Ocaso de Luna

martes, 13 de junio de 2006

Susurrado a la Luna por Desconocido @ 15:34


Texto de Paulo Coelho



La familia telefoneó a la embajada de Estados Unidos, que nunca confiaba en los diagnósticos de los hospitales públicos y mantenía un servicio de urgencia sofisticadísimo, junto con una lista de médicos brasileños considerados capaces de atender a sus propios diplomáticos. De vez en cuando, en una política de buena vecindad, compartían estos servicios con otras representaciones diplomáticas.
Los norteamericanos trajeron sus aparatos de última generación, hicieron un número diez veces mayor de pruebas y exámenes nuevos y llegaron a la conclusión a la que siempre llegaban: los médicos del hospital público habían evaluado correctamente y habían adoptado las decisiones adecuadas.
Los médicos del hospital público podían ser eficientes, pero los programas de la televisión brasileña eran tan malos como los de cualquier otra parte del mundo, y Eduard tenía poco que hacer María aparecía cada vez menos por el hospital; quizás había encontrado otro chico que la acompañara a visitar las montañas de cristales.
Contrastando con la extraña conducta de su novia, el embajador y su mujer iban diariamente a visitarlo, pero se negaban a llevarle los libros en portugués que él tenía en casa, alegando que pronto serían trasladados y no había necesidad de aprender una lengua que nunca más tendría que volver a usar Así pues, Eduard se contentaba con conversar con otros pacientes, discutir sobre fútbol con los enfermeros y leer alguna que otra revista que cayera en sus manos.
Hasta que un día uno de los enfermeros le trajo un libro que le acababan de dar, pero que él consideraba «demasiado voluminoso para ser leído». Y fue en ese momento cuando la vida de Eduard empezó a colocarlo en un camino extraño, que lo conduciría a Villete, a la ausencia de la realidad y al distanciamiento completo de las cosas que otros muchachos de su edad irían a hacer en los años siguientes.
El libro versaba sobre los visionarios que habían impactado al mundo: gente que tenía su propia idea del paraíso terrestre y había dedicado su vida a compartirla con los demás. Allí estaba Jesucristo, pero también estaba Darwin, afirmando con su teoría que el hombre descendía del mono; Freud, asegurando que los sueños tenían importancia; Colón, empeñando las joyas de la reina para iniciar la búsqueda de un nuevo continente; Marx, con la idea de que todos merecían igualdad de oportunidades.
Y también santos, como Ignacio de Loyola, un vasco que no dejó pasar la oportunidad de acostarse con todas las mujeres que pudo, que mató a varios enemigos en innúmeras batallas hasta caer herido en Pamplona y entender el Universo en una cama donde convalecía; Teresa de Ávila, que quería de todas maneras encontrar el camino de Dios y sólo lo consiguió cuando sin pensar paseaba por un corredor y se paró delante de un cuadro; Antonio, un hombre hastiado de la vida que llevaba, que decidió aislarse en el desierto y pasó a convivir con demonios durante diez años, experimentando todo tipo de tentaciones; Francisco de Asís, un muchacho como él, decidido a conversar con los pájaros y a dejar atrás todo lo que sus padres habían programado para su vida.
Comenzó a leer aquella misma tarde el tal «libro voluminoso» porque no tenía nada mejor para distraerse; a medianoche, una enfermera entró preguntando si necesitaba ayuda, ya que era el único cuarto que mantenía aún la luz encendida. Eduard la despidió con una simple señal de la mano, sin apartar los ojos del libro.
Los hombres y mujeres cuya actuación o pensamiento conmocionaron al mundo. Hombres y mujeres comunes, como él, su padre, o la amada que él sabía que estaba perdiendo, inmersos en las mismas dudas e inquietudes que sumían en la perplejidad a todos los seres humanos en su vida cotidiana. Gente que no tenía un interés especial por la religión, Dios, expansión de la mente o una nueva conciencia hasta que un día habían decidido modificarlo todo. El libro era especialmente interesante porque contaba que, en cada una de aquellas vidas, hubo un momento mágico que los hizo partir en busca de su propia visión del Paraíso.
Gente que no dejó pasar sus vidas en blanco y que para conseguir lo que se habían propuesto habían pedido limosna o habían logrado ser escuchados por dignatarios reales; personajes que habían quebrantado códigos o enfrentado la ira de los poderosos de la época; usado la diplomacia o la fuerza, pero nunca desistiendo, siendo capaces siempre de vencer cada dificultad que se presentaba y de convertirla en una ventaja.
Al día siguiente Eduard entregó su reloj de oro al enfermero que le había dado el libro, y le pidió que lo vendiese y comprase todos los libros que hubiera sobre el tema. Pero no había ninguno más.
Intentó leer la biografía de algunos de los personajes, pero siempre describían a ese hombre o a esa mujer como si fuese un elegido, un inspirado, y no una persona común, que debía luchar como cualquier otra para reafirmar lo que pensaba.
Eduard quedó tan impresionado con esa lectura que consideró seriamente la posibilidad de hacerse santo, aprovechando el accidente para cambiar el rumbo de su vida. Pero tenía las piernas rotas, no había tenido ninguna visión en el hospital, no había pasado delante de ningún cuadro que le conmoviera el alma, no tenía amigos para construir una capilla en el interior de la meseta brasileña, y los desiertos estaban muy lejos, en zonas convulsionadas por los problemas políticos. Pero, aún así, podía hacer algo: aprender a pintar, para intentar mostrar al mundo las visiones que aquellos hombres y mujeres tuvieron.
Cuando le sacaron el yeso y volvió a la embajada, rodeado de los cuidados, mimos y atenciones que un hijo de embajador recibe de los otros diplomáticos, pidió a su madre que lo inscribiera en un curso de pintura.
La madre le dijo que ya había perdido muchas clases en el colegio americano, y que era hora de recuperar el tiempo perdido. Eduard se negó: no tenía los mínimos arrestos para continuar aprendiendo geografía y ciencias.
Quería ser pintor En un momento inadvertido, explicó el motivo:
-Quiero pintar las visiones del Paraíso.
La madre no comentó nada, y prometió hablar con sus amigas para enterarse de cuál era el mejor curso de pintura de la ciudad.
Cuando el embajador volvió del trabajo aquella tarde, encontró a su esposa llorando en su habitación.
-Nuestro hijo está loco -decía mientras las lágrimas le resbalaban por sus mejillas-. El accidente ha afectado su cerebro.
-¡Imposible! -respondió, indignado, el embajador-. Los médicos recomendados por los norteamericanos ya lo han examinado.
La mujer le contó lo que había oído.
-Se trata tan sólo de la rebeldía normal de la juventud. Espera y verás cómo las aguas vuelven a su cauce.
Esta vez la espera no sirvió de nada, porque Eduard tenía prisa por comenzar a vivir. Dos días después, cansado de aguardar una decisión de las amigas de su madre, decidió matricularse en un curso de pintura. Comenzó a aprender la escala de colores y perspectiva, pero comenzó también a convivir con gente que nunca hablaba de marcas de zapatillas ni de modelos de coches.
-¡Está conviviendo con artistas! -exclamaba la madre, llorosa, al embajador
-Deja al chico -respondía el embajador-. Se cansará pronto, como se cansó de la novia, de los cristales, de las pirámides, del incienso y de la marihuana.
Pero el tiempo pasaba, y el cuarto de Eduard se fue transformando en un atelier improvisado, con pinturas que no tenían el menor sentido para sus padres: eran círculos, combinaciones exóticas de colores, símbolos primitivos mezclados con figuras de gente en actitudes de oración.

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