anidado en sus mentes: ¡Eduard no era homosexual!
Trataron a María (tal era su nombre) con la amabilidad de futuros suegros, a pesar de saber que dentro de dos años serían trasladados a otro destino y de que no tenían la menor intención de acceder a que su hijo se casara con alguien oriundo de un país tan exótico. Tenían planes para que él encontrase una chica de buena familia en Francia o Alemania, que pudiese acompañar con dignidad la brillante carrera diplomática que el embajador estaba preparando para él.
Eduard, no obstante, se mostraba cada vez más enamorado. Preocupada, la madre fue a hablar con su marido.
-El arte de la diplomacia consiste en hacer esperar al oponente -dijo el embajador-. Un primer amor puede no pasar nunca, pero siempre acaba.
Pero Eduard daba muestras de haber cambiado por completo. Empezó a aparecer en la casa con libros extraños, montó una pirámide en su cuarto y, junto con María, encendían incienso todas las noches y permanecían durante horas concentrados en un extraño dibujo clavado en la pared. El rendimiento de Eduard en el colegio americano empezó a descender.
La madre no entendía portugués, pero podía ver las cubiertas de los libros, en las que aparecían dibujos de cruces, hogueras, brujas ahorcadas, símbolos exóticos.
-Nuestro hijo está leyendo cosas peligrosas -aseveró.
-Peligroso es lo que está pasando en los Balcanes -respondió el embajador-. Hay rumores de que la región de Eslovenia quiere la independencia, y esto nos puede llevar a una guerra.
La madre, no obstante, no daba la menor importancia a la política; quería saber qué estaba pasando con su hijo.
-¿Y esa manía de encender incienso?
-Es para disimular el olor de marihuana -afirmaba el embajador-. Nuestro hijo ha tenido una excelente educación, así que no puede creer que esos palitos perfumados puedan atraer a los espíritus.
-¡Mi hijo está mezclado en drogas!
-Suele pasar. Yo también fumé marihuana cuando era joven y uno pronto se cansa, como me cansé yo.
La mujer se sintió orgullosa y tranquila: su marido era un hombre con experiencia, había entrado en el mundo de la droga y conseguido salir Un hombre con esta fuerza de voluntad era capaz de controlar cualquier situación.
Un buen día, Eduard pidió una bicicleta.
-Tienes chófer y un Mercedes Benz. ¿Para qué quieres una bicicleta?
-Para el contacto con la naturaleza. María y yo vamos a hacer un viaje de diez días -les comunicó-. Hay un lugar aquí cerca con inmensos depósitos de cristal y María asegura que transmiten muy buena energía.
La madre y el padre habían sido educados bajo el régimen comunista: los cristales eran apenas un producto mineral, que obedecía a una determinada organización de átomos y no emanaban ningún tipo de energía, fuese ésta positiva o negativa. Investigaron y descubrieron que aquellas ideas de «vibraciones de cristales» empezaban a estar de moda.
Si su hijo hablara sobre el tema en una fiesta oficial, podría parecer ridículo a los ojos de los demás asistentes. Por primera vez el embajador reconoció que la situación estaba empezando a ser grave. Brasilia era una ciudad que vivía de rumores y pronto se sabría que Eduard estaba mezclado en supersticiones primitivas; los rivales en la embajada podían pensar que había aprendido aquello de los padres, y la diplomacia -además de ser el arte de esperar- era también la capacidad de mantener siempre, en cualquier circunstancia, una apariencia convencional y protocolar.
-Hijo mío, esto no puede continuar así -dijo el padre-. Tengo amigos en el Ministerio de Relaciones Exteriores de Yugoslavia. Tú serás un brillante diplomático, y es preciso aprender a enfrentar al mundo.
Eduard salió de su casa y aquella noche no volvió. Sus padres llamaron a casa de María, a los hospitales y hasta a la morgue sin conseguir ninguna noticia. La madre perdió la confianza en la capacidad de su marido de tratar con la familia, aún cuando fuese un excelente negociador con extraños.
Al día siguiente, Eduard apareció hambriento y somnoliento. Comió y se fue a su cuarto, encendió sus inciensos, rezó sus mantras y durmió el resto de la tarde y de la noche. Cuando se despertó, una bicicleta nueva y reluciente lo estaba esperando.
-Vete a ver tus cristales -dijo la madre-. Yo ya le explicaré a tu padre.
Y así, aquella tarde de sequía y polvareda, Eduard se dirigía alegremente a casa de María. La ciudad estaba tan bien diseñada (en opinión de los arquitectos) o tan mal diseñada (en opinión de Eduard) que casi no había esquinas. Él iba por la derecha en una pista de alta velocidad, mirando el cielo lleno de nubes que no producen lluvia, cuando sintió que subía en dirección a ese cielo a una velocidad inmensa para inmediatamente bajar y encontrarse en el asfalto.
¡PRAC! « He sufrido un accidente. »
Quiso girarse porque su cara estaba pegada al asfalto, pero advirtió que ya no tenía control sobre su cuerpo. Oyó el ruido de coches que frenaban, gente que gritaba, alguien que se aproximó e intentó tocarlo, para luego oír un grito: «¡No lo toque! Si alguien lo toca, puede quedar inválido para el resto de su vida. »
Los segundos pasaban lentamente, y Eduard comenzó a sentir miedo. A diferencia de sus padres, creía en Dios y en una vida más allá de la muerte, pero aún así consideraba injusto aquello: morir a los diecisiete años, mirando el asfalto, en una tierra que no era la suya.
-¿Estás bien? -inquiría una voz.
No, no estaba bien, no conseguía moverse ni tampoco conseguía decir nada. Lo peor de todo era que no perdía la conciencia, sabía exactamente lo que estaba pasando y en lo que se había metido. ¿Por qué no se desmayaba? ¿Es que Dios no tenía piedad de él, justamente en un momento en que Lo buscaba con tanta intensidad, contra todo y contra todos?
-Los médicos ya están en camino -le susurró otra persona cogiendo su mano-. No sé si puedes oírme, pero quédate tranquilo. No es nada grave.
Sí, podía oír, y le gustaría que esa persona -un hombre- continuase hablando, garantizase que no era nada grave, aún cuando ya fuese lo bastante adulto como para entender que siempre se dice eso cuando la situación es muy seria. Pensó en María, en la región donde había montañas de cristales llenos de energía positiva, mientras que Brasilia era la mayor concentración de negatividad que había conocido en sus meditaciones.
Los segundos se transformaron en minutos, las personas continuaban en sus intentos por consolarlo y, por primera vez desde que sucediera todo, empezó a sentir dolor Un dolor agudo, que nacía en el centro de la cabeza y parecía irradiarse por todo el cuerpo.
-Ya han llegado -dijo el hombre que le tenía cogida la mano-. Mañana estarás andando otra vez en bicicleta.
Pero al día siguiente Eduard estaba en un hospital, con las dos piernas y un brazo enyesados, sin posibilidad de salir de allí durante los próximos treinta días, teniendo que escuchar a su madre llorando sin parar, su padre haciendo nerviosas llamadas telefónicas, los médicos repitiendo cada cinco minutos que las veinticuatro horas más graves ya habían pasado y no había habido ninguna lesión cerebral.

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