Susurrado a la Luna por Desconocido @ 15:35
Texto de Paulo Coelho
Eduard, el antiguo muchacho solitario que durante dos años en Brasilia nunca había aparecido con amigos, ahora llenaba la casa con personas extrañas, todas mal vestidas, con cabellos desgreñados, escuchando discos horribles al máximo volumen, bebiendo y fumando sin límite, demostrando la más absoluta ignorancia de los códigos de las buenas maneras. Cierto día, la directora del colegio americano llamó a la embajadora para sostener una conversación.
-Su hijo debe de estar relacionado con drogas -le dijo-. Su rendimiento escolar está por debajo de lo normal y si continúa así no podremos renovar su matrícula.
La mujer se fue directamente al despacho del embajador y le contó lo que acababa de oír.
-¡Te pasas la vida diciendo que el tiempo hará que todo vuelva a la normalidad! -lo recriminaba, histérica-. ¡Tu hijo drogado, loco, con algún problema cerebral gravísimo mientras tú sólo te preocupas de cócteles y reuniones sociales!
-Habla más bajo -le pidió él.
-No hablaré más bajo, nunca más en la vida, mientras tú no tomes otra actitud. Este chico necesita ayuda, ¿entiendes?, ¡ayuda médica! Y tienes que hacer algo.
Preocupado porque el escándalo de su mujer pudiese perjudicarlo ante sus funcionarios y por la evidencia de que el interés de Eduard por la pintura estaba durando más tiempo que el esperado, el embajador (un hombre práctico, que sabía todos los procedimientos correctos) estableció una estrategia de ataque al problema.
Empezó por telefonear a su colega, el embajador norteamericano, y le solicitó que le permitiera utilizar los aparatos de examen de la embajada. Su petición fue atendida.
Después buscó nuevamente a los médicos acreditados, les explicó la situación y les solicitó que se efectuara una revisión de todos los exámenes de la época. Los médicos, temerosos de que aquello pudiera acarrearles un proceso, hicieron exactamente lo que les pedía, y concluyeron que los exámenes no reflejaban ninguna anomalía. Antes de que el embajador se retirara, le exigieron que firmase un documento que acreditara que, a partir de aquella fecha, eximía a la embajada de Estados Unidos de la responsabilidad de proporcionar sus nombres.
En seguida el embajador fue al hospital donde Eduard estuvo internado. Habló con el director, explicó el problema relacionado con su hijo y solicitó que, bajo el pretexto de un chequeo de rutina, le hiciesen un examen de sangre para detectar la presencia de drogas en el organismo del muchacho.
Así se hizo. Y no se detectó droga alguna.
Faltaba la tercera y última etapa de la estrategia: conversar con el propio Eduard y averiguar qué estaba pasando. Sólo si se hallaba en posesión de todas las informaciones podría tomar una decisión que le pareciese correcta.
Padre e hijo se sentaron en el salón.
-Tienes preocupada a tu madre -dijo el embajador-. Tus notas han bajado tanto que hay riesgo de que no te renueven la matrícula.
-Mis notas en el curso de pintura han subido, papá.
-Encuentro muy gratificante tu interés por el arte, pero tienes toda tu vida por delante para hacer eso. En este momento lo importante es terminar tu curso secundario, para que puedas ingresar en la carrera diplomática.
Eduard meditó concienzudamente antes de decir nada. Rememoró el accidente, el libro sobre los visionarios -que al final le había señalado el camino para encontrar su verdadera vocación-, pensó en María, de quien no había vuelto a tener noticias. Vaciló mucho, pero por fin respondió:
-Papá, yo no quiero ser diplomático. Quiero ser pintor.
El padre ya estaba preparado para esta respuesta y sabía cómo conjurarla.
-Serás pintor, pero antes termina tus estudios. Organizaremos exposiciones en Belgrado, Zagreb, Ljubljana y Sarajevo. Con la influencia que tengo puedo ayudarte mucho, pero antes es preciso que termines tus estudios.
-Si hago eso sería escoger el camino más fácil, papá. Entraré en cualquier facultad, me diplomaré en algo que no me interesa pero que me permitirá ganar dinero. Entonces la pintura quedará en un segundo plano y yo terminaré olvidando mi vocación. Tengo que aprender a ganar dinero con la pintura.
El embajador empezó a irritarse.
-Tienes todo, hijo mío: una familia que te quiere, casa, dinero, posición social. Pero, ¿sabes?, nuestro país está viviendo un período complicado; hay rumores de guerra civil. Podría ser que mañana yo ya no estuviera más aquí para ayudarte.
-Sabré ayudarme yo mismo, papá. Confía en mí. Un día pintaré una serie llamada «Las visiones del Paraíso». Será la historia visual de aquello que los hombres y las mujeres sintieron en sus corazones.
El embajador elogió la determinación del hijo, terminó la conversación con una sonrisa y decidió dar un mes más de plazo. Al fin y al cabo, la diplomacia es el arte de postergar las decisiones hasta que ellas se resuelvan por sí mismas.
Pasó el mes. Y Eduard continuó dedicando todo su tiempo a la pintura, a los amigos extraños y a escuchar músicas que, probablemente, debían de provocar algún desequilibrio psicológico. Para agravar el cuadro había sido expulsado del colegio americano por discutir con la profesora acerca de la existencia de santos.
En una última tentativa, ya que no era posible postergar una decisión, el embajador volvió a llamar al hijo para tener una conversación entre hombres.
-Eduard, tú ya estás en edad de asumir la responsabilidad de tu vida. Hemos aguantado todo lo posible, pero es hora de acabar con esta tontería de querer ser pintor y, por el contrario, dar un rumbo a tu carrera.
-Papá, ser pintor es dar un rumbo a mi carrera.
-Estás ignorando nuestro amor, nuestros esfuerzos por darte una buena educación. Como tú no eras así antes, sólo puedo atribuir lo que está pasando a una consecuencia del accidente.
-Puedes estar seguro de que os quiero más que a cualquier otra persona o cosa en la vida.
El embajador carraspeó. No estaba acostumbrado a manifestaciones de cariño tan explícitas.
-Entonces, en nombre del amor que nos tienes, por favor, haz lo que tu madre desea. Deja por algún tiempo esta manía de la pintura, búscate amigos que pertenezcan a tu nivel social y vuelve a los estudios.
-Tú me quieres, papá. No puedes pedirme eso porque siempre me diste un buen ejemplo luchando por aquello que querías. No puedes querer que yo sea un hombre sin voluntad propia.
-He dicho «en nombre del amor». Y nunca lo había dicho antes, hijo mío, pero te lo estoy pidiendo ahora. Por el amor que nos tienes, por el amor que nosotros te tenemos, vuelve al hogar, no simplemente en un sentido físico sino en un sentido real. Te estás engañando, huyendo de la realidad.
»Desde que naciste, nosotros hemos alimentado los mayores sueños de nuestras vidas. Tú eres todo para nosotros: nuestro futuro y nuestro pasado. Tus abuelos eran funcionarios públicos y yo tuve que luchar con denuedo para entrar y ascender en esta carrera diplomática. Todo esto solamente para abrir un espacio para ti, hacer las cosas más fáciles. Aún guardo la pluma con la que firmé mi primer documento como embajador; y la he guardado con todo cariño para pasártela a ti el día en que tú hagas lo mismo.
»No nos decepciones, hijo mío. Nosotros ya no viviremos mucho, queremos morir tranquilos sabiendo que tú estás bien encaminado en la vida.
»Si realmente nos amas, haz lo que te estoy pidiendo. Si no nos quieres, continúa con tu conducta actual.
Eduard pasó muchas horas mirando al cielo de Brasilia, viendo las nubes que paseaban por el azul: bellas, pero sin una gota de lluvia para derramar en la tierra seca de la meseta central brasileña. Estaba vacío como ellas.
Si él persistía en su determinación, su madre terminaría consumida de sufrimiento, su padre perdería el entusiasmo por proseguir con su carrera diplomática y ambos se culparían por haber fallado en la educación del hijo querido. Si desistiese de la pintura, las visiones del Paraíso nunca verían la luz del día y nada más en este mundo sería ya capaz de suscitarle entusiasmo o placer.
Miró a su alrededor, vio sus cuadros, recordó el amor y el sentido de cada pincelada y los encontró a todos mediocres. Él era un fraude, estaba queriendo ser algo para lo cual nunca había sido elegido y cuyo precio sería la decepción de los padres.
Las visiones del Paraíso eran para los hombres ;elegidos, que aparecían en los libros como héroes y mártires de la fe en aquello en que creían. Gente que ya sabía desde la infancia que el mundo los necesitaba. Lo que estaba escrito en el libro era invención de novelista.
Durante la cena dijo a los padres que tenían razón: que aquello era un sueño de juventud, y su entusiasmo por la pintura también ya había pasado. Los padres se pusieron muy contentos, la madre lloró de alegría y abrazó a su hijo; todo había vuelto a la normalidad.
Por la noche el embajador celebró secretamente su victoria abriendo una botella de champán, que se bebió solo. Cuando se dirigió a su habitación, su mujer, por primera vez en muchos meses, ya estaba durmiendo, tranquila.
Al día siguiente encontraron el cuarto de Eduard en estado caótico; las pinturas habían sido destruidas con un objeto cortante y el joven se hallaba sentado en un rincón, mirando al cielo. La madre lo abrazó, le expresó cuánto lo quería, pero Eduard no respondió.
No quería saber más de amor Estaba harto de esta historia. Pensaba que podía desistir y seguir los consejos del padre, pero había ido demasiado lejos en su empresa: había atravesado el abismo que separa a un hombre de su sueño y ahora no podía regresar.
No podía avanzar ni retroceder Sólo cabía, simplemente, salir de escena.
Eduard aún se quedó cinco meses más en Brasil, siendo cuidado por especialistas, quienes diagnosticaron un tipo raro de esquizofrenia, quizás resultante del accidente de bicicleta. Entonces estalló la guerra civil en Yugoslavia, el embajador fue llamado con urgencia, los problemas derivados del conflicto bélico eran demasiado acuciantes como para que la familia se pudiera ocupar de él y la única salida fue internarlo en el recién inaugurado sanatorio de Villete.
Cuando Eduard acabó de contar su historia ya era de noche y los dos temblaban de frío.
-Vamos a entrar -dijo él-. Ya están sirviendo la cena.
-Cuando era pequeña, siempre que iba a visitar a mi abuela me quedaba contemplando un cuadro que tenía en la pared de su sala. Era una mujer, Nuestra Señora, como dicen los católicos, encima del mundo, con las manos abiertas hacia la Tierra, desde donde descendían rayos.
»Lo que más me intrigaba de ese cuadro es que aquella señora estaba pisando una serpiente viva. Entonces pregunté a mi abuela: « ¿No tiene miedo de la serpiente? ¿No piensa que le va a morder el pie y matarla con su veneno? »
»Mi abuela me dijo: «La serpiente trajo el Bien y el Mal a la Tierra, como dice la Biblia. Y ella controla el Bien y el Mal con su amor »
-¿Y eso qué tiene que ver con mi historia?
-Cuando te conocí hace una semana, habría sido muy pronto para decir «te amo». Como seguramente no pasaré de esta noche, será también demasiado tarde para decirlo. Pero la gran locura del hombre y de la mujer es exactamente ésta: el amor.
»Tú me has contado una historia de amor Creo que, sinceramente, tus padres querían lo mejor para ti y fue este amor lo que casi destruyó tu vida. Si la Señora, en el cuadro de mi abuela, estaba pisando a la serpiente, eso significaba que ese amor tenía dos caras.
-Entiendo lo que dices -comentó Eduard-. Yo provoqué el electroshock porque tú me dejas confuso. No sé lo que siento; el amor ya me desquició una vez.
-No tengas miedo. Hoy yo había pedido al doctor Igor que me permitiera salir de aquí y escoger el lugar donde pudiera cerrar los ojos para siempre. Sin embargo, cuando te vi reducido por los enfermeros entendí cuál era la imagen que quería estar contemplando cuando partiese de este mundo: tu rostro. Y decidí no irme.
»Mientras estabas durmiendo por el efecto del electroshock yo tuve otro ataque, y pensé que había llegado mi hora. Contemplé tu rostro, intenté adivinar tu historia y me preparé para morir feliz. Pero la muerte no vino, mi corazón aguantó una vez más, quizás porque soy joven.
Él bajó la cabeza.
-No te avergüences de ser amado. No estoy pidiendo nada, sólo que me dejes quererte y tocar el piano una noche más, si es que aún tengo fuerzas para eso.
»A cambio sólo te pido una cosa: si oyes a alguien comentar que me estoy muriendo, ve a la enfermería. Déjame realizar mi deseo.
Eduard se calló y permaneció en silencio durante un tiempo prolongado; Veronika pensó que tal vez hubiera retornado a su mundo para no volver demasiado pronto.
Finalmente, el joven miró a las montañas que surgían tras los muros de Villete y dijo:
-Si quieres salir, yo te conduciré allá afuera. Dame sólo el tiempo que precise para recoger los abrigos y algún dinero, y en seguida nos iremos los dos.
-No durará mucho, Eduard. Tú lo sabes. Eduard no respondió. Entró y volvió rápidamente con los abrigos.
-Durará una eternidad, Veronika. Más que todos los días y noches iguales que pasé aquí, intentando siempre olvidar las visiones del Paraíso. Casi las olvidé, pero parece que están volviendo.
»¡Vámonos! Los locos hacen locuras.
Aquella noche, cuando se reunieron para cenar, los internos encontraron a faltar a cuatro personas.
Zedka, que todos sabían que había sido liberada después de un largo tratamiento; Mari, que debía de haber ido al cine, como acostumbraba a hacer con frecuencia; Eduard, que quizás no estuviera aún recuperado del electroshock, y, al pensar en eso, todos los internos sintieron miedo y comenzaron a comer en silencio.